Revista Cambio

Un poco de la vida del gran argentino Albert Camus

Albert Camus

Albert Camus es el argentino que sacudió al mundo artístico y literario de París, al ser todo un genio al lograr convertirse en un autor insoslayable del siglo XX, además de su batalla de intelectos con Sartre, a través de los rígidos dogmas políticos de la época, lo podemos recordar por su frase de: “Lo que más sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

 

Albert Camus

Para comprender su forma de pensar y sus palabras, es necesario recurrir a frases como: “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Un manejador del Empirismo puro, nació dentro de una familia de colonos franceses, sus padres fueron Lucien Camus y Catalina Elena Sintes, agricultores.

 

Para entender mejor la profundidad de esas palabras (para muchos, un enigma o una exageración), es necesario recurrir al párrafo que las completó: “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida; sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre derecha”.

 

Su padre participó en la primera guerra mundial al ser reclutado y herido en batalla del Marne, lo que le causó la muerte el 17 de octubre de 1914 en el hospital de Saint-Brieuc. Albert Camus creció en los barrios pobres de Argel, a través de sus profesores tiene el primer contacto con la filosofía de Friedrich Nietzsche, se gradúa en Filosofía y Letras, con su tesis de “Relación del pensamiento clásico griego y el cristianismo a partir de los escritos de Plotino y San Agustín”.

 

Al no poder ser profesor por tener tuberculosis muy avanzada, busca trabajar en el campo de periodismo, después se contrae matrimonio con Simone Hié en 1934. pero no dura mucho a causa de mutuas infidelidades. Hié es la primera de sus diez mujeres entre ese año y 1960. Entre ellas, la gran actriz María Casares. Con Francine, segunda de la lista, tiene a sus hijos Catherine y Jean.

 

Albert

Albert Camus, premio Nobel de Literatura 1957, dejó, más que una obra, un colosal legado en cantidad y contenido. Cantidad casi imposible para una vida arrancada demasiado pronto: el 4 de enero de 1960, a sus 46 años, al volante del auto Facel-Vega prestado por el editor Michel Gallimard, se estrelló contra un árbol. Pero quedaron, para iluminar el mundo, además de sus novelas y cuentos, cinco piezas teatrales (Calígula y El malentendido, imprescindibles), veintiocho ensayos (El mito de Sísifo, obligatorio), dieciocho prólogos (entre ellos, a obras de William Faulkner, Oscar Wilde, Herman Melville), e infinitos artículos periodísticos.

 

Pero es imposible hablar de Camus sin hablar de Sartre, quien creó una gran influencia en sus relatos,  por el anarquismo y juzgado muchas veces como nihilista, jamás dejó de defender la libertad y la justicia, y declaró en una entrevista de Le Monde algo sorprendente: “No creo en Dios, es cierto. Sin embargo, no soy ateo (como sí lo fue Sartre). Incluso me siento inclinado, con Benjamin Constant (filósofo, escritor y político suizo), a ver en la irreligión algo vulgar y deteriorado”.

Tal vez lo más claro respecto del sentimiento del absurdo lo dejó escrito en un ensayo ad hoc: “Los líderes religiosos y los creadores de sistemas y visiones del mundo metafísicos han tratado de saciar la necesidad de buscar un significado del mundo, de la vida humana, de la historia. Pero sus interpretaciones del mundo no se sostienen ante la crítica. El mundo se revela, para un ser humano sensible, sin ningún propósito o significado. El mundo no es racional. De ahí surge el sentimiento del absurdo: surge de la confrontación entre la búsqueda del ser humano y el silencio irracional del mundo, su indiferencia inamovible y absoluta”.

 

Bernard-Henry Lévy, en un artículo dedicado al medio siglo de la muerte de Camus, resalta una frase conmovedora: “Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante”. Hace 58 años que no está en este mundo que juzgó irracional, absurdo, indiferente. Pero lejos de suicidarse, luchó, pensó y escribió hasta lo imposible: darle un sentido.