Marea sin fin

Aunque los centroamericanos han migrado desde hace varias décadas, parece que en México apenas los ven. Las caravanas que llegaron a nuestro país desde octubre pasado pusieron en el centro de atención un problema que aparentemente era invisible: la crisis humanitaria en Centroamérica

Foto Revista Cambio

por Roger Vela

16 de Diciembre 2018

Giovanni tenía apenas ocho años de edad cuando la Mara Salvatrucha lo sentenció a muerte. Su prima le había robado una esclava –una pulsera que usaba en los cumpleaños y otras ocasiones especiales– con el fin de dársela a su novio, un líder de la MS-13 que se encontraba en prisión. Giovanni reclamó a su prima el abuso de confianza, y eso fue suficiente para desatar la ira del pandillero. Nadie, ni siquiera un niño de ocho años, podía meterse con la novia de un integrante de la pandilla que en ese entonces controlaba El Salvador, así que su mamá decidió enviarlo de inmediato a Estados Unidos para salvar su vida. Cuando varios pandilleros llegaron a su domicilio con el objetivo de matarlo, no lo encontraron: había escapado con éxito horas antes en un autobús con destino al norte. Así inició una travesía de 5 800 kilómetros.

Se fue acompañado de un primo y un amigo. Antes de cruzar la frontera con Guatemala, los bajaron del camión por ser menores de edad. No podían sacarlos del país sin el permiso de sus padres, así que los mandaron con un coyote para que los cruzara. Caminaron durante horas en el monte hasta que se encontraron con un río, tuvieron que desnudarse casi por completo con el propósito de cruzar nadando. Al otro lado, una persona los esperaba con cuatrimotos. Así fue como se adentraron en territorio Guatemalteco. Los llevaron a una casa y luego a otra, hasta que los treparon a un autobús. A veces tenían que esconderse para no ser descubiertos en algunos de los retenes de la policía de Guatemala. Luego, cerca de la frontera con México, los hospedaron en un hotel. Para ese momento ya había varios enfermos. Giovanni llevaba algunos días con fiebre y los medicamentos no le ayudaban a disminuirla.

Le dolía todo el cuerpo, en especial su oído izquierdo. El dolor era tan intenso que los coyotes se vieron obligados a pagarle estudios en un clínica de la zona. Días después, la fiebre y el suplicio auditivo por fin disminuyeron; sin embargo, la falta de atención inmediata le dejó secuelas permanentes. Su audición se vio afectada y a veces no escucha al 100 por ciento cuando platica.

Una semana duró en ese hotel hasta que salió rumbo a tierras mexicanas. Después de soportar el frío, de días sin comer y esquivar controles de la policía logró cruzar a México. Pero no fue fácil: para entrar al país, los agentes migratorios les pidieron dinero por cada uno, así que buena parte de los billetes que traían se quedaron en Chiapas, en las manos de policías de migración.

Una vez en suelo mexicano subieron a una caja de un tráiler que transportaba madera. Giovanni, a pesar del cansancio, el hambre y las consecuencias de su infección en el oído, estaba muy contento. Cada metro avanzado lo alejaba del peligro salvadoreño y lo acercaba a Estados Unidos. Pero kilómetros adelante la policía mexicana los esperaba en un retén para detenerlos y regresarlos a El Salvador. Eran los mismos agentes de migración que habían recibido el soborno: los habían traicionado. Casi sin pensarlo brincaron del tráiler y se metieron entre las calles de una colonia chiapaneca. Los policías les pisaban los talones, hasta que una señora les dio refugio en su casa mientras se iban los agentes. La señora le prometió meterlo a la escuela si se quedaba a vivir con ella. Él no aceptó. Horas después salieron escondidos en una combi, junto con otros centroamericanos. Se resguardaron varias horas en una casa. Luego, a iniciar el largo recorrido nuevamente.

Tráilers, autos particulares, unidades de transporte público, fueron los medios en los que cruzó México de sur a norte; una travesía agotadora. A pesar del hambre y la sed, no podía comer ni beber lo suficiente cuando tenía la oportunidad porque no podía ir al baño a cada rato. A veces tenía que aguantar todo el día sin hacer sus necesidades. Los que no lo lograban debían evacuar en bolsas y a la vista de todos.

Al llegar a la frontera lo separaron de su primo y de su amigo. Se despidió de ellos mientras el coyote lo llevaba a una casa para que aprendiera de memoria una nueva identidad: ahora sería mexicano y se llamaría José. Pasó varios días aprendiendo lo básico de la cultura mexicana: el himno nacional, los colores de la bandera, la ciudad capital, la moneda oficial.

Cuando decidieron que estaba listo, lo llevaron en auto hasta la frontera con California. Iba muy nervioso, cualquier pequeño error arruinaría todo, de nada habría servido todo lo que había sufrido en el camino y, peor aún, regresaría a San Salvador, donde lo esperaba una de las pandillas más peligrosas de Latinoamérica. Logró cruzar con éxito, aunque apenas era la mitad del camino, pues su destino final era Boston.

Han pasado 21 años desde que salió de su casa. Ahora vive en San Antonio, Texas, trabaja legalmente en un restaurante mexicano, tiene una hija que estudia la primaria y seis perros; en su tiempo libre va a pescar, lo que más extraña de su tierra es la comida, más las tradicionales pupusas y sueña con conocer Yucatán. Giovanni, pertenece a una de las primeras olas centroamericanas que migró por miedo; por miedo a las pandillas y a su violencia.

 

LA NECESIDAD DE MIGRAR

Casi todos los mexicanos tenemos parientes en Estados Unidos, pero la gran mayoría, sobre todo los que cruzaron durante el siglo pasado, lo hicieron con una motivación concreta: buscar una mejor calidad de vida ante la falta de desempleo en su país. Las razones de los salvadoreños son un poco distintas.

Cuando su país se encontraban en guerra durante los años 80, miles de personas migraron en masa huyendo de los conflictos entre el ejército y la guerrilla. Algunos de ellos, acostumbrados a los horrores de la batalla, se integraron a las nacientes pandillas en el sur de Estados Unidos: la MS-13 y el Barrio 18. Luego, cuando su gobierno firmó la paz con los opositores en 1992 y parecía que la calma había llegado, regresaron a sus país importando las disputas de ambos grupos delincuenciales.

Con el tiempo, las peleas entre las dos pandillas se convirtieron en una guerra que se extendió a Honduras y Guatemala. Su poder las llevó a controlar numerosos territorios, y el conflicto elevó su nivel de violencia. A finales de los 90, se rompió la ilusión de paz y nuevamente; como Giovanni, comenzaron a migrar miles motivados por el miedo.

Así lo hizo también Yaneth Gil. En 2003 huyó de casa de sus padres escapando de la violencia de las Maras –como se les conoce a las dos pandillas–, pero en México encontró algo peor. En Chiapas, alguien le ofreció trabajo; sin embargo, fue una trampa: la vendieron al crimen organizado. Fue obligada a vender droga; sus clientes eran agentes de migración y policías locales. Sólo podía comer y beber agua una vez al día, y si no vendía lo suficiente le iba bastante mal.

Pasó siete meses secuestrada, hasta que un sábado, su patrona le dio 50 pesos y le dijo: “Eres libre, vete”. Sin dinero, sin empleo y sin papeles tuvo que dormir en la calle durante algún tiempo y comer de la basura. Se convirtió en indigente. Por fortuna, alguien la ayudó, así consiguió su primer empleo.

Hoy sigue en Chiapas; es presidenta de la asociación Una Ayuda para ti Mujer Migrante y directora de la Casa Mujer Migrante, donde brinda atención a mujeres y niños que, como ella, huyen por miedo a la violencia en El Salvador y otros países.

SALVAR VIDAS

Si bien los centroamericanos han migrado desde hace varias décadas, parece que en México apenas los ven. Las caravanas que llegaron a nuestro país desde octubre pasado pusieron en el centro de atención un problema que era aparentemente invisible: la crisis humanitaria en Centroamérica.

El tema ocupó espacios en los medios de comunicación, las redes sociales, universidades y hasta en pláticas familiares. Incluso se ha generado un sinfín de expresiones racistas sobre los migrantes que han llegado a nuestro país, aunque también hay mucho apoyo para los que se han considerado nuestros “hermanos del sur”.

Soraya Vázquez es coordinadora del Comité Estratégico de Ayuda Humanitaria, y desde hace dos años apoya a los migrantes que se quedan varados en Tijuana. “Nos conformamos en el comité siete mujeres que coincidimos haciendo trabajo voluntario en un albergue porque nos percatamos de que había mucha gente queriendo aportar su tiempo, donar o realizar labores con los migrantes, y no existía ninguna instancia ni nadie que organizara ese tipo de esfuerzo”, dice Soraya.

Iniciaron sus labores con la oleada de haitianos que llegó en 2016 a esa ciudad, y ahora les brindan ayuda los centroamericanos. “Nosotros –menciona–, procuramos colocar en los medios o en nuestra página de Facebook las actividades que hacemos para contrarrestar el rechazo de alguna parte de la ciudadanía a los migrantes y destacar la gran solidaridad que existe en la ciudad”.

Cuenta que han tenido historias de éxito que las motivan a seguir trabajando, como el caso de una chica haitiana que tenía un problema en una pierna. La llevaron a un hospital y después de algunos estudios les avisaron que podría perder su extremidad –como no hablaba español la atención era deficiente.

“Al día siguiente la trasladamos a la frontera para que solicitara asilo en Estados Unidos. Así con la pierna a punto de perderla, casi gangrenada, la recibieron los oficiales. No supimos de ella hasta que nos escribió y nos dijo que estaba en un hospital de San Diego, le habían salvado la pierna y fuimos a visitarla, era completamente otra persona y mejoró su salud. Después nos mandó fotos, ya estaba en Miami con su familia.”

Varios especialistas y académicos han advertido desde hace años que el siglo XXI será el siglo de las migraciones. Soraya coincide: “Estos éxodos forzados no se van a detener”. Explica que la gente sale de su lugar de origen para sobrevivir, por eso ninguna medida de represión o el cierre de fronteras va a detenerla.

“Estas mareas humanas son imparables, no las puedes detener, son como un río que si lo cierras va a colar el agua por donde sea, así es la gente que sale salvando su vida. Debemos tener presente eso cuando nos enfrentamos a este tipo de crisis humanitaria”.

Roger Vela

Reportero chilango. Tengo un crush con el periodismo desde los 90. Vine a este mundo a contar historias con el punk rock en los dedos.

@roger_velav

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