Revista Cambio

¿De verdad es un malcriado?

POR JULIETA SÁNCHEZ

Apila cubos y forma una torre a su altura. Camila apenas rebasa los 90 cm. Decide derribarla. Ve una pelota, la toma y empieza a botarla contra la pared, la deja. Está en su recámara y hay juguetes por doquier tirados en el piso. Unos segundos después busca en una caja, ve sus colores y decide dibujar en la pared. Entra su mamá y grita: “¡Camila, deja eso…!” Y Camila rompe en llanto. Pero cuando está con la abuela, parece otra. Saca sus muñecas y pasa largo rato peinándolas para después guardarlas ordenadamente.

En cambio, a su primo Fernando, quien es mayor que ella, su abuela ya no lo quiere cuidar. Floreros rotos, muñequitos de porcelana hechos trizas, tazas y vasos quebrados, muebles maltratados, primos golpeados, camas usadas como trampolines son parte de la razón; además del llanto, la desobediencia y el impulso por hacer cosas que ponen en peligro su integridad. No ha pasado de raspones, chichones y un susto enorme cuando salió corriendo a la calle y atravesó una avenida, pero ella no quiere arriesgarse. En la escuela lo llaman malcriado. El ciclo escolar pasado casi lo expulsan. Alguien les dijo que seguramente era hiperactivo. Sin embargo, sus papás no quieren ni oír la palabra psiquiatra. Todavía hay quienes se dejan llevar por el estigma social que persigue a las cuestiones de salud mental.

Y es que a veces no es clara la frontera entre la mala conducta y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Sin las herramientas o el diagnóstico adecuados, el TDAH podría confundirse con malcrianza y viceversa. Claro que lo primero es mucho más grave que lo segundo.

El TDAH es un trastorno relacionado con el neurodesarrollo y, según la psiquiatra infantil y de la adolescencia Armida Granados, hay datos que ayudan a distinguirlo. Uno de ellos es que el niño, conforme crece, debe aprender a fijar su atención durante periodos cada vez más prolongados, y debe aprender a concentrarse. También debe ser capaz de reconocer y respetar los límites establecidos. Y esto se puede comenzar a distinguir más o menos a los tres años, la edad de Camila. Cuando existe esta estructura, provista por sus padres o cuidadores, pero el niño no la sigue, tal vez se deba al TDAH. Aunque si el niño crece en un ambiente organizativamente desestructurado, lo más probable es que se deba a malcrianza. Con Fernando es difícil determinar lo que sucede porque está en ambas categorías.

En los niños más pequeños predominan la inquietud y el bajo control de los impulsos, aunque si no pueden estar quietos en ningún ambiente, a pesar de tener muchas actividades, y no miden el peligro ni las consecuencias de sus actos, habría que considerar el TDAH como una probabilidad, dice el psiquiatra de niños y adolescentes Eduardo Arroyo García. Y agrega: “Cuando son mayores la inatención se hace más evidente: olvidos frecuentes, pérdidas de objetos, dificultades para concluir actividades”.

Dentro del cerebro

Las características del TDAH van más allá de que a quien se le diagnostica sea desatento, hiperactivo o impulsivo, sino que no ha consolidado una de sus “funciones ejecutivas”: el control inhibitorio, que permite que cada quien regule sus movimientos, sus sentimientos y su lenguaje de acuerdo con sus circunstancias. Más o menos a los 12 años ya se puede tener claro el diagnóstico. El problema del TDAH no sólo se ve  en casa, también en la escuela, el área recreativa o deportiva, o si asisten a algún culto religioso. Se ve en todos los ambientes del niño.

“Si un niño puede tener control inhibitorio –dice la doctora Armida– va empezar a poner atención, va a empezar sus tareas en orden, a seguir horarios. Si no se lo han enseñado, lo va a aprender aunque le sea difícil. En cambio, el niño con TDAH definitivamente va a requerir un tratamiento que puede incluir el uso de medicamentos, además de una restructuración con los padres y una de serie de terapias específicas para ello”.

Con el propósito de determinar si un niño tiene TDAH, se puede solicitar una entrevista clínica con un médico adiestrado en el reconocimiento de estos síntomas. Puede ser un psiquiatra, paidopsiquiatra o psicólogo educativo con esta formación. En dicha entrevista clínica, explica la doctora Armida, se hace una evaluación con el niño y otra con los padres. Suele recurrirse a un recurso llamado multiinformante, para determinar el grado en que la mamá, el papá, la maestra o los abuelos, o quien cuide del infante, tiene problemas para su manejo. Además, se hace una exploración de cómo lee, cómo dibuja, cómo realiza cálculos y todo se verifica con una serie de pruebas; es una evaluación general de todas las habilidades psicopedagógicas. Si se determina que tiene TDAH, se debe buscar una terapia específica según su trastorno.

No sólo puede afectar su aprendizaje, también su autoestima, su bienestar psicológico, sus relaciones con amigos, los apoyos que lo rodean, sus sueños e ilusiones. “El tratamiento farmacológico es la primera elección y hay evidencias de que su efecto mejora importantemente la fisiología de los pacientes con TDAH. El resto de las medidas son terapéuticas, complementarias para el tratamiento”, dice la psiquiatra.

Si no cuentas con recursos económicos, puedes acudir al seguro popular; además, las instancias de seguridad social en la CDMX tienen en su cuadro básico los medicamentos necesarios para tratar el TDAH. Por otro lado, las farmacias como la del Hospital Psiquiátrico Infantil o la del Fray Bernardino Álvarez tienen precios preferenciales para los pacientes de la institución.

Los riesgos

Las complicaciones más frecuentes de un paciente con TDAH son la adicciones, el fracaso escolar, incluso en situaciones que se complican con trastornos de conducta se llega a los comportamientos delictivos. El doctor Arroyo, por ejemplo, dice que un porcentaje importante de personas que están en reclusorios tienen diagnóstico de TDAH sin tratamiento o con tratamientos inadecuados. Cuando un paciente recibe el tratamiento incorrecto, dice, puede sufrir “el rechazo y separación de grupos escolares y sociales, baja autoestima y cuadros ansiosos y depresivos, riesgos suicidas, problemas graves de conducta e incluso uso y abuso de drogas”.

Pero hay sus excepciones. Por ejemplo, al nadador olímpico estadounidense Michael Phelps, quien más medallas ha ganado en la historia de los Juegos Olímpicos, le diagnosticaron TDAH mientras cursaba el sexto año de primaria. Después de ganar ocho medallas en los juegos olímpicos de Pekín, se ha convertido en una inspiración para quienes deben lidiar con el TDAH. A sus 32 años tiene un total de 28 medallas, 23 de ellas olímpicas. Con el tratamiento adecuado, Phelps logró canalizar mucha energía que externaba desde que era pequeño.