Mundo

Una guerra silenciosa

No todas las guerras se hacen con fusiles, cascos y uniformes verdes. En Venezuela, desde hace dos décadas, las batallas cotidianas cobran cada día más víctimas porque se usa el arma más cruel: el hambre

por Revista Cambio

28 de Enero 2018

Foto Revista Cambio

POR JULIÁN VERÓN

¿Qué es una guerra? Cuando crecí (quizá gracias a la televisión o a tantas películas de soldados gringos que vi), juraba que todas las guerras eran exclusivamente con cascos y uniformes verdes, de camuflaje, y que los soldados ponían sus cuerpos sobre el suelo con la finalidad de disparar sus AK-47. Para mí eso era el significado real de la palabra guerra. Venezuela ha vivido una guerra silenciosa por 20 años, que genera más ruidos que el sonido de la pólvora que expulsa una bala de las AK-47, cuando un soldado gringo aprieta el gatillo en alguna guerra sin sentido en la cual participa.

Según la Misión de la ONU en Irak (UNAMI), al menos 12 238 personas murieron a lo largo del año 2016. En Venezuela, país que oficialmente vive en condiciones de “paz” y donde reina la “democracia”, 26 616 personas perdieron la vida en 2017 por muertes violentas, según el Observatorio Venezolano de Violencia.

De ellas, 16 046 perecieron en homicidios registrados por la justicia, 5 335 a manos de la policía y otros cuerpos de seguridad, mientras que otras 5 035 fallecieron violentamente sin que se abrieran expedientes ante tribunales. Y en estos números, sólo hablamos de muertes violentas, sin mencionar las de todos los niños y niñas que están muriendo de hambre por desnutrición, ni de aquellas personas que fallecen por no encontrar medicinas debido a la escasez absurda que vive el país.

Los niveles de desnutrición que existen en Venezuela son parecidos a “si hay una guerra, una sequía, alguna catástrofe o un terremoto”, dijo la doctora Ingrid Soto de Sanabria, jefa del Servicio de Nutrición, Crecimiento y Desarrollo del Hospital de Niños “J. M. de los Ríos” al New York Times en una investigación realizada en el 2017. También se afirma allí que en mi país, esto está directamente relacionado con la escasez y la inflación.

La escasez de alimentos es de niveles poco entendibles para quienes no la han vivido en carne propia. Yo tuve que hacer trueque (sí, como hace cientos de años) de productos básicos a fin de poder completar la despensa de mi hogar en los años que viví en Venezuela. Aquiles Hopkins, presidente de la Federación Nacional de Agricultores (Fedeagro), dijo en un discurso ante el Parlamento, que “no hay un solo saco de fertilizante en el país”, mientras las cabezas de ganado bajaron a 11 millones por tercera vez en la historia. Según Hopkins, el rebaño bovino sólo había caído a esos niveles “en la Guerra de Independencia y en la Guerra federal”.

Ahora, si no parecen suficientes lo poco que vale la vida en Venezuela, donde te matan con el propósito de robarte un teléfono, o la escasez absurda de comida y desnutrición hasta en los recién nacidos, hay que hablar del miserable sueldo mínimo que ganan todos los venezolanos. Hoy que escribo esto, 23 de enero (y digo hoy en día porque para cuando lean esto, ya valdrá más), el dólar está en 223 743 BSF. Así, el salario mínimo integral mensual de los venezolanos equivale apenas a 3.56 dólares. Sí, no limpies tus gafas ni pienses que estás borracho, en Venezuela el salario mínimo mensual es aproximadamente de 65 pesos, la cantidad con la que tú aquí pagas apenas una comida corrida. Y eso porque desde el 1 de enero de 2017 y hasta el 1 de enero de 2018, Maduro ya había realizado seis aumentos de salario mínimo.

Nombro todas estas cifras, números y estadísticas frías porque es la única manera de entender lo que pasa en Venezuela. Es la única forma real de analizar el porqué desde que ganó Hugo Chávez las elecciones presidenciales en 1998, han emigrado 4 091 717 venezolanos, según la firma Consultores 21. Esto significa que, en un país con 31 051 000 habitantes, ha emigrado el 13.5 % de la población en estos últimos 20 años. Un éxodo masivo y absurdo, en el que la gran mayoría somos jóvenes. Sí, lo digo así porque yo también emigré. Soy parte de esas cifras. Por eso se ha denominado como la fuga de cerebros más importante en la historia de Venezuela.

Haber vivido en Venezuela te hace valorar más un paquete de harina o una bolsa de azúcar. Las largas filas para comprar un producto básico hacen que pierdas la mayor parte de tu día luchando a fin de conseguir algo con qué comer. Pero además, si lo consigues, es probable que no tengas suficiente dinero con qué comprar la cantidad necesaria, pues el terrible salario de la gran mayoría de los habitantes no alcanza para completar ni la comida de una semana.

Mientras todo lo que he descrito en este texto pasa en las calles, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se defiende argumentando que en el país “hay una guerra económica por parte de la derecha” y que a eso se debe la escasez de alimentos y medicamentos.

La lucha en mi país es real y cotidiana, a cada minuto hay que ver cómo se va a encontrar la comida que meterás en tu boca. Eso es lo que la gran parte de los venezolanos viven a diario. Después de leer esto, seguro se preguntarán: ¿Y nadie se alza? Desafortunadamente, los gobiernos autoritarios y dictatoriales como el de Nicolás Maduro no se sacan solamente con votos.

Hace días, el mundo fue testigo del caso de Óscar Pérez, un militar alzado contra el gobierno de Venezuela: lo asesinaron grupos armados y militares adeptos al gobierno. A Pérez se le buscaba por cometer delitos de asaltos al comando de la Guardia Nacional en Laguneta de la Montaña, estado Miranda; además de secuestrar un helicóptero de la policía científica y llamar a la insurrección mientras sobrevolaba el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y el Ministerio de Interior y Justicia. A Óscar Pérez lo atraparon en el Junquito, lugar donde se resguardaba, en una operación que dejó nueve muertos y varios heridos.

A Pérez se le negó el derecho a rendirse, como varias veces lo dijo en los videos que subió constantemente a sus redes sociales en la mañana del día de su muerte. Pérez documentó todo el acto, mientras era atacado por las fuerzas armadas del gobierno, con videos en donde gritaba que “habían civiles y que se rendían”, con la cara ensangrentada en escenas que más bien parecen de alguna película de Quentin Tarantino –aunque muy dantesca–, que de la realidad. Pérez luchaba por lo que todos los venezolanos luchan día a día, pero con las armas como símbolo. Jamás mató a nadie, sus delitos tenían cargos que podían pagarse en la cárcel, sin embargo, el gobierno de Maduro decidió asesinarlo de un disparo en la cabeza, como dice su autopsia, para demostrar al pueblo (y sobre todo a los militares) que cualquier persona que se atreviera a alzarse contra el gobierno tendría como resultado una bala en la sien.

Vale recordar que en 1992 Hugo Chávez fue el responsable de un golpe de Estado, en el que luego se rindió, y el gobierno de ese entonces le garantizó su vida si se entregaba. Chávez aceptó, no sin antes pedir una iglesia como lugar para hacerlo y que estuviesen presentes todos los medios de comunicación del país. Seis años más tarde, este militar insurrecto era electo como flamante presidente de Venezuela. 26 años más tarde de ese evento, Óscar Pérez es asesinado a sangre fría sin derecho a nada.

En Venezuela se vive día a día una guerra silenciosa, absurda, de la que se hablará durante años en textos de historia, sobre cómo un gobierno de una izquierda terriblemente aplicada puede llegar a quebrar el destino del país con las mayores reservas petroleras del mundo comprobadas. Es muy probable que, para la historia, mi país no sea uno que estuvo en una guerra “de libro”, pero ¿qué más guerra que todas estas muertes y esa desastrosa calidad de vida? Tener que salir de tu país de origen, obligado a emigrar, a quebrar tu familia, tus sueños, relaciones, y terminar con la persona que eras en tu ciudad debido a que una cúpula de políticos obesos, ansiosos de poder y bañados en resentimiento no quieren irse, es la tragedia latinoamericana más importante desde el fujimorismo y la última dictadura argentina de Videla.

El pesado silencio que sobrevuela las aceras de las avenidas venezolanas (sólo comparable al que existe luego de que un arma de fuego es disparada) es el resultado de la guerra más monstruosa que puede vivir un país. No todas la guerras son necesariamente ambientadas por cascos y uniformes verdes de camuflaje. En Venezuela, la guerra silenciosa te asesina quitándote la comida, o metiéndote un disparo en la sien para quitarte tu Iphone. Y la gran diferencia es que en el país las AK-47 son disparadas por la cúpula del gobierno, y no por algún soldado americano lleno de lodo gritando “God bless America”. La sangre y tragedias quedarán en las manos y barrigas obesas por tanto petróleo robado de los tiranos. La historia se encargará de recordarlo así. Yo viví otro tipo de guerra, en la cual nos mataban a diario lentamente, uno a uno durante veinte gloriosos años rojos, sangrientos, del chavismo. Nunca antes otro color le había quedado tan bien a un partido político.

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