Revista Cambio

¡Actuemos!

POR SEBASTIÁN SERRANO

Hace unas semanas, caminaba por la calle Medellín, en la colonia Roma de la Ciudad de México, y me llamó la atención una señora que gritaba consignas desde un megáfono. La acompañaba un grupo de personas con pancartas, reclamaban que los departamentos que acababan de comprar carecían de suministro de agua. Los gritos de protesta fueron como el eco de las noticias que recientemente había leído sobre residentes de las colonias Narvarte, Portales y Del Valle quienes protestaban porque no tenían agua desde diciembre. Esta problemática es aún más grave en las delegaciones Gustavo A. Madero, Tláhuac e Iztapalapa, en donde se han presentado enfrentamientos directos con las autoridades, o ha habido tomas de pozos y pipas de agua.

Según una proyección del Banco Mundial, si no hay cambios reales en la utilización del agua en la Ciudad de México, existe el riesgo de quedarnos sin el 50 % del suministro actual. No sólo es cuestión de disponibilidad futura, pues la cuarta parte de la población no tiene acceso a agua potable las 24 horas al día y otro 10 % no tiene el líquido disponible todos los días de la semana.

A diferencia de lo que generalmente creemos y escuchamos, el sistema Cutzamala no es el principal suministro de agua de la Ciudad de México, ya que únicamente representa el 18 %, además de que se está trayendo el agua desde Michoacán. En realidad, la gran mayoría de nuestro suministro viene de la reserva de agua que por miles de años se acumuló bajo tierra en los mantos acuíferos. Como señala Fernando González Villareal, en el artículo Estrategias para la sustentabilidad hídrica del acuífero del Valle de México: “Aproximadamente 75 % de los casi 20 millones de habitantes de la ZMVM dependen del agua subterránea. La vida de la población y la economía de la región dependen básicamente del acuífero.”

Sin embargo, debido a la sobrexplotación, literalmente estamos secando nuestro pozo. No necesitamos una gran sequía para quedarnos sin agua, el riesgo es latente y se está haciendo muy poco a fin de evitarlo. Como comenta Víctor Manuel Rico, urbanista especializado en temas hídricos: “Hay muchos diagnósticos de la condición del agua en la Ciudad de México, sabemos que hay una sobrexplotación del acuífero de dos terceras partes de lo que consumimos y lo restante lo importamos de otras cuencas a un costo muy alto. Mientras que el 40 % del agua que circula por las redes se pierde en fugas y tan sólo se trata el 5 % de las aguas residuales, lo que ocasiona más consecuencias sociales y ambientales, además de la deformación que sufre la ciudad por los hundimientos”.

Adriana Palma, investigadora del Instituto de Ingeniería de la UNAM, me dijo: “La sobrexplotación es un problema que tenemos desde hace cuatro décadas y ya está ocasionando varios efectos: hundimientos, abatimiento del agua subterránea, incremento de grietas y deterioro de la calidad del agua que se encuentra en el acuífero”. Los hundimientos son la demostración más clara de este efecto: la ciudad se hunde en promedio 40 cm al año, pero en algunas zonas como Chalco puede ser de un metro, con los daños que esto genera en la infraestructura, las edificaciones y la red de drenaje.

Modelo agotado

Según el funcionamiento del ciclo del agua, una vez que inicia la lluvia, la mayoría es absorbida por la vegetación; lo que no acumulan las plantas sigue escurriéndose sobre la tierra y se filtra poco a poco en el suelo, formando los ríos y las reservas de agua subterráneas. Sin embargo, a medida que se talan los bosques con el objetivo construir impresionantes edificios de cristal, y se arranca la vegetación a fin de construir preciosas banquetas y asfalto para que puedan transitar tranquilamente los coches, el agua ya no es absorbida por la tierra y simplemente corre por la superficie impermeable.

Cuando llueve en la ciudad vemos los efectos de esto: como el agua no desaparece mágicamente, las avenidas se convierten en ríos y los centros comerciales en lagos. Así es como la urbanización ha roto de forma dramática el ciclo hidrológico, y por eso se agrava al doble nuestra crisis de agua; la que tenemos acumulada en el acuífero la extraemos ilimitadamente, y al haber construido en las zonas de infiltración impedimos que se vuelva a recargar.

Según Víctor, la Ciudad de México debe ser entendida como una ciudad esponja. Era una urbe lacustre hasta que se empezaron a desecar los lagos, ahora es una ciudad alcantarilla. “La forma actual de hacer las cosas no está funcionando, debemos romper con la estructura lineal del uso del agua –extracción, importación, utilización, contaminación y desecho– para pasar a un enfoque circular en donde se aprovechen por separado las aguas pluviales, jabonosas y negras, con el propósito de darles un tratamiento especializado y permitir su reutilización. Las aguas tratadas se podrían ofrecer a centros comerciales, industrias y otro tipo de negocios como lavadoras de coches o de ropa”.

Paloma Neumann, gerente de la campaña Mega Ciudades de Greenpeace, señala que se está invirtiendo en un modelo insostenible que no funciona. “Se están olvidando las verdaderas prioridades: salud pública, calidad de vida y mantener los recursos. Existen los estudios e investigaciones para aplicar las medidas necesarias, la falta de presupuesto tampoco es argumento. Debemos apostar por una infraestructura centrada en captar y aprovechar el agua de lluvia, incentivar a la ciudadanía, empresas y desarrolladores inmobiliarios. Con toda el agua de lluvia que se recibe es un desperdicio inconcebible, puede ser incluso de mejor calidad que la que obtenemos en el grifo; también se debe plantear cómo reincorporarla al manto freático, podría garantizar el suministro futuro y permitir que la Ciudad de México sea viable y vivible”.

Un modelo circular

Como me comenta Adriana: “El principal problema es que la extracción de agua del acuífero excede el valor de la recarga natural con lluvia, en la actualidad existe un déficit de 25 m3/s (25 000 tinacos cada segundo). Se realizó un plan y con un programa de recarga en todo el Valle de México se podrían recuperar 5 m3/s y sería un proceso de unos 10 años. Es algo que se requiere hacer pero no va a ver el resultado inmediato, los resultados se verían más allá del 2050”.

Además no en toda la ciudad se puede recargar, dependemos mucho del tipo de suelo. Por ejemplo, en la zona centro donde estaban los lagos, la capacidad de absorción es muy limitada; pero en el sur, donde las formaciones son permeables (Santa Catarina, Chichinautzin) sí se puede infiltrar. En la zona urbana, debido al poco espacio disponible, la técnica más utilizada es el pozo de absorción, sin embargo, es fundamental que el agua de lluvia sea tratada adecuadamente antes de la descarga, ya que si no se hace, aparte de afectar la calidad del agua, también se pierde capacidad de los pozos.

Víctor me comenta que en el estudio  en el que participó, analizaron la ciudad a partir de los diferentes tipos de suelo; ofrecieron soluciones de diseño para cada condición y se enfocaron en la recuperación del espacio público. “Analizamos la ciudad en cortes: en las partes altas en donde está el suelo de conservación, se propone almacenar e infiltrar el agua de lluvia; conforme va descendiendo y se va intensificando la urbanización se van generando estrategias de recepción con el objetivo de retrasar el agua antes del que alcance el punto más bajo. En las zonas más bajas, proponemos almacenar, tratar y reutilizar el agua de lluvia. Por ejemplo, colaboramos en el desarrollo del Plan Hídrico para la delegación Miguel Hidalgo, en donde se han promovido los jardines de bioinfiltración. Aunque de forma muy lenta, ya se está avanzando en esa dirección”.

Víctor opina que tampoco se trata de satanizar a los desarrolladores, pues algunos tienen ganas de hacer las cosas bien, y si se orientan de forma adecuada puede llevar a buenos resultados. Más bien, se debe crear un marco de colaboración claro y un menú de estrategias a las que puedan recurrir: “Por ejemplo, se está buscando que la construcción de la ciudad se compacte en la zona céntrica, pero en este punto la infraestructura es muy vieja; se puede generar una inercia para que nuevos desarrollos en conjunto con el gobierno vayan sustituyendo la red de drenaje y agua potable, algo que con recursos públicos no se lograría”.

De acuerdo con Paloma, es posible cambiar la forma en que administramos el agua en la Ciudad de México. “Pero una condición indispensable es que los ciudadanos dejemos la apatía, la resignación y pasemos a una posición activa. La ciudad somos nosotros, no los gobernantes, ellos son funcionarios públicos. Las autoridades no van a hacer nada si no les exigimos. En México somos maravillosos en crear iniciativas innovadoras, esta debe ser nuestra forma de ser, no la corrupción y la violencia. Muchos ciudadanos ya lo están haciendo al nivel de colonias, asociaciones civiles, universidad, grupos vecinales están generando y apoyando iniciativas”.

El sueño de Víctor es una Ciudad de México anfibia, definida por la relación entre el agua y la tierra; que sean muy visibles las diferentes capas. “El principal punto crítico es que se agote el agua, aunque las oportunidades de generar soluciones innovadoras están ahí. Esconder el agua y su infraestructura ha sido un error, ojos que no ven corazón que no siente, hay que hacerlas más visibles, algo que se muestre y se dé a conocer, que se viva”. Cada año que pasa, nuestro acuífero –principal suministro de agua– se agota, y nosotros nos hundimos con él. Vamos tarde, sin embargo, la principal solución nos llueve; simplemente tenemos que regresarla a la tierra, retomando el ciclo natural del agua.

 

UNA ADECUADA GESTIÓN DEL AGUA EN LA CDMX

Víctor Manuel Rico propone que se debe tener en cuenta tres factores:

-Integrar toda la documentación existente: revisar y evaluar lo que ya se ha hecho. A partir de esta información, desarrollar las soluciones y, sobre todo, generar indicadores y metas por cumplir.

-Generar un marco de cooperación multisectorial: que se comprenda que el agua es un recuso indispensable para la estabilidad de la ciudad y se generen soluciones a corto, mediano y largo plazo en las que participen los diferentes actores: órganos de gobierno federales y municipales, sector privado, academia, especialistas, la banca de desarrollo, y particularmente la sociedad civil y las comunidades locales.

-Ingeniería financiera: buscar recursos innovadores con el propósito de generar proyectos, operarlos y mantenerlos. No todo puede ser responsabilidad de la ciudad, por eso es importante elaborar un esquema en donde el sector privado también aporte. Además se requiere revisar la forma en que se cobra el agua: cuando te duele el bolsillo, reaccionas para evitar el desperdicio.

 

QUÉ SE HACE

La delegación Iztapalapa, desde el año 2001 al 2009, construyó 180 pozos para la infiltración de agua como estrategia para aprovechar las lluvias en la zona. La UAM Iztapalapa realizó un estudio con la finalidad de conocer el impacto de los volúmenes y la calidad de la lluvia infiltrada mediante pozos vigía. Sin embargo, estos estudios han tenido poca difusión y no se conoce el estado actual de la infraestructura construida.

En junio de 2016 se llevó a cabo, en la Ciudad de México, la conferencia de la Asociación Internacional para la Recarga Artificial, organizada por el Instituto de Ingeniería de la UNAM. Asistieron expertos nacionales y de todo el mundo, con el propósito de compartir las experiencias que se tienen en materia de recarga artificial con agua de lluvia y tratada. A partir de este evento se han organizado talleres con el objetivo de aplicar este conocimiento en México.

En estos momentos está en proceso de construcción el Parque Hídrico “La Quebradora”, ubicado entre la avenida Minas y calzada Ermita Iztapalapa. Puede almacenar 67 000 tinacos de agua de lluvia. Busca ser un espacio público en donde además de mitigar inundaciones, se capte el agua pluvial a fin de aprovecharla en la zona y para la infiltración en el acuífero.