Revista Cambio

A un año de la oscuridad

Por Lucía Burbano/París, Francia

 

Tras haber estado apagadas durante 364 noches, las luces del escenario de la sala Bataclan volvieron a encenderse el 12 de noviembre. De forma intencionada o no, la voz que puso fin a un año de silencio fue la de un británico, Sting. Elección que representa un canto a la unidad en estos tiempos de desmembramiento europeo y de alzamiento de fronteras. Este grito se escuchará aún más alto la noche del 25, cuando su compatriota Marianne Faithfull interprete por primera vez “They Come at Night”, canción que compuso en memoria de las víctimas y supervivientes de la trágica noche del 13 de noviembre de 2015 que marcó la vida de los parisinos.

Hace un año que tres terroristas del Estado Islámico irrumpieron en el concierto de Eagles of Death Metal para acabar con 89 vidas, y sumir en la zozobra a una ciudad acostumbrada a disfrutar del lado más bohemio y hedonista de la vida. Los valores más elementales de la Francia multicultural se pusieron en jaque, así como el día a día de los más de dos millones de personas que viven en la capital francesa.

Cuatro parisinos comparten sus recuerdos y su presente con la certeza de que tras la muerte y el duelo, nace la vida.

 

LOS RECUERDOS

Tal y como hacen millones de personas, un viernes por la noche, Justine Martin, nacida en París hace 26 años, se tomaba unos tragos en un bar del centro de la ciudad. De repente, llegó el sonido de los disparos. Por precaución y ante la incertidumbre, el barman decidió cerrar la persiana metálica para proteger a la clientela. Martin, periodista de Vice, recibió entonces una llamada de su jefe para ver si podía acercarse al lugar de los hechos y relatar lo que ocurría.

Dos horas después se reencontró con su cámara y ambos se dirigieron a la sala Bataclan para toparse de golpe con el horror. Relata que a pesar de la tensión, la fuerte presencia policial y el desfile de heridos y supervivientes se respiraba “un extraño silencio” en el ambiente. La falta de información y el estado de shock general distorsionaron por completo su concepto de tiempo y realidad. El lugar es familiar para ella. Martin ha cruzado el Boulevard Voltaire millones de veces y su mejor amiga vive enfrente del Bataclan, sala donde ha bailado hasta bien entrada la madrugada más de una vez.

Buscaba reconfortarse y reconfortar, por lo que compartió palabras y cigarrillos con testigos y con otros periodistas franceses, dejó que expresaran sus sentimientos delante de la cámara, solo si así deseaban hacerlo.

“Era una realidad para la que no estaba preparada, pero aun así no hubiera querido estar en ningún otro lugar. Necesitaba sentir lo que le estaba pasando a mi ciudad y a mis conciudadanos, que se convirtieron en mis amigos durante aquellas horas”, explica.

La Pharmacie es un típico bistrot parisino situado en el distrito once, a 650 metros de la sala Bataclan. Nicolas Euvrard era el encargado hace un año y explica que los atentados contra la revista satírica Charlie Hedbo ocurridos en enero de 2015 asestaron el primer golpe al negocio que los terroristas del Bataclan acabaron casi por rematar. Los números del restaurante bajaron drásticamente en 2015 y dice que había noches en las que no entraba ni un alma.

Aunque él no estaba de servicio aquel viernes, los tiroteos se sintieron en el restaurante y dejaron marcas imborrables: “Tengo compañeros que perdieron a personas queridas o que estuvieron demasiado afectados para trabajar”, explica.

Ocho kilómetros al este, en el suburbio de Montreuil, Vanessa Lamy se encuentra en casa con su hijo de cinco meses. Su pareja, François Pierron, contrabajista, tocaba en un concierto fuera de París. Lamy se enteró del atentado a través de redes sociales y rápidamente empezó a contactar con todos sus amigos para verificar que se encontraban bien. “Esa noche no dormí mas de dos horas”, recuerda. La mañana siguiente, mientras miraba las noticias por televisión, las cámaras mostraron su edificio.

“Primero no entendí por qué mostraban esas imágenes”, relata. “Pregunté a mis vecinos y poco después nos enteramos que al coche que llevó a los terroristas hasta el Bataclan lo encontraron aparcado en nuestra calle”, relata. Lamy, que es profesora de educación infantil, vive en una antigua mezquita reconvertida en departamentos.

 

LAS HUELLAS

Lamy tiene 33 años, es de Auvergne y trabaja en una escuela en Romainville, un área en la que conviven hipsters con inmigrantes africanos que provienen del norte y de la región subsahariana. El primer día de clase tras los atentados, sus alumnos, que tienen entre tres y seis años, estaban confundidos por las imágenes que habían visto en la televisión. Su escuela ya vivió de cerca el terrorismo, pues el tío de uno de sus alumnos fue retenido por los hermanos Kouachi en la fábrica en la que se escondieron tras atentar contra la revista Charlie Hebdo. Aquella vez tuvieron que cancelar una salida al cine planeada para el día siguiente.

Tras aquel 13 de noviembre, la escuela activó el plan de seguridad nacional conocido como Plan Vigipirate, que no permite, entre otras medidas, que los alumnos tomen el transporte público en horario escolar durante un año entero. Desde que comenzó el nuevo curso en agosto, la escuela elabora un plan de emergencia en caso de producirse un ataque terrorista. La juventud de sus alumnos hace que tenga que ejecutarlo como si fuera un juego en el que ganan aquellos que encuentren refugio rápidamente y de forma calmada.

Yvan Etienne, bretón de 45 años, vive en la capital desde hace 23 años. Trabaja como guía turístico, uno de los sectores más afectados semanas y meses después. Esa noche preparaba una nueva forma de explicar a los grupos de turistas la historia y arquitectura de la catedral de Notre Dame.

“Antes del atentado mi agenda de trabajo estaba completa con ocho semanas de antelación. De la noche a la mañana no tuve trabajo hasta marzo del año siguiente”, lamenta. Etienne trabaja para una organización nacional que gestiona cientos de edificios en Francia, habitualmente con grupos de estudiantes formados por entre veinte y cuarenta personas.

Dice que los turistas no le transmiten inseguridad, pero comparte un dato que dice que el 80 % de las reservas se canceló inmediatamente después de que los atentados ocurrieron. Meses después todavía cayeron 30 %. El pasado septiembre, mientras se encontraba con un grupo de holandeses en la cima de la catedral de Notre Dame, hubo un aviso de bomba. “Aunque les transmití la noticia de forma calmada y les dije que habitualmente se trataba de una falsa alarma, algunos estudiantes comenzaron a llorar y se pusieron muy nerviosos”, recuerda.

 

EL DÍA A DÍA

El ambiente de la ciudad mutó y los parisinos andaban por la calle más aprisa, intercambiando miradas de desconfianza o de solidaridad. Los lugares concurridos y el transporte público provocaban aprehensión entre los ciudadanos, según recuerda Euvrard. Esta sensación duró varios días. “Con el paso del tiempo, la gente volvió a salir, a socializar, es imposible borrar nuestro estilo de vida en una noche”, dice Martin.

“Todos hemos regresado a la rutina, las terrazas de los cafés vuelven a estar llenas, como si fueran un símbolo de nuestra resistencia. Pero todavía se palpan las cicatrices”, comparte Euvrard.

Los parisinos se han acostumbrado a vivir entre más policías y militares, más numerosos en lugares emblemáticos y transporte público, algo que, se queja Euvrard, transmite la sensación de que el Estado está más preocupado por proteger bienes e infraestructuras que al ciudadano.

 

LOS VALORES DE UNA NACIÓN

El país galo abrazó los lemas de libertad, igualdad y fraternidad allá por la Revolución Francesa, pero es de menester preguntar si siguen vigentes. “No se han ejercido jamás”, opina Lamy, que considera que estos términos son una “utopía”.

“Hemos cambiado la libertad por el estado de urgencia, la fraternidad por los ataques hacia aquellos que son diferentes, y sobre la igualdad… esta nunca existió”, manifiesta Martin. Etienne se muestra en desacuerdo y cree que esta herencia de una de las épocas intelectualmente más importantes de Francia cobra más valor que nunca. “Hay que redescubrirlas, deben servir de base ante las diferencias ideológicas o religiosas”.

Tras el atentado, parte de los franceses demandó más seguridad, más control y reforzar más las fronteras. La otra parte quería más cohesión social, más educación y menos represión. “No hay que olvidar que los terroristas nacieron y crecieron en Francia, la solución es encontrar el sistema para que se integren mejor en nuestro país”, recuerda Martin.

 

NO A LA GUERRA

La reacción del gobierno de Hollande de atacar bases del Estado Islámico en Siria e Irak no es compartida por la mayoría de sus compatriotas. Martin, Lamy y Etienne dicen que entre los parisinos persiste la sensación de buscar la paz y no la venganza en forma de guerra contra el terror o el vecino.

Euvrard reacciona distinto. Él sí muestra rencor hacia aquellos que acabaron con tantas vidas, tal vez porque cada vez que recorre el trayecto que va de su casa al trabajo pasa delante del memorial de flores y velas apiladas que los parisinos colocaron un año atrás en las inmediaciones del Bataclan.

“Estoy convencida de que para luchar contra cualquier forma de comunitarismo debemos hacerlo unidos”, afirma Lamy. La mayoría de los alumnos de su escuela ha crecido con la noción de que es Dios quien decide nuestro destino, que nos observa y que debemos creer en él.

“Yo les digo que yo no creo en Dios y que hay que respetar a creyentes y agnósticos porque al fin y al cabo lo fundamental es que nos conozcamos más entre nosotros para intentar tener una vida más feliz”, concluye.