Los ingenieros del orden

Carlos Gershenson diseñó el sistema probado en el metro Balderas para mejorar el acceso a los vagones y reducir el desorden. Ese proyecto ha funcionado y está creciendo, pero este joven va por más. Conversamos con él con el propósito de conocer sus nuevos proyectos y de saber cómo la ingeniería puede ponerse al servicio de la movilidad

23 de Diciembre 2018

Foto Revista Cambio

Decenas de personas bajaron las escaleras apresuradamente. Como si fueran maratonistas en los juegos olímpicos, cada uno buscó tomar la delantera sobre los demás. La meta estaba marcada por dos ventanillas de acrílico. Ahí debieron formarse. La fila avanzó lentamente, casi de forma mecánica. Después de ser atendidos, aceleraron el paso otra vez. Zapatillas, tenis, botas, huaraches apuraron su marcha para ser los primeros en llegar. Cruzaron uno tras otro las pequeñas vallas de metal: así lograron ingresar a la estación Balderas del metro de la Ciudad de México.

Los usuarios habían repetido esa rutina durante días, semanas, meses, quizá años. Pero aquel 5 de diciembre de 2016, vieron algo que durante 47 años de funcionamiento no se había experimentado en ese sistema de transporte. Sobre el piso había señalizaciones que se combinaban con la línea de precaución; trazos que indicaban una nueva forma de moverse en la capital del país. Tres flechas negras dentro de círculos amarillos señalaban el espacio para el descenso de pasajeros, y dos flechas blancas diagonales sobre cuadros negros con la leyenda “Área de espera” sugerían la zona para ingresar a los trenes.

La gente, sorprendida, hizo filas conforme iba llegando a fin de poder subir a los vagones que los llevarían a su destino. No hubo empujones, apretujones, golpes, ni groserías entre ciudadanos, algo impensable en esta urbe. Los usuarios ingresaron rápida y ordenadamente. Fueron como hormigas entrando a una caja de cerillos.

Ha pasado más de un año desde aquel día y hoy, el mecanismo se ha implementado en otras estaciones de gran afluencia. Sus creadores aseguran que el proyecto ha reducido los tiempos de espera en andenes, los robos de celulares y el acoso.

Carlos Gershenson es uno de ellos. Es un ingeniero al servicio de la movilidad. Su trabajo ha permitido que diariamente miles de pasajeros tengan tiempos de espera más cortos mientras se trasladan de un lugar a otro. El impacto que ha tenido su proyecto ha sido trascendental entre la ciudadanía; e incluso en algunas estaciones donde aún no existen la señalización, la gente se forma de manera ordenada con el objetivo de subir al metro.

 

Empleo para el futuro

Hace 10 años la Organización de las Naciones Unidas informó que la mitad de la población vivía en zonas urbanas, y alertó que en el 2050 esa cifra alcanzará el 70 por ciento. Con esa tendencia, el debate sobre los problemas de movilidad de las grandes metrópolis –tráfico, contaminación, estrés– ha cobrado relevancia en los últimos años. Eso ha originado que en las universidades de todo el mundo cada vez más ingenieros y matemáticos busquen soluciones para los problemas que ya existen y los que se avecinan en las ciudades.

Gershenson no tiene duda de que la ingeniería enfocada en la movilidad es una profesión que será bastante necesaria en el corto plazo. Él estudió Ingeniería en Computación y ha hecho investigaciones en la Fundación Arturo Rosenblueth, también en la Universidad de Sussex en el Reino Unido y en la Vrije Universiteit de Bruselas, ahora trabaja en el Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas de la UNAM.

El investigador explica que fue aproximadamente durante los años 50 cuando comenzó a desarrollarse el urbanismo como un campo de estudio en México, pero el trabajo de los urbanistas consistía solamente en la planeación para definir hacia dónde crecería la ciudad.

Ahora, la investigación sobre las problemáticas urbanas ha evolucionado a la par del desarrollo de las tecnologías. En años recientes, los “ingenieros de la movilidad” han creado modelos computacionales basados en algoritmos cuyo propósito es explorar escenarios que enfrenten las problemáticas sicitadas en las grandes urbes.

Durante los años 80 los físicos del país comenzaron a interesarse en la reducción del tráfico, y a partir del año 2000 se empezó a investigar cómo se mueven las multitudes y qué patrones siguen. Sin embargo, fue en la última década, dice Gershenson, cuando aumentó la disponibilidad de datos sobre las ciudades, lo que llamó la atención de profesionistas de varias disciplinas para entender la movilidad en estas.

—¿Actualmente hay un boom en la “ingeniería de la movilidad”?

—Hay más interés por el tema. Ahora existen en el mundo maestrías que antes no se pensaban, por ejemplo en supercómputo urbano; otras enfocadas en smart cities e incluso en la Universidad de Dresden en Alemania se cuenta con una Facultad de Transporte. Lo que tratamos es de aprovechar la tecnología que tenemos a nuestro alcance para resolver problemas concretos, no sólo de movilidad sino otros, como recolección de basura o abastecimiento de agua.

—¿En qué momento empiezas a interesarte por ese campo?

—Desde que iba a la secundaria y pasaba más de cuarenta minutos en el transporte público para llegar a mi escuela; en la prepa fue lo mismo. Hasta que ingresé a la universidad usé bicicleta, pero en esos años –finales de los 90– la ciudad era menos amigable con el ciclista. Ahí comenzó mi interés concreto por la materia.

Un proyecto que Gershenson tiene sobre la mesa es el de los semáforos auto-organizantes. Se le ocurrió mientras circulaba por el Eje 6 Sur. Ahí notó que si los semáforos se adaptaran a la velocidad de los autos, podrían reducir el tráfico en las avenidas principales.

“Sería como imitar a una parvada de aves: cada pájaro trata de mantener la velocidad, la dirección y el movimiento determinado por el grupo con el que vuela. Mediante un algoritmo, buscamos que los semáforos den preferencia a las calles con mayor flujo: cada intersección respondería a la demanda de su entorno, tanto de vehículos como de peatones”.

El investigador pone como ejemplo la salida de autos al finalizar un concierto. Es común que una calle se congestione mientras hay otras totalmente vacías alrededor. Al activar el mecanismo que diseñó, la luz verde de los semáforos privilegiará la circulación en la zona más congestionada.

Se espera que el piloto del proyecto sea implementado en el circuito de Ciudad Universitaria.

Cada vez más iniciativas de este tipo son estudiadas y presentadas en todo el planeta con la finalidad de que millones de personas vivamos en un mundo más armonioso. El trabajo de los “ingenieros de la movilidad” resultará indispensable para lograrlo.

*La versión original de esta historia fue escrita por Roger Vela y fue publicada el 4 de marzo de 2018 en la edición 828 de CAMBIO.

 

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