Quiero ser surfista

De niño no medía el peligro: qué importaba jugar con el agua tratada que rociaban los aspersores de la Alameda Oriente; el chiste era mojarme. Con el paso del tiempo las cosas han cambiado, por eso en Ciudad Neza las y los pequeños ya pueden disfrutar parques acuáticos que, incluso, han mejorado la seguridad de la zona

Foto Revista Cambio

por Roger Vela

05 de Enero 2019

Tenía ocho años cuando conocí el mar. Era 1994, uno de los años más agitados en la vida política nacional, marcado por el alzamiento zapatista, el asesinato de Colosio, las elecciones presidenciales y el homicidio de un alto funcionario del PRI. Pese a que veía en los noticieros toda esa serie de sucesos históricos a través de un televisor Sony de 27 pulgadas, yo era ajeno a ellos. Qué me iba a importar la muerte de un candidato presidencial en Tijuana si yo estaba por viajar a Acapulco, una costa que se encuentra a 379 kilómetros de la Ciudad de México (aunque parece una extensión de la capital): la playa más chilanga. Qué relevancia podría tener en mi vida la contienda electoral, si por fin conocería el océano, que hasta antes de ese verano sólo había visto en películas.

Aún recuerdo la escena como si tuviera un filtro azulado, propio de las cámaras análogas de la época que dejaron sus fotos en mi memoria. Sábado por la mañana. Voy en un camión incomodísimo porque nunca he sentido tanto calor en mi vida, mi playera se pega a la tela vieja del asiento y sudo más de lo normal. De pronto, mi madre pronuncia las palabras mágicas: “Mira, hijo, ¿ya viste el mar?”, dice mientras apunta su dedo hacia una de las ventanillas. Volteo y no lo creo. Es más grande de lo que pensé. No tiene fin. El color azul cubre casi todo mi espectro visual.

Sonrío emocionado. Mientras el camión baja la colina mi vista no se despega de la ventana. No conocía el significado de la palabra inmensidad hasta ese momento. Mi atracción por el agua fue instantánea.

Antes de ese día lo más cercano al mar que había conocido era un parque acuático de Chapultepec llamado La Ola. La atracción principal que le rendía honor a su nombre era una amplia alberca de olas, donde cientos de personas fingían estar en el océano cada fin de semana. Al lado estaba Atlantis, un pequeño lugar con temática marina donde se podía ver delfines maltratados que hacían algunos trucos para alegrar a quienes pagaban su boleto. Hoy ambos lugares están abandonados.

Tiempo después del viaje a Acapulco, mis padres me inscribieron a cursos de verano en lugares que atraían clientes por contar con albercas en sus instalaciones. Después me metieron a clases de natación. Realmente mi generación tuvo muy pocas opciones acuáticas dónde divertirse a bajo precio. ¿Qué alternativas tenían aquellos que no podían costear un viaje a la playa más famosa del país o pagar clases para nadar? Quizá ir a uno de los balnearios ubicados en la periferia de la ciudad o más lejos, como Tepetongo o Oaxtepec. Pero algunos estaban bastante descuidados y otros requerían un gasto considerable –pasaje, comida, entrada– que impedía a las familias asistir regularmente con los niños a divertirse.

Sin embargo, cuando eres niño no te detienes a pensar en tu seguridad, en el gasto o en las condiciones sanitarias del lugar. Nos gustaba tanto el agua que nos divertíamos donde fuera sin importar nada más. Incluso asistía regularmente con mis primos a mojarme en la Alameda Oriente. No era un parque acuático ni de cerca, aunque casi siempre estaban abiertos los aspersores que regaban el pasto, y nosotros los disfrutábamos al cien.

Corríamos de un lado a otro con el fin de ganarle al chorro de agua o lo esperábamos de frente para que nos impactara de lleno. Brincábamos, nos tirábamos, jugábamos luchitas y hasta futbol al lado de esos dispositivos giratorios que no dejan de aventar agua. Terminábamos empapados de pies a cabeza. Lo hacíamos tan seguido que había días que íbamos preparados con toallas y un cambio de ropa con el propósito de no dejar charcos en el transporte público de regreso a casa. Recuerdo que un día uno de los empleados de mantenimiento nos gritó: “¡Dejen de estar jugando ahí, escuincles, es agua tratada. Se van a enfermar!”. Como no le hicimos caso tuvieron que apagar los aspersores.

Han pasado 20 años desde aquellos días y todo se ve distinto, al menos en la zona donde pasé buena parte de mi infancia: el oriente de la CDMX. Por fortuna los niños de ahora no tienen que exponer su piel al agua tratada o esperar meses a que los lleven a un balneario. Al menos en Ciudad Neza tienen siete parques acuáticos distribuidos en distintos puntos del municipio. Cada fin de semana y durante las vacaciones escolares se convierten en un carnaval líquido para decenas de familias.

Todo comenzó hace tres años, cuando el gobierno municipal anunció la recuperación de espacios públicos que se encontraban abandonados; sobre todo camellones llenos de maleza y basura en las avenidas principales. Lugares solitarios que la gente prefería evitar debido a su poca iluminación, mal olor y por ser una guarida de jóvenes que se drogaban con solventes. Hoy son sede de paseos familiares y son musicalizados por gritos y risas de niños que juegan en ellos.

Luis tiene 30 años y una hija de tres. Toda su vida ha vivido en Neza. Recuerda que cuando era niño no se atrevía a cruzar esos camellones por el miedo que le causaban: a su mamá la asaltaron en uno mientras llevaba a su hermana menor a la clase de danza. Cuenta que en los años 90 eran zonas casi sin ley, en las que se veía a muchachos inhalando tíner, escondiéndose entre la basura de la policía y de la mirada de los ciudadanos; algunos chicos acechaban a los transeúntes para robarles sus pertenencias.

“Cerca de esas zonas me robaron mi bicicleta dos veces cuando era niño, pero de unos años para acá las cosas han cambiado bastante. Ahora puedo llevar a mi hija al parque sin ningún problema. Aunque no se han resuelto por completo los problemas de inseguridad en el municipio, sí nos sentimos más seguros”, menciona cuando le pregunto las diferencias entre el entorno en el que vivió y en el que se desarrolla su hija.

Comenta que acude regularmente a uno de esos parques, ubicado sobre la avenida Kennedy –los otros están sobre los camellones de las avenidas Pantitlán, Riva Palacio, Chimalhuacán, Bordo de Xochiaca, y otro más en la zona norte del municipio en un lugar conocido como La Bola–. Explica que hay mucha seguridad en esos lugares: siempre hay policías cuidando la única entrada y salida, y los padres tienen una visión perfecta de donde están sus hijos desde cualquier punto, además de que hay cámaras de seguridad en los alrededores.

Algo que disfruta más es el ambiente familiar: está prohibido ingresar con bebidas alcohólicas o envases de vidrio y la salida de los niños sin adultos. Las familias hacen una especie de picnic para fomentar la convivencia mientras sus hijos se divierten empapándose con el agua tibia y limpia que emerge del suelo, brota de las fuentes o cae de las cascadas artificiales.

No son parques acuáticos de primer nivel, no tienen una alberca, grandes toboganes, una fosa para clavados, camastros dónde tomar el sol o juegos mecánicos que salpiquen agua; son muy parecidos a las fuentes de la explanada del Monumento a la Revolución pero mejor adaptadas. Cuentan con palapas cuyo objetivo es que los padres puedan disfrutar sus alimentos; hay juegos temáticos y hasta zonas para hacer ejercicio. Son, sin duda, espacios que superan lo que tenían hace años y lo que tuvimos muchos niños que crecimos en la zona.

— ¿A qué se debe ese cambio en el municipio? –le pregunto a Luis.
— El gobierno de Neza llegó al poder de mano de organizaciones que han trabajado desde hace años con la gente, pero más allá del trabajo gubernamental ha sido una labor de décadas de los habitantes de esta ciudad. Las personas que vivimos aquí somos muy solidarios y tratamos de mejorar siempre nuestro entorno, por eso puedes ver a estos parques tan bien cuidados y limpios, nos costó bastante darle esto a los niños, por eso tratamos de preservar estos espacios de la mejor manera. Ya hubiera querido yo de niño tener algo así.

Lo que más me gusta –agrega– es que está supercerca de mi casa, me hago cinco minutos para llegar. Cada semana le dan mantenimiento al lugar y es gratis; es una buena opción para que los niñas y niñas se diviertan cotidianamente de una manera bastante sencilla, y a nosotros como padres nos ayuda a pasar más tiempo con ellos.

Deni, la hija de Luis, anhela ir al parque cada fin de semana, le encanta corretear los chorros de agua y darse chapuzones en las fuentes. Su padre está feliz de que pueda disfrutar algo que él no tuvo –como muchos de nuestra generación.

Y aunque los parques acuáticos de Neza no se comparan con el mar, sí les dan a los niños y niñas una perspectiva de lo que es disfrutar el agua, cómo aprovecharla y cómo cuidarla. Les brindan alternativas de recreación que parecían negadas a los sectores populares de la sociedad y, sobre todo, fomentan una convivencia sana con otros menores y con sus padres.

Estos parques se han convertido en un punto de encuentro para una generación que está dispuesta a romperla en el futuro. Les pregunto a dos menores –un niño y una niña de unos siete años, mientras los secan sus padres en el parque Las Fuentes– si conocen el mar, me dicen que no.
— ¿Qué quieren ser cuando sean grandes?
— Yo, cuidador de delfines.
— Yo, surfista.

Roger Vela

Reportero chilango. Tengo un crush con el periodismo desde los 90. Vine a este mundo a contar historias con el punk rock en los dedos.

@roger_velav

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