Revista Cambio

Dormir a pie de calle

Texto y fotos: MARGARITO PÉREZ RETANA / JOJUTLA, MORELOS 

Minutos antes de las 14:00 horas del ahora doblemente inolvidable día, un sismo hizo oscilar los cañaverales y arrozales que rodean a Jojutla, y también sus calles, sus casas.

El calor húmedo de Jojutla se nota en las perladas frentes de las y los jóvenes de la comunidad que se han volcado a remover los escombros que dejó el sismo del 19 de septiembre que, literalmente, revolcó a esta pequeña ciudad cual si fuera una ola salvaje.

Aquellas viviendas ubicadas en el centro histórico, hechas en su mayoría de adobe, sin castillos, se desplomaron con el corto pero intenso temblor; su iglesia, construida en honor a San Miguel, se colapsó, en su patio se encuentran enormes trozos de su grandeza derribada.

En una sola calle del centro, siete personas murieron de una manera muy triste, envueltas en el adobe, en el cemento, en los castillos derribados. En la colonia Emiliano Zapata, la abuela Consuelo abrazo a su nieta Lupita y así fenecieron.

Otra persona de la tercera edad, enferma, no tuvo la fuerza necesaria para ponerse a salvo; así, una historia y otra historia, como un rosario que se reza quedamente.

El calor de la madrugada arropa a los damnificados que, ante el miedo a que su morada se derrumbe con una réplica, duermen en la calle, en cómodas sillas Acapulco, en colchones, a ras de suelo, eso es mejor que el pánico de revivir el mal recuerdo.

Con el amanecer se revela poco a poco el desastre: soldados ayudan, una patrulla de la gendarmería recorre las calles, los policías estatales sirven para contener a la gente que circula por el primer cuadro, solo eso.

Un San Sebastián cayó de su nicho en su iglesia, en Teocalcingo, como una tienda de convivencia recae sobre la rivera del río Apatlaco, la escuela 10 de Abril está devastada, automóviles por doquier con escombro sobre ellos o partidos a la mitad por el filo del cemento, la Casa Ejidal besa el suelo.

Y entonces emergen los jóvenes, entregan rollos de papel, ofrecen toallas femeninas, regalan agua. Andan con la barreta en el hombro, el azadón, la pala; gritan, se organizan, se vuelcan sobre su ciudad y la limpian. Son mayoría, y son puro ánimo, su perfil no es triste, quizá hay un dejo de humedad en sus ojos, pero su fuerza es más grande.

Sí, el dolor es inmenso, mas la respuesta es mayor que el sismo. La voluntad de este pueblo es la confirmación de que ante el desastre desaparecen las diferencias y un único objetivo se persigue: sobrevivir.