Revista Cambio

Agua de la llave… ¿yo?

“El agua del grifo se puede beber”, es una de las frases que más angustia me genera cuando viajo. Por muy desarrollado que sea el país, simplemente no puedo usarla para quitarme la sed o prepararme un Alka-Seltzer.

Hace varios años trabajé durante unos meses en la oficina de un país europeo donde me vieron raro al preguntar dónde había un garrafón. “Puedes llenar tu botella en el baño”, me respondieron los mismos que después me preguntaban por qué gastaba mi dinero en botellas de agua que compraba en la tienda.

Y es que soy de esa generación de niños chilangos a los que, tras los sismos de 1985, les decían que era mejor beber refresco porque el agua de la Ciudad de México (CDMX) se había contaminado con el temblor.

Asimismo, cuando veo los videos de YouTube donde dicen que aquello de que el agua de la llave no se puede beber y es parte de “un complot que impulsan las grandes corporaciones capitalistas que quieren vender agua embotellada”, llegan a mí esas imágenes de la adolescencia en las que me tocaba limpiar el filtro que compró mi mamá en cómodas mensualidades y que cada mes se llenaba de una capa café que, por más que limpiáramos el tinaco, seguía dejando su marca.

Así es, yo nunca tomo agua de la llave y nadie me convence de lo contrario. Sin embargo, por eso fui a preguntarle a tres expertos si el agua del grifo de la Ciudad de México se puede beber.

DESINFORMACIÓN

El 87 % de los hogares de la Ciudad de México desconfía de la calidad del agua que recibe, así que recurre a comprar botellas y garrafones con el fin de cuidar la salud familiar. Este es el resultado de una investigación realizada por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en la que participó Lilia Rodriguez Tapia, jefa del Área de Investigación de Crecimiento Económico y Medio Ambiente del Departamento de Economía de esa casa de estudios.

Ella asegura que en la CDMX no hay transparencia ni en la información de la calidad del agua ni sobre el tratamiento y monitoreo que recibe, lo que alimenta la desconfianza de las personas, la cual quizá no es infundada pues la especialista cuestiona: “75 % del agua de la CDMX proviene de pozos que están dentro de la urbe y que se abastecen de la recarga (lluvias y filtración). Pero esta agua nada más la cloran y va directo a las tuberías, ¿eso qué calidad te garantiza?”.

A finales de los años 70, el gobierno de la República presumió la construcción del Sistema Cutzamala, que capta, almacena, conduce y potabiliza agua que, se supone, es la de mejor calidad en la Ciudad de México; sin embargo, la investigadora señala que eso solamente aporta entre 25 y 30 % del líquido que se consume en la capital.

Para ella, nuestra agua tiene altas posibilidades de estar contaminada, y el problema crece a la par que la urbe y conforme pasa el tiempo pues la infraestructura se deteriora.

Esta desconfianza ha provocado que crezca rápidamente un mercado de agua embotellada que impacta directamente los bolsillos de los capitalinos.
La investigación de la UAM calcula que en un hogar de la CDMX se consumen alrededor de siete garrafones de 20 litros por mes, lo que equivale a más de 266 pesos.

SOMOS CAMPEONES

Fue esta desconfianza la que llevó a México a ser el mayor consumidor de agua embotellada en Latinoamérica. La empresa de investigación de consumidores Kantar Worldpanel, encontró que, en 2016, cada hogar mexicano compró más de 1 500 litros de agua, ya sea embotellada o en garrafón.

Quienes compran más este producto son los hogares de nivel medio con más de cinco integrantes y, particularmente, las jefas de familia de 35 a 49 años que tienen hijos pequeños. Llama la atención que sea en la zona sureste y noreste en donde se consume más agua embotellada.

Por otra parte, un estudio de la empresa de investigación Pulso Mercadológico arroja que, a nivel nacional, 65 % de la gente no bebe agua de la llave porque así se lo recomendaron sus amigos o familiares, mientras que a otro 17 % se lo sugirió algún medio de comunicación, y sólo 13 % lo hace por indicación de un médico.

EL TINACO Y EL REFRESCO

Hace unos meses, una amiga periodista, Laura Yaniz, obtuvo su título de maestría en el CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) con una tesis en la que, al buscar la reducción del consumo de plásticos, investigó si era posible que la gente tomara agua de la llave en vez de comprar agua embotellada.

Ella encontró otro factor que atenta contra la calidad del agua: la gente no se preocupa por lavar sus cisternas o tinacos. En otros lugares del mundo, el agua de las casas se consume directamente de la red hidráulica, pero en México se almacena en los domicilios.

El artículo 4 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que todos tenemos derecho al agua potable, o sea, apta para consumo humano, y eso debe ser garantizado a nivel federal y municipal. “Suponiendo que el agua que llega a nuestras casas, por ley, es potable, entonces deberíamos poder tomarla”, reflexiona en esta investigación.

También encontró que el problema del agua potable de 1985 coincidió con una fuerte inversión de la empresa Coca-Cola en el país, lo cual provocó un boom de consumo de bebidas embotelladas de todo tipo; luego, la apertura comercial de finales de los 80 que trajo las primeras aguas embotelladas al país y, a mediados de los 90, una epidemia de cólera ayudó a que las personas depositaran toda su confianza en las aguas envasadas. En 10 años, la botella se volvió más confiable que la llave.

¿Y LA LLUVIA?

También en los 80 conocimos el término “lluvia ácida” después del accidente nuclear de la planta de Chernobyl, en abril de 1986. Como en esos años se empezaba a hablar y tomar acciones en la Ciudad de México con el propósito de combatir la contaminación (que terminaron en planes como el No Circula), fue inevitable que el imaginario colectivo relacionara ese fenómeno con las constantes lluvias de la capital.

Enrique Lomnitz no se dejó llevar por esta leyenda que, dice, sería realidad si hubiera concentraciones muy altas de materiales tóxicos. Así que desarrolló un sistema que “cosecha” el agua de lluvia y la purifica para el consumo humano.

Así, fundó Isla Urbana, un proyecto que incluye la captación de lluvia, lo cual también ayuda a cuidar los acuíferos de la ciudad, ahorra energía y evita inundaciones. No obstante, Enrique advierte que la lluvia sin tratamiento no se puede beber e, inclusive, es mejor dejar pasar las dos o tres lluvias iniciales de cada temporada a fin de poder capturarla, ya que estas, efectivamente, ayudan a limpiar un poco el ambiente.

Por lo que antes de despedirme me dice convencido: “¡El agua de lluvia es deliciosa!, cuando tengan oportunidad, prueben un buen vaso de lluvia limpia”. Yo sigo teniendo mis dudas.