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Las modelos de San Carlos

20 de Noviembre 2017
Rogelio Segoviano
Rogelio Segoviano

 

No sé qué puede resultar más grave, si las valientes y aterradoras denuncias públicas de abuso sexual que hicieron hace unos días dos modelos de desnudos que posan para estudiantes de dibujo y pintura de la Academia de San Carlos, o el escandaloso silencio que han mantenido ante este caso las autoridades no sólo de la Facultad de Arte y Diseño (FAD), sino de la propia Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de la que dependen San Carlos y la FAD.

Tal parece que el rector Enrique Graue y los funcionarios de más alto nivel de la que se supone es la máxima casa de estudios de este país –y una de las instituciones educativas y culturales más reconocidas en el mundo– han apostado por guardar silencio y mirar hacia otro lado (hacerse pendejos, dirían en mi barrio), en espera de que los gritos de auxilio de las jóvenes afectadas se diluyan y queden en el olvido con el paso del tiempo.

Y es que Graue y su pandilla (no encuentro otra forma más amable de llamarles) seguramente saben que si deciden tomar en cuenta las denuncias de acoso sexual en la Academia de San Carlos destaparían una caja de Pandora de la que saldrán todo tipo de alimañas, corruptelas, abusos y escándalos que podrían quedar fuera de su control.

Entonces, aprovechando que muy pocos medios hicieron eco de las revelaciones de las modelos en torno a las porquerías que les hacía uno de los coordinadores de la Academia de San Carlos, la solución de las autoridades universitarias fue quedarse bien calladitas e ignorar olímpicamente las solicitudes de información y de entrevistas que algunos periodistas interesados en el caso les hacían.

Para quienes no han seguido la historia de las modelos de desnudos de la Academia de San Carlos –los nombres se omiten a petición de las víctimas—, resulta que Arturo Azuara, la persona que las coordina y les hace sus llamados a las diferentes sesiones de dibujo y pintura con los estudiantes de la escuela, es un depredador sexual que, aprovechando su posición de poder al ser su jefe directo, las toqueteaba de forma indecente, les decía “piropos” que las incomodaban (“me encantan tus patas”), las acosaba en las redes sociales solicitándoles que le enviaran fotos de sus pies (al parecer tenía una fijación con eso) y hasta las tenía amenazadas con decirles a sus padres a qué se dedicaban si no accedían a “portarse bien” con él.

No sólo eso, durante las sesiones de dibujo, el tal Azuara les exigía a las modelos realizar “poses explícitas” para excitar a los estudiantes y profesores, las obligaba a ir a con el grupo a clases extramuros en cantinas y albercas, donde además de tener que estar totalmente desnudas, los aprendices y maestros se la pasaban ingiriendo bebidas alcohólicas mientras “trabajaban” en sus lienzos. Cuando alguna de ellas reclamaba o intentaba rebelarse, el coordinador de modelos de la Academia de San Carlos las sometía física y verbalmente. Era común que, mientras estaban desnudas, les dijera “Te toca pellizco”, y les diera un jalón de vello púbico.

Como la UNAM no tiene contemplado en su presupuesto ni en su organigrama el puesto de modelo de desnudos, ellas no reciben un salario y mucho menos tienen prestación alguna (“eso arruinaría la mística de una musa”, dijo José de Santiago Silva, directivo de la FAD), por lo que sus ingresos consisten en las “coperachas” que se hacen entre los propios estudiantes.

¿Qué más necesitan saber el rector y los abogados de la UNAM para actuar y poner un alto a todas estas vilezas que suceden en su propia casa?

*Periodista especializado en cultura.

@rogersegoviano

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