Revista Cambio

Ejercicio mata prejuicio

Hallie llega a su clase. Viste un short de licra negra con olanes azules que cuelgan coquetos en la parte trasera. Un top negro complementa su vestuario. Camina descalza con los pies en punta, sin perder de vista su propia imagen en el espejo que cubre toda la pared.

Se prepara para elevarse a una altura que duplica su estatura. Echa un último vistazo a la del espejo, la reta. Respira profundo y sus pies se despegan del piso de un brinco. Trepa el tubo que está frente a ella, como si en lugar de tener los pies desnudos usara botas de alpinista.

Una vez arriba, abre los brazos de par en par, toda la fuerza que la contiene está en sus piernas. A esa figura se le conoce como “El Cristo”. Una veintena de personas a su alrededor aplaude.

“¡La ranita, Hallie! ¡La ranita!”, le grita una señora que resultaría ser su madre. Hallie, en respuesta, mueve la cadera como si la tuviera destornillada del resto del cuerpo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, con gracia y, más importante aún, sin descender un milímetro.

Hallie tiene siete años y, junto a otras cinco niñas, está en su clase de pole dance (baile del tubo) o en este caso, pole kids, una práctica que se extiende rápidamente por el mundo y que en México ya encontró asilo.

No se trata de ese baile sensual que salió de los table dance a las alcobas de las amas de casa que buscan “reavivar la chispa” o a los cuartos de paso que frecuentan las parejas.

Lo que Hallie y sus compañeras ejecutan son piruetas, posiciones que les exigen la capacidad de sostener su propio peso con las extremidades, incluso, con las articulaciones formadas detrás de rodillas y codos, en grados más avanzados. Van porque encuentran divertido treparse a un tubo y retar a sus cuerpos menuditos. Para ellas, esta actividad tiene más que ver con los acróbatas de circo que con el strip-tease, porque de hecho, ni siquiera saben lo que eso es.

LAS BARRERAS

La primera respuesta del papá de Camila y Ximena, de cinco y ocho años, al pedirle permiso para practicar pole kids fue un rotundo “¡No! ¡Se los prohíbo!”. Jaqueline Uriarte, mamá de ambas niñas, tenía ya un par de meses asistiendo a clases y las pequeñas disfrutaban de imitarla. Incluso, Jaqueline pagó tres mil pesos para tener, en la sala de su casa, su propio tubo.

Al final, el papá de Camila y Ximena accedió y hoy las niñas son unas entusiastas del tubo.

Lo cierto es que la relación tubo–baile–sensual–sexo persigue al pole como una sombra. En un breve sondeo elaborado a las afueras de los salones de baile donde se imparte pole kids, unas 20 personas (15 mujeres y 5 hombres) respondieron unánimemente que no permitirían que sus hijas lo practicaran, con mueca de indignación de por medio.

Como Hallie, Cami y Ximena, la mayoría de las niñas que llegaron al estudio Pole Motion de Erika Ruiz, uno de los pioneros en implementar el baile del tubo para niñas, lo hicieron primero acompañando a sus madres, quienes ya practicaban la actividad.

“Las niñas se paraban a bailar, imitaban lo que su mamá hacía. Así nace la idea de abrirles una clase especial”, recuerda Ruiz Coronado.

Ella está consciente de que sus pequeñas alumnas asisten gracias a que sus madres practicaron pole antes y conocen los beneficios físicos y psicológicos, pues además de fuerza y flexibilidad, les da seguridad en sí mismas. Asegura que sería difícil que una madre no familiarizada con este deporte autorizara que su hija lo practicara.

“Las niñas ven este tipo de actividades físicas como ejercicio o como un juego, los prejuicios vienen de la sociedad adulta”, explica Alejandro Zalce, presidente de la Sociedad Mexicana de Psicología.

KT Coates, instructora británica de amplia experiencia y presidenta de la Federación Internacional de Deporte del Tubo (IPSF, por sus siglas en inglés), compara al pole dance con el ballet, que en la época victoriana se consideraba algo que excitaba a los hombres. De hecho, las bailarinas se consideraban “de dudosa reputación”, debido al largo de las faldas que utilizaban.

“El ballet ha necesitado siglos para ser aceptado en la sociedad. El pole tiene máximo 10 años. Si nuestro único punto negativo es dónde se originó, entonces, los puntos positivos exceden a los negativos”, dice.

Para Coates, lo que se practica en una clase de pole kids es muy similar a lo que se hace en una clase de gimnasia: “La gente se asusta porque piensa que sexualizamos a los niños, pero no hacemos nada más que lo que se hace en una clase de gimnasia. Todo es sobre movimientos acrobáticos y coreografía”.

TAMBIÉN ES PARA NIÑOS

Anthony y Erick, de 11 y 7 años, rompen con otro prejuicio arraigado, pues la gente cree que el pole dance es sólo para niñas. Estos dos hermanos lo practican cada vez que tienen oportunidad, principalmente en vacaciones. Su madre, Ericka Hernández, lo ve como una actividad que los aleja del televisor y que además los pone en forma.

Para Anthony es un reto elaborar las figuras. “La que mejor me sale es el ‘costalito’ –gira en vertical sobre el tubo hasta tener las piernas arriba y la cabeza abajo–. Es cosa de resistencia”. El niño asegura que su afición jamás lo ha hecho víctima de bullying.

Yazmin Oropeza lleva a sus tres hijas –de 15, 13 y 10 años–  a que tomen clases de pole. “Sobre todo le ha ayudado a Abril –la de 13 años– que era muy tímida y ahora se desenvuelve mejor”, comenta.

“El pole es para todos. Lo mismo si tienes tres que 60 años”, asegura la directora del estudio Thalias, Jaqueline Guerrero.  “Aquí vienen y se quitan el miedo, se sienten fuertes”.

SUEÑO OLÍMPICO

Los entusiastas del tubo promueven que el pole dance es un deporte, incluso, buscan que sea reconocido como disciplina olímpica. De hecho existe una petición en la página Change.org para que sea aceptado por el Comité Olímpico.

“Requiere de agilidad, acrobacia, balance, coreografía, determinación, coordinación, energía, compromiso, flexibilidad, concentración, trabajo de piso, trabajo de pies, gimnasia, gracia, salud física, mental y de espíritu, condición física, ritmo, fuerza, estilo y mucho más”, dice Dalton Anthony Luciano, quien promueve la petición.

Pero convertirse en deporte olímpico va más allá de una solicitud firmada en Internet. El proceso es largo y puede tomar hasta 20 años. El primer paso es que la organización promotora (en este caso IPSF) sea reconocida por la Federación Internacional del Deporte. Una vez aceptada, la federación promotora es invitada a los Juegos Mundiales como “deporte no olímpico”. Es hasta entonces que existe una oportunidad seria para intentar convertirse en una actividad olímpica.

“Estamos más cerca de lo que la gente cree. Hay muchos cambios sucediendo para modernizar los deportes y atraer público más joven, y nuestro deporte garantizaría un buen rating. Sólo necesitamos demostrar al mundo de qué estamos hechos”, dice Koates.

Actualmente la IPSF ya ingresó sus documentos y se encuentra en espera de la resolución.

Sin embargo las organizaciones de pole dance alrededor del mundo no están a expensas a que el Comité Olímpico los acepte y muchas ya organizaron sus propios torneos. Uno de los más importantes por su alcance internacional, es el Campeonato Mundial de Pole Deportivo, el cual tendrá este año su tercer encuentro.

De hecho, una de las máximas exponentes del pole dance es una niña de apenas 11 años. Su nombre es Olga Trifonova, de Rusia, y cuando uno ingresa su nombre en YouTube, el primer video es su actuación en el Campeonato Mundial de Pole 2013, donde ganó el primer lugar en la categoría Principiantes (de 10 a 14 años).

Mientras que en el Campeonato Mundial de 2012 participaron seis niñas, en el que se está cocinando para este año el registro ya va en 16. En total, entre todas las categorías, participarán 190 poledanceros, contra 130 del año pasado.

Así, es probable que lo que hoy se ve como una actividad no apta para niños y niñas, dentro de unos años podría ser el nuevo hit deportivo infantil, equivalente al karate o a la gimnasia. Y quizá la respuesta a la pregunta “¿Qué quieres ser de grande?” pueda ser “Bailarín de pole dance” sin que alguien se infarte.