Revista Cambio

Un día como hoy murió Daniel Cosío

El 10 de marzo de 1976 murió Daniel Cosío Villegas, educador, estudioso y crítico singular de los procesos políticos del México moderno y contemporáneo. Es claro que de entonces acá el país ha cambiado. Sin embargo, muchas cosas persisten, entre otras, la necesidad de seguir examinando y construyendo nuestra vida pública con un espíritu y una intensidad similares a los empleados por don Daniel.

Como lo apuntara el propio Cosío en sus Memorias, la elaboración de su gran obra historiográfica, que inició ya cumplidos los cincuenta años —los diez grandes tomos de la Historia moderna de México (1955-1972) con que buscó captar y explicar la historia política, económica y social del régimen liberal que se inició con Juárez y concluyó con la caída de Díaz—, surgió no como un mero proyecto académico sino como un intento muy personal de dar respuesta a una pregunta “angustiada”: ¿cómo explicar que el régimen que sustituyó al porfirista, es decir, el revolucionario, que tanta sangre y destrucción costó, hubiera terminado por convertirse en poco tiempo en un neoporfirismo? El origen del fracaso de la Revolución debía encontrarse en su antítesis, en el Porfiriato. Y el fracaso del Porfiriato en algún punto de su brillante antecedente: la República Restaurada.

La angustia, disgusto y decepción de Cosío Villegas con la vida cívica del México de su tiempo surgió de constatar que a menos de tres lustros de haber concluido el gobierno del general Lázaro Cárdenas, el país estaba ya dominado por un “neoporfirismo”. La reacción inicial de Cosío a esa afrenta se dio en el terreno del ensayo y la crítica moral, es decir, en su célebre “La crisis de México” (1947).

“La crisis” fue, a la vez, una descripción y una explicación del fracaso de la Revolución Mexicana para cumplir con sus promesas fundamentales de justicia social y democracia política. El escrito tuvo un impacto inmediato porque fue una condena implacable de la clase política revolucionaria en su conjunto, por no haber sabido o querido estar a la altura de las circunstancias que le exigió la historia y haber sucumbido a la corrupción en gran escala propiciada por una estructura política basada en la irresponsabilidad y la impunidad de una presidencia sin contrapesos.

Del ensayo —la condena moral— Cosío pasó a la explicación de fondo: a la investigación del origen histórico del “mal de la época”: de las razones que hicieron que lo que había empezado bien —la República Restaurada— terminara mal —el Porfiriato— y siguiera mal —la posrevolución.

A Cosío Villegas le cuadró explicar los grandes procesos políticos nacionales enfocándolos desde arriba, desde las élites. Él mismo se hizo cargo de la redacción de los tomos de la vida política interna y externa y dejó a otros los relacionados con la historia social y la económica. En el enorme relato que don Daniel hace del proceso político nacional de fines del siglo XIX e inicio del XX, el pueblo sólo aparece como un telón de fondo de las decisiones, acciones y omisiones de los pocos que realmente tenían opciones: los presidentes, sus secretarios de Estado, los gobernadores, generales, legisladores, jueces, caciques, más un puñado de intelectuales y escritores. Ellos eran los que estaban en la posibilidad de ejercer una libertad, relativa pero suficiente, en el campo del poder.

La élite de la República Restaurada le pareció a Cosío un conjunto de “gigantes” con los que él se identificó desde entonces y hasta el final. Sin embargo, esos gigantes durarían poco y serían sustituidos por uno solo: el presidente “necesario”, Díaz, el político hábil que nunca supo o quiso estar a la altura de su desafío, modernizar a México no sólo en lo material sino en lo político, es decir, en su espíritu cívico. Ahí falló rotundamente.
Ya otros han hecho el análisis detallado de la monumental Historia moderna, es decir, del liberalismo mexicano hecho sistema de gobierno y poder. Tras cerrar el examen del régimen porfirista, el esfuerzo intelectual y organizativo de Cosío Villegas se dirigió naturalmente a la etapa siguiente, a examinar el fracaso del nuevo régimen. Sin embargo, a la elaboración de la Historia de la Revolución Mexicana4 —un periodo que él mismo había vivido de cabo a rabo— Cosío ya no le dedicó la misma energía que a la etapa anterior: no podía y, además, ya sabía su secreto, ya no representaba un reto intelectual. Se contentó, pues, con organizar y dirigir el proyecto desde una cierta distancia, al igual que el de la Historia general de México y la Historia mínima de México. Sin embargo, la idea seguía siendo la original: descubrir, describir y explicar la ausencia de una vida cívica digna en México.

En los que serían sus últimos años, Cosío, además de supervisar el avance de la investigación sobre la historia de la Revolución, decidió volver al ensayo e intentar un diagnóstico muy personal sobre la última etapa del “mal de la época”: el presidencialismo. En realidad, don Daniel ya estaba en eso a partir del fatídico 1968 —el Tienanmen mexicano— mediante su ensayo semanal en las páginas del Excélsior de Julio Scherer. De ese ensayo periodístico pasó al ensayo de fondo con la redacción de una tetralogía sobre la situación política mexicana de los años setenta.

Para ese momento el sistema político posrevolucionario había dejado atrás el “periodo clásico” y había empezado a entrar en el de su decadencia. Los indicadores estaban ahí: el 68 y las guerrillas rurales de Guerrero y las urbanas del Distrito Federal o Monterrey, el caos fiscal del “neopopulismo”, la inflación, el déficit externo, la pésima distribución del ingreso; en una palabra, la crisis del “desarrollo estabilizador”.

Cosío Villegas, en su calidad de crítico liberal, enfocó sus baterías en lo que él llamó “el estilo personal de gobernar” de Luis Echeverría. Para entonces Cosío había logrado una relación cercana con su “objeto de estudio”: el presidente y varios miembros del “primer círculo del poder” —Porfirio Muñoz Ledo, Mario Moya Palencia, Fausto Zapata y Jesús Reyes Heroles—, y sólo su arraigada independencia impidió que ese contacto con un poder peligroso y tóxico para otros intelectuales terminara en cooptación. La tensa relación personal de Cosío con Echeverría y los suyos permitió al escritor ver de cerca a la presidencia autoritaria y lanzar con mejor efecto los dardos de la crítica. La situación terminó por irritar al “objeto de estudio”, que si bien por un lado le hizo objeto de deferencias, por otro alentó la publicación de críticas anónimas y bajas contra el crítico público.

Fue en esas condiciones que Cosío demandó un cubículo en El Colegio de México y un fluir hacia él de material de la Hemeroteca Nacional —en la Historia moderna la consulta de la prensa había sido fundamental—, para elaborar su análisis de la etapa final del régimen posrevolucionario mexicano. En 1972 apareció El sistema político mexicano, en 1974 El estilo personal de gobernar y en 1975 La sucesión presidencial La sucesión: desenlace y perspectivas. Se trató, a la vez, de un análisis de coyuntura y de un juicio severo de toda la posrevolución, aunque acojinado por un lenguaje de doble o triple intención. Fue ese un ejercicio de crítica que puso en el centro de la mira a un presidente todavía en pleno dominio de un poder autoritario. El riesgo era mucho, pero resultó superior el atractivo de la empresa: emplear el estudio del poder para demostrar a la clase política el poder del estudio.


Los cuatro pequeños libros de la editorial Joaquín Mortiz, donde Cosío Villegas plasmó su visión del sistema de poder nacido de la Revolución Mexicana y que alcanzó su madurez tras la Segunda Guerra Mundial e inició su descomposición en los años sesenta, no fueron muy bien recibidos por los “profesionales” del análisis político de la época, pero resultaron un éxito de librería. La izquierda, que dominaba el ámbito académico, no reconoció la utilidad ni la legitimidad de un enfoque liberal, que usaba un lenguaje comprensible y se centraba en la personalidad del presidente y sus colaboradores, en vez de poner el acento en los conceptos del marxismo y en la lucha de clases y las contradicciones insalvables del capitalismo mexicano. Por su parte, la politología estructural funcionalista tampoco gustó del lenguaje directo y casi sin aparato teórico, y por lo mismo no le concedió el valor que le dio entonces a, digamos, el análisis harvardiano de Roger D. Hansen y a otros similares provenientes de la academia extranjera. Sin embargo, el público ilustrado, el público ciudadano de clase media, leyó bien las obras porque, entre otras cosas, reflejaban sus preocupaciones y le resultaban comprensibles.
Si Cosío centró su análisis en la…

Si Cosío centró su análisis en la presidencia y el presidente fue porque no veía viable ni conveniente la ruta armada hacia el cambio. Tampoco observó signo alguno que le permitiera considerar a las urnas como clave del cambio. Así, sólo la reforma desde dentro y desde arriba parecía ofrecer alguna posibilidad, aunque remota, de salir del callejón histórico.
En el primer libro de la tetralogía, El sistema político mexicano, Cosío Villegas define muy a su estilo al sistema político posrevolucionario: “se trata de una Monarquía Absoluta Sexenal y Hereditaria por Línea Transversal”. El trasfondo de esa obra es el 68 y por ello plantea que el problema central de México era que desde hacía tiempo “la vida pública” no era pública. La cerrazón se había iniciado justamente a partir del nacimiento del PRI en 1928, pero después del cardenismo se había institucionalizado el “misterio” del tapadismo. A esas alturas, la política mexicana ya había dejado fuera de lo público a casi toda la sociedad, pues la naturaleza antidemocrática del sistema se había ido acentuando con el correr del tiempo.

Las estructuras o piezas centrales que explicaban y sostenían tanto la notable estabilidad como la cerrazón de la vida política en México eran sólo dos: la presidencia y el “partido oficial predominante”, es decir, el PRI. La presidencia era un poder sin contrapesos que determinaba el curso básico de la vida pública y el PRI era el instrumento eficaz pero sin independencia. En esa circunstancias, las posibilidades de poner límites al presidencialismo arbitrario eran pocas y todas antidemocráticas. Si los partidos, las organizaciones de masas o la “opinión pública” no podían ser contrapeso de la presidencia, resulta que a esa sólo la podían limitar, que no controlar, los grandes grupos de interés económico.
El PNR-PRM-PRI había nacido para evitar desgajamientos en la clase política y para que la lucha interna corriera por cauces pacíficos. El éxito fue incuestionable, pero la moneda tuvo otra cara: la incapacidad del partido de transformarse a la velocidad que la sociedad lo hacía y requería. Se trataba de un partido enorme pero sin programa ni ideología, totalmente dependiente del presidente y centrado en las misteriosas y premodernas prácticas del “tapadismo”. En consecuencia, el PRI ya no tenía atractivo para la mayoría de la sociedad, que al no poder participar en política tenía al sistema político en su conjunto como algo ajeno y cada vez se sentía más frustrada y desencantada con su situación y la del país.

Esa falta estructural de canales de participación política en un México estable pero antidemocrático había propiciado el desarrollo de una estructura social inequitativa en extremo. Y cerrazón e inmovilidad políticas e injusticia social combinaban mal con preservación de la libertad, la modernidad y la estabilidad. En el México de 1972, y a falta de mejores elementos, Cosío puso la esperanza de cambio constructivo no en factores estructurales —no vio ninguno—, sino en los muy endebles e inseguros factores personales: en la supuesta voluntad de cambio de un “presidente predicador”, es decir, de Echeverría, y de un CEN del PRI encabezado por un intelectual: Jesús Reyes Heroles. Si los personajes volvían a no estar a la altura de las circunstancias —el tema del ensayo de 1947—, el proceso político de México entraría en un callejón sin salida.

Si todavía en 1972 Cosío Villegas había considerado posible el cambio desde arriba y desde el centro, para 1974 esa posibilidad había desaparecido. En El estilo personal de gobernar, Cosío Villegas probó la certeza de lo advertido tres años antes por Robert Dahl: había una correlación entre el abuso de la palabra y la falta de acción decisiva: entre más se habla, menos se hace.8 Don Daniel contrastó a Echeverría —personaje “locuaz” y en monólogo perpetuo—9 con el presidente Cárdenas, un mandatario que casi no hablaba pero actuaba y con gran eficacia.
La tesis de El estilo personal de gobernar era clara: en un sistema presidencialista sin límites, los defectos personales del jefe del Ejecutivo se vuelven características del sistema mismo y se amplían y multiplican hasta afectar la vida misma de la sociedad. Cuando el autoritarismo hace que la patología del líder se transforme en la patología del gobierno, entonces se está hablando de un sistema político enfermo. Cosío Villegas ya no pudo ver cómo su hipótesis se comprobaría perfectamente en los casos de José López Portillo o de Carlos Salinas de Gortari, hasta llegar al cambio de régimen en 2000.

Para 1975 las fallas de la estructura política mexicana anunciadas en 1972 eran hechos comprobables, y el cambio desde dentro había resultado inviable. En La sucesión presidencial, y echando mano de las teorías dominantes y, sobre todo, de su propia y minuciosa reconstrucción de la historia reciente —el material básico se lo dieron las sucesiones presidenciales de 1940 y, en menor medida, las de 1946 y 1952—, Cosío concluyó que las características de la transmisión del mando en el sistema posrevolucionario —el “tapadismo”— las había establecido el presidente Cárdenas en 1940, cuando no pudo impedir la entrada al juego sucesorio de un actor no deseado —Juan Andrew Almazán— y se vio forzado a imponer su decisión mediante el fraude y la violencia. A partir de ese momento, cada nueva elección permitió al presidente ir afinando sus instrumentos de control al punto que, a partir de 1956, pudo ya neutralizar cualquier oposición significativa dentro y fuera del PRI. Desde entonces y hasta 1988 no se movería una hoja del árbol de la sucesión sin la voluntad presidencial, pero luego todo entraría en crisis.

Lo que Cosío Villegas puso en claro en su penúltimo libro fue cómo el “tapadismo” era el máximo proceso de manipulación política que, con el correr del tiempo, había perfeccionado los mecanismos de exclusión. En ese contexto, los intereses sociales organizados —campesinos, obreros y empresarios— sólo podían, en el mejor de los casos, intentar vetar candidatos y no más. El autoritarismo mexicano había logrado la perfección, pero a la larga le resultaría imposible mantener a la sociedad completamente fuera de un proceso fundamental de la toma de decisiones; el sistema se estaba volviendo, a la vez, más fuerte pero menos viable.

Meses más tarde salió la última parte de la tetralogía: La sucesión: desenlace y perspectivas. Ahí Cosío describió paso a paso el proceso mediante el cual Luis Echeverría controló el “destape” de “precandidatos” ficticios mientras se reservó para sí la decisión final. Con variantes, esta perversión de la democracia interna del partido oficial se volvería a repetir hasta agotarse. Cosío Villegas también explicó la necesidad ineludible de López Portillo de romper más temprano que tarde con quien le había entregado el poder, con Luis Echeverría. Como sabemos, la predicción resultó exacta, pero finalmente no resolvió ningún problema de fondo.
¿Cómo y qué concluir? Cosío Villegas fue un intelectual y un académico que cumplió de manera clara con las obligaciones que le imponían el papel que él eligió desempeñar. Eligió de entre los instrumentos a su alcance los que mejor le parecieron para desentrañar “el mal de su tiempo”: la ausencia en México de una vida pública digna de tal nombre debido a un presidencialismo sin contrapesos. Sin ser revolucionario pero sí fiel a su propia ética —una ética liberal—, asumió una actitud muy crítica frente a un sistema de poder que, como en el Porfiriato, volvía a violar sistemáticamente su propio marco legal y moral y, en el proceso, pervertía la totalidad de la vida pública mexicana.
Cosío Villegas pudo haber optado por refugiarse en sus tareas como administrador o como investigador del pasado para excusarse de tomar partido en el presente. No lo hizo. Si bien no buscó el choque frontal con el poder, cuando lo juzgó adecuado no dudó en poner bajo el lente de la crítica a un presidencialismo perverso que si bien ya tenía su legitimidad mermada, aún mantenía un enorme poder. Un poder que hubiera destruido, si se lo hubiera propuesto, a personajes con mucho más recursos que los que tenía don Daniel. Pese a todo, Cosío Villegas tomó el riesgo y entonces, como hoy, se lo agradecemos. La figura objeto de su crítica, Luis Echeverría, pierde peso con el paso del tiempo y a la de Cosío Villegas le sucede lo opuesto. A un cuarto de siglo de la muerte de Cosío Villegas, se puede discutir si sus análisis fueron los mejores sobre la realidad de su época —personalmente los considero certeros en la identificación del “mal de su tiempo”—, pero no creo que nadie discuta el valor del ejemplo. –