Revista Cambio

Aprende a educar

POR CARLOS TOMASINI

“Estamos en los últimos lugares de educación del mundo”, “Deberíamos ser como en Finlandia” y otras frases parecidas abundan en los comentarios de las redes sociales cuando se toca el tema del sistema educativo en México.

Los números demuestran que el sistema educativo mexicano es uno de los más grandes y complejos del mundo, por lo cual compararlo con sistemas líderes en el mundo, como el de Singapur o el de Finlandia, en donde la población total ronda los 5 millones de habitantes en cada nación, resulta un tanto ocioso pues no se pueden contrastar peras con manzanas.

Entonces, aun con semejante diferencia cuantitativa, ¿podría mejorar la educación en México si se adoptan las mejores prácticas de otros países? Quizá, pero tomando conciencia de que el planteamiento debe ir mucho más allá de una simple adecuación de los modelos exitosos. Demos un rápido vistazo.

EU: contenido y método

Durante años, en México se nos ha hecho creer que llevando más computadoras a las aulas se logrará mejorar la educación. Sin embargo, en 2015, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicó el informe Estudiantes, computadoras y aprendizaje: haciendo la conexión el cual reveló que aquellos países que habían hecho grandes inversiones en tecnología para el sector educativo no habían visto una mejora representativa en el rendimiento de sus jóvenes en las pruebas de lectura, ciencias y matemáticas.

Por ejemplo, en México se utilizan más las computadoras a fin de enseñar Matemáticas que en el promedio de los países de la OCDE; pero los estudiantes que afirmaron usarlas con frecuencia en clase alcanzaron resultados más bajos que los que dijeron no utilizarlas.

Y esto no es nuevo. En 2006 viajé a Filadelfia para conocer la “Escuela del Futuro”, un proyecto educativo que impulsaba Microsoft en cooperación con diversas instituciones públicas.

Que lo impulsara una empresa de tecnología, que estuviera en Estados Unidos y el nombre que le dieron, me hicieron pensar que llegaría a un sitio rodeado de computadoras, chips, Internet o hasta robots (como en película de El Santo, pues) dentro de un espacio parecido al campus de cualquier prestigiada universidad del mundo.

Sin embargo no fue así. Al llegar a esta escuela —rodeada de barrios marginados– no vi un solo dispositivo electrónico que me transportara a ese “futuro” que yo había imaginado.

Para los diseñadores de este proyecto educativo, el “futuro” estaba en un diseño arquitectónico en el cual los salones de clases invitaban a la colaboración y al trabajo en equipo (no tenían las bancas de un lado y el pizarrón al frente); el toque futurista también estaba en los planes de estudio, donde las materias que se impartían eran diferentes a las tradicionales, ya que fusionaban varias disciplinas mientras que el desempeño de las y los estudiantes era evaluado con proyectos y no con exámenes. En resumen: los contenidos y los métodos de aprendizaje eran más importantes que la tecnología.

Y es que la Escuela del Futuro pensó primero en un replanteamiento de los planes de estudio y las necesidades tanto de estudiantes como del profesorado, para después identificar cuáles serían las soluciones tecnológicas que se podían integrar, aunque sí, a todos los estudiantes les entregaron una laptop —todavía no existían las tablets—, que sustituía a libros y cuadernos.

A pesar de lo bien que suena, no todo resultó perfecto. Ha pasado una década desde entonces y ese proyecto tan innovador en el pasado, actualmente atraviesa una etapa difícil. Lo primero que enfrentó fueron importantes recortes de presupuesto que le han impedido enfrentar el crecimiento de la matrícula. Por otro lado, los materiales diseñados ya no eran compatibles con los siguientes niveles en el sistema educativo. Por si fuera poco, las evaluaciones generales de los alumnos del plantel no fueron las mejores del estado.

A principios de 2017, en una entrevista con el diario USA Today, la directora de la Escuela del Futuro, Rosalind Chivis, describió a este proyecto como “tratar de construir un avión mientras volaba”, por lo cual tuvieron que ajustar procesos y ahora corrigen un poco el rumbo manteniéndolo en niveles todavía aceptables, mas no óptimos.

¿Qué pasaba en México en 2006? Se presumían programas como Enciclomedia, que consistía en equipar todas las aulas del país con una computadora y una pizarra electrónica. Nunca obtuvo los resultados anunciados y, con el tiempo, se descuidó y fusionó con otros proyectos. Murió porque, comparado con la Escuela del Futuro, no tenía un buen diseño detrás, en lo referente a planes de estudio y metodologías de enseñanza-aprendizaje.

La habilidad de Singapur

No obstante sí hay ejemplos en los que pensar en el futuro y enseñar tecnología parecen funcionar bien.

El Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por su siglas en inglés) es una evaluación que hace la OCDE; se aplica con el objetivo de medir si los alumnos que están a punto de terminar la educación básica han adquirido o no los conocimientos y habilidades necesarios para concluir ese nivel educativo que, en México, equivale al tercer año de secundaria.

En la última edición, participaron 72 países, 35 de ellos miembros de la OCDE (como México) y la evaluación se aplicó a un total de 540 000 estudiantes, una muestra que busca representar a los 29 millones de jóvenes que cursan dicho grado en todos los países participantes.

El promedio de México en PISA fue uno de los más bajos de la OCDE, con resultados similares a los de Colombia y Costa Rica, y por debajo de España, Chile y Uruguay.

El país que encabeza la evaluación de PISA es Singapur, una nación de 5 000 000 de habitantes y sin muchos recursos naturales explotables, por lo que, a mediados de la década de los 90, decidió que la “materia prima” para su desarrollo sería el talento de sus habitantes.

Así, entre otras estrategias, creó su propio modelo de “escuela del futuro”, que consiste en enseñar a niñas y niños habilidades tecnológicas desde el nivel preescolar, para que a los 11 años ya puedan, por ejemplo, diseñar un videojuego. Estas habilidades tecnológicas están inmersas en un sistema educativo basado en el desarrollo de aptitudes, el cual adapta los planes de estudio a las necesidades e intereses de cada niño, enfocándose en competencias como el trabajo en equipo, la resolución de problemas y el liderazgo.

Algo también importante: las y los profesores perciben salarios similares a los de cualquier otro profesional (por ejemplo, un arquitecto) y la educación bilingüe desde los niveles básicos es obligatoria. Además, actividades como las artes, la música o los deportes son elegidas por niñas y niños desde temprana edad a fin de identificar los talentos de cada uno de ellos.

Al finalizar la primaria, los estudiantes realizan una prueba para determinar el nivel de competencias que adquirieron; así, se sabrá a qué nivel avanzan, ya sea una secundaria especial, normal o técnica. Aunque todos pueden aspirar a la universidad, este proceso ayuda a identificar quiénes tienen mayores aptitudes para alcanzar ese nivel educativo.

No todo es miel sobre hojuelas, pues la exigencia hace que niñas y niños de familias con poder adquisitivo cursen materias extracurriculares. A pesar de que en este país se busca que los méritos académicos definan la capacidad de los estudiantes, esta alta exigencia académica provoca un estrés importante en las y los alumnos, además de enfatizar las desigualdades sociales.

Y justo este factor, la desigualdad social, es uno de los problemas que más se repite en la educación de todos los países. Por ejemplo, en Estados Unidos, el lugar geográfico en el que se encuentre la escuela y si esta es privada o pública, son factores que inciden en la preparación de las y los pequeños, y en sus aspiraciones para seguir una carrera profesional.

En México, la desigualdad social se refleja en temas como la deserción escolar. El primer y segundo año de la preparatoria presentan el mayor grado de abandono, principalmente por falta de recursos económicos, revelan datos de la organización International Youth Foundation.

Finlandia ejemplar
Uno de los países que durante años ha sido referencia obligada en educación ha sido Finlandia. Sin tareas en casa, con pocas horas de clase, preparando profesores de calidad, empezando la primaria a los siete años y utilizando libros de texto acordes al lugar en el que viven, en este país todas las escuelas son públicas y todas tienen el mismo nivel, además de que en ellas conviven niños de diferentes clases sociales.

El Gobierno está obligado a transportar a los alumnos que vivan a más de cinco kilómetros de la escuela, no se aplican exámenes y no hay calificaciones hasta el quinto grado; antes de ese nivel, se realizan evaluaciones descriptivas del avance de los alumnos, las cuales son entregadas a los padres de familia, quienes tienen un contacto permanente con la escuela.

Asimismo, es casi mítico su modelo en el que se detectan las habilidades de los estudiantes a fin de encauzarlos al área para la cual tienen más talentos. Aunque en los últimos años tuvo un retroceso en las evaluaciones mundiales, esta nación poco a poco recupera terreno.

Noruega sin presiones

¿Qué pasa cuando un mexicano se incorpora a un sistema educativo como este? Otro país de características similares a Finlandia es Noruega, en donde todos los niños tienen el derecho y obligación de terminar la educación básica, la cual abarca hasta los 16 años. Las escuelas son gratuitas y sólo hay un par de opciones privadas para gente de muy alto poder adquisitivo.

La mexicana Carmen Pacheco emigró a Noruega cuando sus dos hijos estaban en edad preescolar, y la primera diferencia que notó fue que en ese país los niños empezaban a desarrollar capacidades, como leer, a una edad mayor que los estudiantes en México.

“Llegaron a la primaria sin saber escribir su nombre, ni leer, ni matemáticas, y la transferencia del kínder a la primaria es muy sutil porque acá no les gustan los cambios drásticos, así que los primeros meses parecía que seguían en el kínder. Yo veía videos de niños en México de la misma edad que ya leían libros y hablaban inglés, mientras que a mi hijo le costó un año aprender a escribir”, describe la egresada de la Universidad Iberoamericana.

“Lo que te ‘venden’ aquí es que dejes a los niños ser niños, y que cuando lleguen a la adolescencia se nivelarán”.

Carmen describe que en las escuelas públicas noruegas nunca se presiona a los niños y sólo se utiliza un libro de texto que otorga el Gobierno; sin embargo, en los estudiantes de las dos escuelas privadas noruegas, como en la que ella trabaja, sí se notan diferencias, como el dominio de idiomas y la resolución de problemas tecnológicos.

“En Noruega la gente puede ser mediocre porque son pocos y son ricos”, subraya. “En México pagamos por una buena educación, y en Noruega es gratis para todos, además de que todas las escuelas son iguales”.

Esto último es otro contraste para ella, pues siente que eso le impide decidir qué clase de educación quiere para sus hijos, quienes asisten a la escuela de 8:30 a 13:00 horas.

Cuba: peras y manzanas

El problema de comparar la educación de México con la de grandes potencias económicas es que está muy por debajo de ellas; no obstante, cuando se analiza frente a las de América Latina, parece que no se ve tan mal. ¿Eso es bueno o malo?

Diego Juárez Bolaños, académico de tiempo completo del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación de la Universidad Iberoamericana reitera que no es parejo compararnos con toda Europa, Canadá, Estados Unidos, Corea, Japón, Australia o Nueva Zelanda. Por eso, es mejor analizar los resultados de SERCE, un estudio realizado por la UNESCO que evalúa el aprendizaje en Matemáticas, lectura, escritura y Ciencias Naturales de 100 752 estudiantes de tercer grado y 95 288 de sexto grado que viven en 16 países de América Latina y el Caribe (por cierto, al estado de Nuevo León lo evalúa aparte).

Ahí, sólo Cuba, Uruguay, Chile y Costa Rica superan a México que, a su vez, está por encima de otras potencias de la zona, como Argentina. Para Juárez Bolaños, la ventaja de los países mejor calificados consiste en que sus sistemas educativos son pequeños, ya que no rebasan los 2 millones de estudiantes.

Sin embargo, el experto en educación destaca el caso cubano: “Es un país más pobre que nosotros pero, durante 50 años, ha invertido 10 % de su producto interno bruto en educación; mientras que en México no llegamos ni a 5 %. La educación en Cuba es una política de Estado, es lo más importante para ese país junto con la salud, y con eso han alcanzado una enorme equidad educativa, algo en lo que en México estamos muy lejanos”.

El investigador subraya que, en Cuba, independientemente de dónde se viva, los niños tienen garantizado el acceso a la educación, la cual también es de calidad.

“En México, no es que todo el sistema educativo sea malo, pero los maestros, las instalaciones y los planes educativos son disparejos”, apunta. “Nuestro principal problema es la equidad. En las zonas pobres o indígenas se oferta una peor educación que en las zonas más prósperas”.

Juárez Bolaños sentencia que mientras en México no se invierta en la educación y se termine con las diferencias sociales, no se podrá avanzar en este tema.

Los nuevos modelos

Lo cierto es que el mundo avanza tan rápido, que la educación ya no se adquiere solamente en la escuela.

Salman Khan, Sal, subió sus clases de Matemáticas a YouTube en 2004, las cuales, inicialmente, había grabado para un familiar; sin embargo, rápidamente se popularizaron entre los usuarios y, sin querer, se convirtió en un pionero de la educación virtual gratuita.

Hoy, tiene la organización Khan Academy, la cual genera contenidos (10 000 videos, 3 000 artículos y 50 000 ejercicios) de Matemáticas, Economía, Historia, Biología y otras disciplinas que están traducidos en 36 idiomas y que cada año son consumidos por más de 100 millones de personas.

“Hoy, el conocimiento está colgado en el aire”, describe Julieta Manzano, directora de Nuevos Negocios de Mercer, empresa de consultoría en capital humano.

La especialista menciona que en la actualidad los jóvenes saben encontrar lo que buscan con las herramientas tecnológicas, y su objetivo no es solamente llenarse la cabeza de conocimientos.

“Es una generación sumamente inteligente, que domina el uso de la tecnología y que se ha preparado de manera distinta a como lo hicieron otras generaciones, quienes aprendieron con mucho más repeticiones, más memoria y, literal, cuando perdían el cuaderno lo perdían todo”, expone.

Mientras más avancen los modelos educativos y la tecnología impulse nuevas herramientas que puedan servir para el aprendizaje, crecerá más la brecha entre los países rezagados y los que le apuestan a la educación. ¿En dónde nos gustaría ver a México?