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Mejor que terapia

18 de Septiembre 2017
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No podía creer la cantidad de palabrotas que salieron de la boquita de mi compañera de trabajo. Marianita es una mujer chiquita y menuda, petit, como se les llama en el mundo de la moda. Calza del número dos y mide menos de un metro y medio, pero es veloz con el teclado cuando manda instrucciones por correo, una cafre al volante y una real barbajana mal hablada en las luchas.

No conocía sus capacidades para repetir una palabrota tras otra, yo estaba en shock, dejé de ver al Místico –en aquel entonces era una especie de galán de cuadrilátero– y percibí la fluidez con la que Marianita mentaba madres, insultaba al réferi y defendía a sus luchadores favoritos.

Todo comenzó cuando nos llegó la invitación de otro compañero de trabajo para ir a las luchas. Jaime nos invitó porque decía que éramos muy “fresas” y que necesitábamos un baño de pueblo.  Con mucho gusto le dije que yo estaría encantada, y que si no había ido hasta ese momento de mi vida a las luchas era porque no se había dado la oportunidad.

Marianita al principio se negó: “Si no voy al estadio por miedo a que me bauticen con quien sabe que, menos iré a las luchas. ¡Ya me imagino que clase de gente va!”, argumentó. Jaime y yo nos miramos y nos prometimos que la obligaríamos a ir algún día.

El día llegó y me las ingenié para que Marianita aceptara acompañarnos. Tuve que obligarla a  perder un juego de dominó que acostumbrábamos en la hora de comida. Solo así accedió.

No quisimos llegar en coche y nos fuimos en Metro. Recuerdo bien la cara que tenía durante nuestro viaje hacia la Arena México de la lucha libre. Parecía que le había dado un espasmo facial.

Cuando llegamos empezó a dudar y a decirnos que tenía terapia con su psicóloga y no se había acordado. Obviamente no la dejamos ir: le dijimos que si ya había llegado hasta ahí era momento de vivirlo, ¡no podía dejarlo pasar!

¡La mutación comenzó! Nuestra pequeña Mariana hizo gala de un folclor verbal como nunca antes  habíamos visto. Tras unas cervezas, ya no se sentó ni dejó de gritar. Yo le hice segunda, y Jaime tercera. Gritamos y nos carcajeamos (¡hasta hicimos un concurso de malas palabras!). Nuestra creatividad se dio vuelo y Marianita ganó al gritar una que no pude superar y mucho menos exponer en este medio.

Años después nos confesó que aquella noche no mintió, realmente tenía una terapia pendiente, pero la dejó gracias a que ella y su esposo comenzaron a ir a las luchas juntos. En aquel tiempo acudían a terapia de pareja porque estaban a punto de separarse.

Después de ir con nosotros llegó tan contenta a platicarle a su esposo que decidieron compartir la experiencia. Se divirtieron tanto conviviendo de esa forma que dejaron la terapia de pareja y en lugar de eso se dan cita en divertidas y altisonantes veladas románticas frente al cuadrilátero. Y así fue como las luchas salvaron al amor.   

*Buscadora de historias urbanas de sus contemporáneos millennials. Ponte atento, tu historia puede ser la próxima.

@valeria_galvanl

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