Revista Cambio

Código de igualdad

Karla tiene nueve años y vive en la zona oriente de la Ciudad de México. Su papá la acompaña para cruzar la ciudad en transporte público y llegar a DeKids, el lugar donde toma clases de código, programación y emprendimiento en un grupo donde ella es la única niña.

INFANCIA ES DESTINO

Lejos de democratizar, las nuevas tecnologías han traído otro tipo de exclusión social: el analfabetismo digital.  Esto se engloba en lo que se conoce como brecha digital. Pero a esta hay que añadir otra: la de género. Y es que la Unión Internacional de Telecomunicaciones calcula que en todo el mundo hay conectadas aproximadamente 200 millones menos de mujeres que de hombres.

“Sólo el 3 % de las empresas de tecnología en todo el mundo están lideradas por mujeres. En el futuro, las empresas serán 100 % tecnológicas si no hacemos algo para cambiar esto desde ahora, el género femenino se quedará completamente rezagado”, explica Daniela González, fundadora de Epic Queen, organización que ha creado talleres de programación dirigidos exclusivamente a niñas.

Por su parte, DeKids es un programa educativo que busca acercar a las niñas, y también a los niños, a la tecnología invitándolos a ser creadores de soluciones para los problemas del mundo.

BARBIE EMPRESARIA

Era 6 de enero de 2000 y mientras sus primas peinaban a sus muñecas, Michelle descubría las funciones de la laptop de juguete que había recibido como regalo. También le trajeron muñecas pero las que estaban vestidas para “trabajar” pues ella jugaba a ser empresaria.

En esos años, contar o no con una computadora y acceso a Internet definía la brecha digital en la población y generaba colectivos incluidos y excluidos de la sociedad de la información. El lugar donde creció Michelle Díaz Villagómez se sitúa justo en uno de esos lugares marginados, a las afueras de la Ciudad de México, donde la exclusión se percibe con más claridad. No había una computadora real en su casa, hasta que su padre pudo comprar un viejo y descontinuado modelo de PC. Hoy esa niña tiene 22 años y está a punto de terminar sus estudios de Ingeniería en Informática, en el Instituto Politécnico Nacional. Al principio su familia le decía que era muy difícil. Y era cierto. No fue sencillo, sin embargo más que las matemáticas, el reto era el acoso.

“Las mujeres siempre tenemos que demostrar que no estamos allí por nuestra linda cara y trabajar más para entrar a círculos donde hay que pelear siempre. Es muy fácil que un niño quiera ser astronauta y le digan sí puedes, pero si una niña dice algo así, te tachan de soñadora”.

Es muy joven, no obstante ya ha tenido la experiencia de desarrollar un nuevo modelo de peto electrónico para competencias de Taekwondo, tramitar la patente, crear una startup y luego ser defraudada por su socio. El golpe fue duro, sin embargo, asegura que no se dará por vencida.

DISCRIMINACIÓN AL CUBO

Angela nació en California, Estados Unidos mas su piel morena y rasgos de origen salvadoreño la han hecho sentirse excluida en su propio país. Cuando egresó de la Universidad de San Francisco, donde estudió Derecho Laboral, quería ayudar a la comunidad latina. No sabía aún que sería en la tecnología donde encontraría el camino.

Angela Shockness comenzó a trabajar en una tienda de productos Apple, como vendedora. Ahí entendió que las mujeres, y más las latinas o afroamericanas, se esfuerzan el doble que los hombres blancos para ascender.

Aun trabajando en Apple, fundó una comunidad en San Francisco llamada “Somos Chingonas” donde comparte conocimientos, oportunidades y capacitación para el emprendimiento con otras chicas que se sienten excluidas del mundo tecnológico.

“Las mujeres se sitúan en una posición de clara desventaja frente a los hombres, ya que hacen un uso más restringido y realizan actividades que requieren menor destreza tecnológica. Estas diferencias en los usos tienen su explicación en las relaciones de poder asimétricas entre hombres y mujeres, enraizadas históricamente en el sistema de género hegemónico que se reproduce en la familia, la escuela y el mundo laboral”, se explica en el informe Mujeres en la economía digital, publicado en 2013 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

TRAS EL CONOCIMIENTO

Alix vivió su infancia y adolescencia en Xalapa, Veracruz. Estudió Administración de Empresas Turísticas y quien hoy la viera trabajar en León, Guanajuato, en la creación de estrategias de venta y producción de contenidos para una app móvil que apuesta por la inclusión digital, no creería que no haya estudiado alguna carrera tecnológica. Pero así es. El conocimiento que Alix Gallardo tiene lo obtuvo de manera autodidacta. Ahora le gustaría aprender a programar pues sabe que hay muy pocas mujeres que lo hacen.

La Cepal coincide con la experiencia de Alix, pues en su estudio concluye que las niñas y las mujeres jóvenes tienen menos posibilidades que los hombres de obtener la educación y la información necesarias para acceder a una carrera en ciencia y tecnología. Asimismo, revela que las mujeres que trabajan en este campo laboral, caracterizado también por roles, imágenes y estereotipos masculinos, poseen menos posibilidades de ser promovidas, ya que existe una mayor concentración de mujeres en los niveles inferiores de clasificación de los sistemas nacionales de ciencia y tecnología.

Muchas veces las oportunidades no están en nuestros países y hay que salir a buscarlas, como hizo Alejandra Garmilla quien tras haber estudiado Negocios Internacionales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, optó por viajar a Francia para estudiar un posgrado en Administración de Negocios y Management. La región que eligió fue Grenoble, que se perfila como el Silicon Valley europeo.

Hoy es Project Manager en Women’s WorldWide Web, una organización que creó una plataforma de financiamiento colectivo a fin de que las mujeres puedan conseguir recursos para iniciar sus propios negocios.

“Crecimos con la creencia de que las mujeres somos mejores con las palabras mientras que los hombres se desenvuelven mejor en el área técnica y científica. No es en vano que las niñas quieran ser princesas y los niños astronautas”, enfatiza Alejandra.

Por eso es que ha decidido quedarse en Francia desde donde puede ayudar a reducir la brecha digital de género.

“A través del crowdfunding hemos logrado abrir escuelas de computación en África para mujeres víctimas de violencia y reintegrarlas a la sociedad, ya que a través de los conocimientos que adquieren en la escuela, pueden conseguir un trabajo que les permita ser autosuficientes y las mantenga alejadas de situaciones de peligro. Actualmente llevo a cabo un estudio sobre el emprendimiento social y su efecto en México para poder tener una base sólida y crear proyectos que beneficien también a mi país”, concluye Alejandra Garmilla, quien actualmente radica en París.

Y es que en Europa, aunque también existe la brecha digital de género, se percibe menos. Así lo cuenta Cristina Palacios, ingeniera en Telecomunicaciones nacida en Madrid. Su experiencia ha sido diferente pues, si bien sí tuvo que enfrentarse a estar en una carrera con pocas mujeres alrededor, nunca vivió en su casa la discriminación o formación cultural que sí han vivido las chicas mexicanas.

Sin embargo, cuando viajó a Brasil para continuar su formación, se dio cuenta de que era un mundo aún más masculino. Ahora se ha asociado con un antiguo compañero de estudios mexicano con el objetivo de crear una empresa de consultoría para emprendedores y es su segundo emprendimiento. En México, Cristina se ha vinculado con el grupo Latinas in Tech, donde ha conocido a otras mujeres con las que quiere compartir conocimiento y nuevos proyectos.

A un lado, en uno de los salones de la misma casa donde Latinas in Tech suele reunirse, Karla ha terminado su clase. Guarda la computadora que le han prestado y también el prototipo del sistema de automatización para el riego de sus plantas que hizo a partir de un hardware electrónico. Tal vez el primero de muchos proyectos donde Karla pueda demostrar que la tecnología también es un juego de niñas.