Revista Cambio

Editorial

No existen las ciudades perfectas. Buscar la perfección cuando hablamos de urbanismo resultaría desgastante y frustrante, pues estos grandes monstruos de asfalto han sido en realidad hechos a imagen y semejanza de su creador, que no es otro que el eternamente imperfecto ser humano.

Sin embargo, si consideramos que muy pronto la mayor parte de la población del planeta habitará zonas urbanas, modificar las ciudades para que sean eficientes se convierte en una prioridad urgente.

Sabemos que la palabra ciudad puede hacernos pensar en caos, desorden, contaminación, tráfico, servicios deficientes, sobrepoblación, y un largo etcétera de connotaciones negativas, pero aún podemos encontrar la forma de transformar las actuales ciudades en resilientes; las que están en crecimiento, en sostenibles, y las que están por crearse en inteligentes desde su origen y al 100 por ciento.

Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) serán para esto trascendentales, pues nos darán las herramientas principales para lograr que los gobiernos ofrezcan servicios de mejor calidad, y sobre todo, que se comuniquen mejor con la ciudadanía, la cual podrá participar más en el diseño, planeación y modificación de sus ciudades gracias a sus propios dispositivos tecnológicos.

Pero no todo es tecnología. En una primera instancia, hace falta voluntad política si se quiere realmente consolidar un concepto urbanístico inteligente, sostenible y resiliente. ¿Por qué voluntad? Porque esta puede ser muy eficaz para erradicar las cadenas de corrupción. Desde las más simples que comienzan con los intermediarios que actualmente existen para el pago o mantenimiento de los servicios básicos, hasta las más complejas que involucran a los megaproyectos urbanísticos, inmobiliarios o de construcción de infraestructura.

Por otro lado, está también el gran reto de la brecha digital, es decir, no en todas las ciudades existe la infraestructura tecnológica necesaria para alcanzar una conectividad que permita explotar todo el potencial que el internet y los dispositivos móviles (smartphones, wearables, bioconstrucción, viviendas domóticas, cámaras de vigilancia, drones, etc.) ofrecen a la humanidad.

La ciudadanía ya no puede sentarse a esperar que las cosas cambien. Toca actuar, crear soluciones, participar en estas, exigir transparencia y rendición de cuentas. Particularmente, en América Latina la corrupción y la desigualdad son los dos grandes monstruos que deben enfrentar las urbes si desean transformarse. De la participación de todas las personas depende que las ciudades ya no sean esos engendros de los que muchos queremos huir, para convertirse en espacios donde la calidad de vida deje de ser una utopía.