Revista Cambio

Te encontré… sin querer hacerlo

POR ÓSCAR BALDERAS / FOTOS: DANIEL OJEDA

—Margy… hola, qué bueno que veniste. Siéntate, por favor.

—Ya dime…

—Necesito que te sientes…

—No le des más rodeos. ¿Es Diana? ¿Está muerta?

—Sí, está muerta. Lo siento mucho… Ya encontramos a tu hija.

Dentro de un solitario cubículo en la procuraduría mexiquense, la subprocuradora del Estado de México, Dilcia García, suelta la noticia a Margy Fuentes, la asistente personal de una conferencista, quien la escucha con los nervios rotos. El calendario marca dos fechas: es septiembre de 2014 y también es el día 369 en la búsqueda de su hija desaparecida, Diana Angélica Castañeda Fuentes.

—Lamentablemente, sólo encontramos el cráneo y los pies de tu hija. No encontramos el resto del cuerpo, pero estamos seguros de que es ella.

La noticia convierte a Margy, de 42 años, en un globo de helio. Siente que flota, que sus pies se despegan del piso. Esa liviandad transporta su mente a un lugar oscuro, una especie de cueva donde todo es un dolor punzante.

Es un tormento que parece que jamás superará, no obstante, en menos de tres años logrará procesar todo ese sufrimiento y convertirlo en un ejemplo de resistencia. Por ahora, es frágil como un globo. Su Dianita fue brutalmente asesinada cuando tenía sólo 14 años.

UN RELATO DE AMOR

Aunque lo parezca, este no es un relato policiaco. Es en realidad una historia de amor. Para llegar a eso hay que extraer algunos datos de una carpeta de investigación, la 3447003607877413, abierta en el populoso municipio de Ecatepec: Diana tiene 14 años, le gusta cantar, bailar y arreglarse minuciosamente ese cabello largo y espeso que se acomoda sobre la frente. Ella desaparece el 7 de septiembre de 2013. Su último rastro está registrado a las 5:58 de la tarde. Una hoja explica que a esa hora se desconectó de su cuenta de Facebook para ver a una amiga. Sólo eso: escuchar música pop en casa de otra chica, como ella, estudiante de secundaria. Y a partir de esa hora, sus últimos pasos son un misterio: en el expediente hay una gran laguna sobre lo que pasó cerca de una gasolinera abierta que se ubica cerca de su hogar, donde alguien la raptó sin esperar siquiera el anochecer.

En esa carpeta están las dos versiones de los carteles con los que Margy buscó a Diana los primeros días: la primera, una fotografía borrosa de su hija que eligió el ministerio público; la segunda, la imagen favorita de la madre, que se volvió el emblema de la búsqueda. Están los números de cada agente que busca con desgano a su pequeña. Y un directorio con posibles testigos. La carpeta de la madre guarda otro dato, uno clave: el día en que el alcalde priista de Ecatepec, Pablo Bedolla, le llamó con la finalidad de amenazarla: te va a ir mal, Margy, si no le bajas a tanto “pinche escándalo” en medios locales y nacionales. Pero ella no se calla. Sube el volumen y su valentía abre un nuevo capítulo: a cambio de un momentáneo silencio exige a la procuraduría que haga un dragado en el Río de los Remedios, un canal de aguas negras en el perímetro de la Ciudad de México que se ha convertido en los últimos años en un tiradero de cuerpos.

De esa exploración, en febrero de 2014, sale el cadáver de un hombre, un torso con unos incipientes pechos de adolescente, y el cráneo y los pies de una chica que se parecen a los de Diana. Los exámenes genéticos transcurren con lentitud, mientras Margy alberga la esperanza de que esos restos no sean de su niña y aún pueda verla con vida. Hasta que la subprocuradora Dilcia García la cita en un alejado cubículo de la Procuraduría y la hace flotar con esa frase demoledora: “Sí, está muerta”.

En la carpeta se establece que Diana pasó aproximadamente cinco meses privada de su libertad en alguna casa de seguridad en los límites con Tecámac. Nunca salió del Estado de México. Quien la mató lo hizo a golpes y luego usó un instrumento extremadamente filoso para hacer cortes “limpios” y dejar su cuerpo separado en los caños del río.

Margy hace un funeral para Diana en el que entierra los restos que le entregó la procuraduría. Meses después, un segundo entierro: encontraron el torso, sin extremidades.

Su situación es dolorosamente excepcional en un país donde, según los datos del Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas, hay unos 31 000 desaparecidos en el país y miles de ellos son buscados por sus familiares, vivos o muertos. Según Familias Unidas por una Causa, una asociación que ayuda a familiares de desaparecidas y desaparecidos en el Estado de México, cada semana emergen entre 7 y 10 casos, y en cuatro años sólo han sabido de la recuperación de menos de 10 cuerpos.

Pero este es un relato de amor, a pesar de su crudeza: el tesón de Margy es un logro que se consolida en una amorosa tumba donde, al menos, puede llevar flores. Un lugar donde Dianita, por fin, está a salvo de la maldad, y que resume el lema de miles de mamás en todo México: “Mientras no te entierre, te seguiré buscando”.

POR ENCIMA DEL DOLOR

Margy recuerda que, desde aquella cita en la procuraduría, la liviandad se acompañó del silencio. Durante cinco meses no gritó y apenas lloró. En cambio, se le instaló una violenta infección en la garganta que no cedía ni ante fuertes antibióticos. Fue hasta que pidió ver la dentadura del cuerpo de su hija y corroborar con sus ojos que se trataban de los dientes de Diana, que vociferó y vomitó todo el sufrimiento que tenía contenido.

A partir de ahí, se le abrieron dos opciones: colocarse debajo o encima del dolor. Eligió lo segundo, porque lo primero sólo parecía alejarla de Diana, de su hijo y de su madre. Así que comenzó un sendero tortuoso: ir a terapia, asistir a un templo, creer en lo físico, lo metafísico y lo religioso. Hundirse en las páginas de un libro que, asegura, debería ser lectura obligada para cada familiar de un desaparecido: La Cabaña, de William P. Young, quien narra la tragedia de una familia que sufre la desaparición, violación y homicidio de la hija más pequeña del personaje principal.

Pero no es suficiente: Margy apenas saca la nariz fuera de esa cueva que sigue demasiado oscura. Para salir, ayuda a otras madres que comienzan a buscar a sus desaparecidas en una entidad que acumula 3 834 expedientes, de acuerdo con los datos disponibles hasta agosto de este año. Necesita transmitir lo que aprendió y aprender de las que están en el camino de la resignación.

Margy se soldariza con otras mamás que también encuentran los cadáveres de sus hijas en el Estado de México: Valeria, Luz Adriana, Luz del Carmen, Bianca Edith, Abril Selena. Sin embargo, de nuevo, parece insuficiente. Necesita algo más y echa mano de lo que tiene cerca, su jefa, la conferencista, a quien le pide que le enseñe cómo hablar en público lo que durante meses se calló.

El feminicidio de Diana da pie al renacimiento de María Eugenia Fuentes Núñez, quien hoy es una tallerista de medio tiempo en escuelas y universidades del Estado de México y la Ciudad de México (en sus talleres habla sobre el uso responsable de redes sociales). Ahí, cree, está la clave para entender cómo alguien torció la vida de Diana. Sus charlas han llegado ya a cientos de alumnos, a quienes les previene sobre las tácticas que usan los tratantes, les menciona la labia de los pedófilos y lo que ellos como jóvenes pueden hacer a fin de denunciarlos y evitar convertirse en víctimas.

Sus charlas son tan exitosas que, ahora, prepara una segunda fase. Esta vez serán para padres, madres y maestros; el objetivo es que los adultos aprendan a identificar cuando una o un joven está en riesgo. Margy cree que no importa si es una escuela pública o privada, urbana o rural, donde van chicas y chicos de familias pudientes o en situación de pobreza: si el modelo de protección no cierra con todos los que rodean a un adolescente, un depredador se colará por los agujeros, no importa donde sea.

Al final de contar su historia y ofrecerla con el propósito salvar a otras y otros, Margy suele generar la misma reacción de alumnos y profesores: en los salones truena una sonora ronda de aplausos y una dedicatoria que piensa, callada, para llevar cada día más luz a su vida.

“Esto es por ti, Diana”.

—¿En qué te has transformado, Margy?

—Cuando una mamá halla el cuerpo de su hija se abre inmediatamente otro capítulo en tu vida. Pasas a otra cosa. El dolor no se va, pero se transforma. Te cambia por completo.

—¿En qué?

—En esto que soy ahora. Yo voy a seguir hablando, alertando. Dar esas charlas me ayuda mucho y siento que así honro a mi hija, porque lo que ellos le hicieron a Diana… quiero que los encierren, que se vayan a la cárcel, aunque ya no es tanto por ella, sino por el dolor que pueden causar. Ellos no se van a detener… y yo tampoco.

—¿Qué quisieras que la gente aprendiera de esta etapa de tu vida?

—Yo sé que nada ni nadie me regresará a Diana. Lo sé, pero también sé que mi historia puede ser útil… que el dolor se puede convertir en amor…

Cuando lo necesita, Margy hace esto: se acomoda en una silla y busca los viejos videos donde puede ver a Diana, como le gusta recordarla. En ellos, su hija canta, ríe y baila sostenida en sus delgadas piernas. Sólo con mirarlos, se le llena el espíritu.

Entonces, Margy deja de ser frágil como un globo y se convierten en lo que es ahora: una madre coraje que vive por dos. Por ella y por lo que quedó pendiente en la vida de Dianita.