Revista Cambio

El presidente, el usurero y el monarca

POR SALVADOR CASANOVA

Nicholas P. Trist fue un virginiano de la más pura cepa. Era abogado, diplomático, esclavista, rico, y esposo de la nieta de Jefferson, uno de los Founding Fathers (Padres de la Patria norteamericanos). Además representaba al gobierno americano en México y su opinión en cuanto a los mexicanos era: “Solo se puede negociar con ellos cuando están conquistados y vencidos”.

Su percepción no carecía de fundamento. Don Nicolás llevaba años tratando de adquirir el territorio de Texas, y los mexicanos llevaban esos mismos años dándole la vuelta a don Nico por la elemental razón de que a pesar de necesitar el dinero, los gobernantes no querían vender a ningún precio.

Para 1836 Texas era una república independiente. Se había separado de México mediante los tratados de Velasco. Al poco tiempo de ser independiente, el congreso texano pidió que Texas se convirtiera en un estado más de la Unión de Estados Americanos; por lo que finalmente el deseo de los yanquis estaba cumplido. Solo había un pequeño inconveniente: que los mexicanos no aceptaban que el Río Bravo fuera el límite de la frontera México-americana.
Por ello Trist convenció al congreso americano de que declarara la guerra a México en 1846. Guerra que la historia oficial de ambos países cuenta a su modo, sin referir las bajezas en que incurrieron ambos lados.

La invasión presentó dificultades. Los norteamericanos tuvieron escaramuzas desafortunadas con el ejército mexicano. Cuando se enteró de esto el general Santa Anna, que estaba exiliado en Cuba por malos manejos, discurrió un plan para regresar a México. Este consistía en ofrecer a los americanos una estrategia para invadirnos a cambio de que lo repusieran en el poder y le dieran un dinerito.

Los americanos aceptaron, la estrategia de Santa Anna resultó exitosa y al poco tiempo el gobierno mexicano lo llamó para que se encargara de la defensa contra los yanquis. Nadie supo del acuerdo aunque este queda en evidencia cuando se lee la carta que el Comodoro Cooner, jefe del ejército invasor en la plaza de Veracruz, mandó al secretario de guerra, George Bancroft, el 16 de agosto: “Le he permitido entrar (a Santa Anna) sin molestias y sin siquiera ponerme al habla con el barco. Es ya casi seguro que todo el país –esto es, las guarniciones de todas las ciudades y fortalezas– se han declarado a su favor. Pero a menos que haya aprendido algo útil en la adversidad, y se haya convertido en otro hombre, lo único que hará es aumentar el desorden del país, y será echado del poder en menos de tres meses”.

Es decir: Cooner cumplía las órdenes del secretario de guerra al dejar pasar a Santa Anna. Más adelante el periódico New York Herald publicaba la noticia de que había un trato secreto entre Santa Anna y el gobierno de los EUA. El colmo de la infamia.

De modo que en esa guerra teníamos al enemigo afuera y adentro. Afuera al ejército norteamericano, adentro, nada menos que al entonces presidente, Antonio López de Santa Anna.

Por eso fue que, conforme el ejército americano avanzaba, nuestros soldados se replegaron antes de que el enemigo estuviera a la vista. Con el enemigo dentro, México perdió la alta California y Nuevo México además de Texas. Más de la mitad del territorio pasó a manos de los norteamericanos al firmarse los “Tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848” y restablecerse la paz.

Si lo vemos fríamente, la pérdida de esos territorios se daría antes o después, ya que fuimos incapaces, por un lado, de poblarlos –ni los mexicanos, ni los españoles querían irse de las latitudes tropicales a esas tierras inhóspitas– y defenderlos, pues no había fondos suficientes para instalar fuertes o pagar ejércitos que defendieran las fronteras; y por el otro, de hacer una negociación que nos permitiera enajenarlos con el mínimo decoro.

Después de firmados los tratados de Guadalupe, el desorden nacional puso, en 11 años, a nueve personajes distintos en la silla presidencial. El último de estos: Ignacio Comonfort –su encargado de la cartera de Gobernación fue Benito Pablo Juárez García. Comonfort fue derrocado y dimitió. Automáticamente quedó en su lugar como presidente Benito Juárez. Al mismo tiempo Félix María Zuloaga fue declarado presidente por los conservadores. De nuevo se abrieron las posibilidades para los yanquis pues había dos gobiernos, el legal y el usurpador. Ambos buscaban el reconocimiento de la comunidad internacional y, fieles a la tradición, ninguno tenía dinero.

Juárez buscó el apoyo político y económico de los americanos. Zuloaga, escamado por el hecho de que en 25 años de independencia nuestros vecinos nos habían quitado más de la mitad del territorio, buscó el apoyo de Europa. El presidente norteamericano, James Buchanan, guardó sus cartas para ganar tiempo. Sabía que lo más conveniente era apoyar a Juárez; pues si Zuloaga conseguía el apoyo europeo, sería reacio a darle más concesiones; pero también sabía que el tiempo estaba a su favor y conforme transcurriera, Juárez estaría más necesitado y le daría mayores ventajas.

Buchanan dijo que su afecto y su simpatía estaban con el gobierno de Juárez; mas para reconocerlo era menester satisfacer algunas condiciones. Luego mandó a Robert Milligan Mc Lane a negociarlas. Por Juárez negoció don José Telésforo Juan Nepomuceno Melchor de la Santísima Trinidad Ocampo Tapia, a quien la historia conoce como Melchor Ocampo.

Algunas de las condiciones que Mc Lane puso para reconocer al gobierno juarista, sobre todo para darle dinero, eran oprobiosas pues pedían la cesión de la Baja California; conceder a los norteamericanos derechos de tránsito del Río Grande al Golfo de California y por el Istmo de Tehuantepec; destinar a los bonos pendientes una parte del dinero que por la venta y las concesiones llegara a pagarse y, por último, destinar otra parte del mismo dinero a cubrir las reclamaciones de los ciudadanos norteamericanos.

Ahora querían la Baja California y el derecho de tránsito, a placer, por el norte de México, y por el Istmo; deseaban tener, como siempre, ventajas sin comprometer nada a cambio. Ocampo no accedió en las dos primeras cláusulas. En las demás negoció.

La necesidad hizo que el gobierno de Juárez cediera lo que no debía ceder. El tratado se firmó el 14 de diciembre de 1859. Sin embargo, en los momentos más oscuros, la suerte le guiñaba un ojo a Juárez . El Senado yanqui no ratificó el Tratado Mc Lane Ocampo, pues temía que pudiera favorecer a los estados del sur con los cuales había un conflicto, el cual se convirtió en guerra civil en abril de 1861.

Durante cuatro años, los norteamericanos estuvieron ocupados en los conflictos internos. Esto debilitó su posición en México, pero no dejaron de estar con un ojo al gato y otro al garabato.

Juárez, sin dinero, suspendió los pagos de la deuda externa. España, Inglaterra y Francia mandaron a sus ejércitos para cobrar. En el momento decisivo Inglaterra y España retiraron sus tropas. Napoleón III, en cambio, decidió invadir y conquistar a México para establecer un gobierno favorable a los intereses franceses que sirviera de contrapeso al coloso del norte.

Era el año de 1862 y Napoleón aprovechaba la guerra de secesión para establecer una posición en México. En Washington se prendieron las alarmas. El México miserable e incapaz de defenderse podía dejar de ser su mina de oro para convertirse en la mina de oro de los franceses. La situación, ahora, era de emergencia, de modo que comenzaron a mandar armas y refuerzos a los mexicanos. El escritor Armando Fuentes Aguirre da cuenta de ello en su libro La roca y el ensueño: “En la Batalla de San Antonio los liberales mandados por los jefes Canales, Pavón y Carbajal, asombraron a sus enemigos conservadores al mandarles por delante a un contingente de 200 soldados norteamericanos todos negros, bien uniformados y mejor armados”.

Esta vez los yanquis no querían queso, sino sacarnos de la ratonera ajena y para lograrlo mandaron a su ejército para ponerse a las órdenes de los generales liberales y expulsar a los franceses. La suerte de nuevo le hacía un guiño a Juárez y ante la emergencia los norteamericanos reconocieron a su gobierno, dieron un adelanto y mandaron armas y pertrechos.

En 1864 Napoleón III puso a Maximiliano de Habsburgo, un príncipe europeo, como emperador de México. En 1865 se terminó la Guerra de Secesión. Ahora sí ejército, armas, pertrechos y lo que hiciera falta se pusieron a disposición del ejército juarista para sacar de México a Maximiliano.

Al respecto Fuentes Aguirre dice que “(…) los norteamericanos no querían a Maximiliano porque encabezaba una monarquía europea en aquella ‘América para los americanos’. Ambos, Juárez y el gobierno de Washington se unieron para combatir al imperio”.

El enemigo europeo, de pronto, convirtió a los gringos en amigos nuestros. Con su apoyo Juárez triunfó, fusiló a Maximiliano y tomó el poder.

Los yanquis recuperaron el dominio sobre su vecino, y nosotros seguimos en la quiebra de siempre, sin una soberanía real y sometidos al acreedor gringo. Se dice que el momento más oscuro es cuando empieza a amanecer y quizá ahí comenzó el amanecer de México: una aurora en la que los yanquis habían de mostrar la argamasa de la que están hechos. Pero de este episodio nos ocuparemos en la próxima entrega.