Revista Cambio

¿Dónde reciclar?

POR JAVIER PÉREZ

Cuando uno entra al sitio web de Ecolana, lo primero que encuentra es un mensaje que brota en la pantalla con la leyenda “¿Dónde reciclar?”. Por lo menos en la versión para móviles, hay seis opciones. Al cerrarlo se despliega un mapa de la Ciudad de México plagado de círculos verdes con un ícono dentro. Abajo hay un recuadro donde se puede seleccionar la zona o el residuo; un total de veintiséis opciones que sorprende desde la primera: aceite vegetal usado.

Alejandra y Lisseth, las chicas que dejaron sus trabajos en julio de 2016 con el propósito de centrarse en esta plataforma de emprendimiento ambientalista, descubrieron que compartían la misma frustración por el reciclaje. No sabían dónde llevar lo que juntaban, por lo que se les ocurrió “hacer un mapa y subir los acopios ahí. La primera idea era que nos pagaran por estar en el mapa. Literalmente lo platicamos un martes y al lunes siguiente ya estábamos en incubadora de empresas para ver qué hacíamos. No teníamos ni nombre, nos llamábamos directorio de reciclaje así a secas. Empezamos a redondear la idea y a hacerlo económicamente rentable porque es difícil”, cuenta Alejandra sentada en la oficina de Rennueva, una empresa dedicada al insólito reciclaje de unicel.

Era algo que sonaba más a sueño guajiro que a meta plausible. Pensaron que de un día a otro ya estarían reciclando, pero aprendieron a golpes de la vida que no era así.

—Nos costó mucho dinero, muchas desengañadas –dice Alejandra, egresada de la carrera de ingeniería ambiental por el Politécnico Nacional–. Nos transaron muchas veces porque, literal, nos robaron nuestro dinero. También te enfrentas a que te traten con indiferencia, a que digan “pobres niñas”.

—Unir reciclaje y emprendedor –se une Lisseth, su socia en Ecolana–, yo creo que eso en ningún lugar lo aprendes más que con experiencia. No hay un libro que te diga “así son las cosas”.

–La verdad es que nos costó mucho trabajo, pero creo que de tanto estar de metiches, porque somos las más coladas, adonde nos dejan ir, nos metemos, vamos, preguntamos, aprendimos, y la neta es como seguimos aprendiendo.

En la colonia Santa María Insurgentes, muy cerca de la estación del Metrobús San Simón, se encuentra Rennueva. Tras una cortina metálica, en la bodega se resguardan toneladas de unicel, provenientes principalmente de embalajes y de la construcción. Aquí mismo estas piezas, algunas enormes, adquieren la consistencia para convertirse en un plástico usado en la elaboración de discos compactos.

Única en su tipo en la CDMX, esta empresa tiene un año y una historia de éxito. Alejandra y Lisseth la encontraron como hallan casi todos los tres mil lugares consignados en la base de datos de Ecolana: buscando, visitando y haciendo alianzas.

—Si no fuera por el impacto ambiental y social que podemos tener –me dice Alejandra–, la neta nos dedicaríamos a otra cosa. Así que digas cuántos negocios haces, no.

Establecer una empresa que promueva el reciclaje parece todo menos rentable. Y más todavía porque Ecolana no cobra a los usuarios de la base por usarla ni a los centros de acopio incluidos por publicidad. Trabajan un modelo de responsabilidad compartida entre las empresas y los usuarios que, a su vez, ocupan como modelo de negocio para que sea rentable. No buscan que las empresas las patrocinen como una cuestión filantrópica, sino que les hacen sus campañas de reciclaje externas, con el objetivo de que, de alguna forma, se hagan responsables del residuo que pusieron en el mercado.

—Ese es nuestro modelo de negocio: cobramos las campañas a las empresas, las empresas nos pagan, lo invertimos en la plataforma y la plataforma nos ayuda a hacer mejores campañas –explica Alejandra–. Así trabajamos. Trabajamos con la cadenas de reciclaje, que son centros de acopio, servicio de limpia, pepenadores y los usuarios.

—Queremos que las empresas sean conscientes de que cuando producen algo siempre tengan en cuenta si se puede reciclar o no en México –dice Lisseth, egresada de Ingeniería Industrial en el ITAM–. Nosotros ayudamos a las empresas a que también puedan pensar en eso. La mayoría no es que no quiera, es que no sabe cuál es el impacto. Es nuestra labor a las empresas decirles qué material no se puede reciclar y darles opciones de materiales que sí.

—Le llamamos 360 porque si nada más dices esto se recicla, y hago una campaña increíble de difusión, pero no hay adonde lo lleve la gente, no pasa nada. Aunque si hay muchos lugares y no hay una campaña de acopio, y la gente no sabe, tampoco va a pasar nada. Así es como tiene que caminar y nos ha funcionado bien.

—Ayuda a que se active la cadena de valor del reciclaje, y eso ayuda a todos los jugadores de la cadena. Es ahí donde nosotros juntamos a todos, desde el productor, consumidor y hasta reciclador y todos los que juegan en medio.

Alejandra y Lisseth han aprendido que no todos los materiales se reciclan igual, y también que no todos reciben bien sus buenas intenciones. Para ellas ha sido verdaderamente complicado hacerse oír por muchos pepenadores. Son gente, coinciden, muy desconfiada. Suelen pensar que ellas quieren cobrarles o que están con la competencia y que su única intención es quitarles su mercancía. Pero ellas han tenido que ir de a poquito.

—Ellos han tenido este trabajo de reciclaje históricamente, lo han hecho desde hace unos 50 años –dice Alejandra–. Es un trabajo ambiental que si ellos no lo estuvieran haciendo, ya estaríamos inundadísimos de basura en general. Queremos que se les reconozca, primero, como gente que vive de eso y que no está mal y que están haciendo una chamba ambiental, aunque ellos no se perciban así. Suena muy cursi, pero queremos que se reconozcan como héroes que son. Ni ellos mismos se lo reconocen. Queremos cambiar esa percepción de nuestro lado y el de ellos, que se haga una relación más amena entre todos.

Sin embargo, el trabajo no es fácil, tampoco con los acopiadores, que también desconfían y no quieren cambiar su giro. Para ellas ha sido un reto convencerlos, en especial porque sus negocios tienen la fragilidad de cumplir con las regulaciones, pues implica transitar por laberintos burocráticos que para ellos son como una bola de estambre revuelta por un gato.

–Siempre nos contestan “así estoy bien” –dice Lisseth–. Vamos haciendo una labor poco a poco con el fin de generar confianza con ellos y regresamos a llevarles pet o así. Y les volvemos a insistir en que les presentamos un vendedor de tetrapak, y ya empiezan a preguntar y a abrirse poco a poco y a platicarnos cuáles son sus intereses por acopiar nuevos materiales.

Ellas, por supuesto, no quieren que desaparezcan los acopios; y como saben que su motivador principal son las ganancias, intentan integrarlos a nuevos ciclos, con materiales que hasta ese momento no reciclarían.

—Sabemos que es complicado, pero alguien lo tiene que hacer –dice Alejandra–. Alguien tiene que empezar a ver por qué no está jalando la cadena de reciclaje, cómo podemos hacer que jale y sobre todo que la gente se sienta parte de ella.

Han detectado que el ciudadano no se siente parte de la cadena, que prefiere responsabilizar a otros, como es el caso del productor. Es el ejemplo de su modelo de responsabilidad compartida, en el que todos deben asumir su parte de compromiso. Entre sus usuarios, mayoritariamente mujeres, saben que la idea está clara y que no necesitan convencerlos. Pero sí a la demás gente que no recicla: necesitan un gancho extra para que se animen a reciclar. Y de ahí proviene el nombre de Ecolana.

—Queremos engancharlos en términos de beneficios, tanto ambientales como económicos –explica Lisseth–. La plataforma en una segunda etapa quiere recompensar a la gente por llevar sus residuos, hacer como un sistema de puntos. De ahí viene lo de la lana.

—Ahorita no se ve la lana dónde está, pero llegará con el tiempo –complementa Alejandra–. Además, sentimos que era un nombre pegajoso, chiquito, bonito. La gente lo recuerda.

De acuerdo con las chicas de Ecolana es fundamental reflexionar antes de consumir. “Sabemos que reciclar es importante, aunque sabemos que hay unos pasos antes que puedes hacer, pero es mucho de la reflexión y la elección”, dice Alejandra. “Es brutal el impacto ambiental que tiene cada una de las cositas que usamos, es muy fuerte”. Además, sostiene, parten de que no se debe juzgar, sino que hay que ponerse en los zapatos del otro y ver si realmente tiene otras opciones. Tomar en cuenta la capacidad adquisitiva. Su ejemplo recurrente es el de la señora que vende atoles. “No le vas a decir que a partir de mañana va a vender sólo en vasos biodegradables, pero si el atole vale 10 y el vaso 5, no le va a salir. A veces es una cuestión de empatía y de no juzgar”.

Hasta hoy, Ecolana sólo se encuentra en la CDMX. Alejandra y Lisseth quieren terminar su mapa, en el que por el momento han subido 200 lugares debido a una cuestión de costos de programación, y desean afianzarse totalmente antes de salir a mapear otras ciudades, a pesar de que les hablan mucho de otros lugares.

Sin embargo, está entre sus planes próximos conseguirlo, aunque es una labor titánica, pues en el caso de residuos que provocan un impacto ambiental directo, como los electrónicos o las baterías de auto, ellas verifican que las empresas que lo hacen estén reguladas, y no porque sean policías, sino porque buscan generar un impacto social y ambiental positivo.