Revista Cambio

El pueblo ignorado tras el sismo

TEXTOS Y FOTOS ROGER VELA / SAN MATEO DEL MAR, OAXACA

Una mesa de madera rota, atiborrada de trastes sucios y tres sillas deterioradas por el tiempo están colocadas a la intemperie, justo a la mitad del patio de esta casa. Es el comedor de Tomasa, lo único que ha quedado en pie después del sismo que derribó su hogar. Es la hora de la comida y sólo hay dos opciones en el menú. Ella escoge el café frío que, entre sorbo y sorbo, acompaña con dos galletas Marías. Prefiere no comer la sopa, esa es para Kaiser, su perro.

A Tomasa la acompaña su tío Ausencio de 77 años, es más grande que ella por 11. Son los únicos habitantes de está vivienda convertida en ruinas 52 años después de su construcción. El pasado 7 de septiembre, 10 minutos antes de la media noche, ambos sintieron un temblor en su cama. El movimiento de las placas tectónicas parecía obligarlos a permanecer dentro de su hogar. Al final lograron salir a pesar de que fue una tarea doblemente difícil debido a sus limitaciones físicas: Tomasa necesita dos palos, que usa como muletas para caminar, y Ausencio es ciego, ha perdido la vista casi por completo y apenas distingue sombras.

Además del desnutrido Kaiser, Tomasa tiene un gallo, una gallina y cinco pollitos, otros seis murieron aplastados. Uno de los sobrevivientes logró salir tres días después entre el cascajo. Platica de ellos como si fueran sus familiares, inventa diálogos e incluso bromea con las cosas que, según ella, se dicen y reclaman.

Al lado de su improvisado comedor pasa una decena de adolescentes. Van de un lado a otro. Esquivan las piedras caídas, cargan troncos, acomodan bandejas de plástico; uno da órdenes mientras trata de no pisar a los pollitos, a veces chocan entre ellos. Todos están vestidos de pantalón de mezclilla, tenis y playera blanca con un logotipo acompañado de unas letras que dicen: Orgullosamente Conalep. Salina Cruz 155.

Llegaron hace una hora para ayudar a las labores de reconstrucción de las zonas afectadas. No son expertos en derrumbes, no tienen idea de cómo limpiar el lugar, ni siquiera cuentan con equipo de protección, pero están ahí dispuestos a ayudar con despensa y con sus manos en los trabajos que los vecinos damnificados les pidan.

—Se me parte el corazón al ver a la gente así, por eso vine a apoyar –dice Alexis.

—Siento que en mi casa estoy en el paraíso al ver todo esto –complementa Zoila.

Los estudiantes de segundo año de preparatoria han lanzado una convocatoria en Facebook con la finalidad de que sus amigos acudan a solidarizarse con los afectados. También han buscado –sin éxito– un lugar que pueda albergar a Tomasa y Ausencio para evitar que la lluvia los moje por dormir en el patio.

—¿Ha recibido algún tipo de ayuda, doña Tomasa?

—Sí, la de estos muchachos. Dios me los bendiga.

—¿Pero gubernamental?

—¡Ah, no! –responde mientras la sonrisa se desdibuja de su rostro.

AYUDA QUE NO LLEGA

San Mateo del Mar, un municipio oaxaqueño del Istmo de Tehuantepec de menos de 15 000 habitantes y 100 kilómetros cuadrados, quedó incomunicado después del sismo de 8.2 grados que, a pesar de no registrar ninguna de las 96 víctimas mortales, destruyó buena parte de su infraestructura.

Desde el camino por el que se ingresa, se percibe el abandono. Decenas de mujeres indígenas huaves y niños esperan al pie de la carretera a que pase un vehículo, con la esperanza de que en su interior lleve alimento. Cuando pasa un auto los menores exhiben carteles con las frases: “¡Ayúdanos! Tenemos hambre y sed. Necesitamos ayuda por favor”. Así durante horas.

Una camioneta pick-up les ofrece ropa. Se estaciona y decenas de mujeres, vestidas con coloridas faldas y blusas istmeñas que popularizó Frida Kahlo el siglo pasado, se forman durante media hora en varias filas para recibir una prenda. A las que tienen mejor suerte les toca un rollo de papel higiénico y una botella de agua.

Ahí está Luis Palafox, un bombero que junto a sus compañeros de trabajo organizó una colecta en Salina Cruz, y ahora reparte en San Mateo ropa de bebé entre las mujeres que pacientemente esperan su turno. Además ofrece sus servicios –junto a otros dos bomberos– con el objetivo de sacar escombros y reconstruir las casas que se pueda.

Hoy es el primer día que acude a brindar su apoyo en este municipio, pero espera regresar durante la semana con más colegas para ayudar porque “el gobierno no ha traído nada para acá”. La iniciativa de Luis es independiente de su trabajo como bombero, la realiza como un ciudadano más.

Después del temblor, los habitantes de San Mateo se quedaron sin luz. Fue hasta casi 24 horas después que pudieron difundir en las redes sociales lo que había ocurrido y solicitar brigadas médicas y alimentos. Sin embargo, parece que nadie los escuchó. Cuatro días después del siniestro, ni la ayuda de los gobiernos estatal y federal, ni la que prometió la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ha llegado.

Piensan que tal vez se debe a que la ayuda fue prioridad en otros municipios, como Juchitán, Unión Hidalgo e Ixtaltepec, donde las pérdidas humanas se cuentan por decenas. Pero, insisten, acá el pueblo quedó inservible y no ha venido casi nadie.

De la misma forma que en San Mateo, mediante videos en las redes sociales y mensajes de voz vía WhatsApp, los habitantes indígenas de San Francisco, San Dionisio y Santa María también reclaman la nula ayuda que las autoridades han brindado. Están desesperados, apartados e incomunicados.

MORIR EN VIDA

Humberto es pescador y padre de tres hijas. Todos los días sale con el deseo de atrapar jaibas y camarones en alguno de los dos cuerpos de agua que bordean al norte y al sur a San Mateo del Mar: la laguna superior y el océano Pacífico. Para llegar a Barrio Nuevo, la colonia donde vive, es necesario atravesar un puente que, como buena parte de los caminos en el pueblo, está completamente agrietado.

Fisuras de hasta un metro y medio de ancho y uno de profundidad recorren los 250 metros que conectan –a través de la laguna– a Barrio Nuevo con las otras colonias del municipio. Humberto no ha podido regresar a su casa. Quedó completamente inundada luego de que el sismo alborotara las aguas. Más de la mitad de su vivienda, construida con hojas de palma, está sumergida. Sólo ha podido rescatar unas pocas cazuelas de barro y algunos libros de texto.

Mientras enseña los doblados postes de luz de concreto que están a punto de colapsar afuera de su casa, se escucha una especie de rugido y a la par se mueve bruscamente el piso. Es una de las replicas del terremoto que devastó su hogar.

—Tengan cuidado –dice con un tono suave como de resignación. Sabe que materialmente ya no puede perder más. Parece que se acostumbra a la tragedia.

Al ver que hay un reportero en la zona que documenta lo ocurrido, los vecinos de Humberto invitan a pasar a su casa.

Una mujer cuenta cómo logró salir en medio del techo que caía y cómo sus puerquitos y sus perros se asustaron durante el movimiento telúrico. Su patio ha sido alcanzado por el agua. Parece un pantano, y las partes que se ven firmes se hunden como arenas movedizas cuando alguien las pisa.

Otra relata que su hijo adolescente tuvo que cargar a su hermano de 15 años para salvarlo porque es inválido, al mismo tiempo que una de sus hijas trataba de equilibrarse con el propósito de no caer con su bebé en brazos.

Una más explica que ya ni siquiera puede hacer tortillas: el fogón donde las calentaba quedó partido y ahora no tiene ni dónde cocinar.

Todos tienen una historia que contar. Todos piden ayuda. Todos duermen en hamacas o colchonetas delgadas y unas cuantas sábanas afuera de sus domicilios. No se atreven a entrar por temor a morir aplastados. La mayoría han sido acogidos por familiares cuya vivienda está en mejores condiciones.

Al salir de Barrio Nuevo llega una camioneta, se bajan varias personas con agua, platos desechables y botes con alimentos preparados y listos para ser servidos. Son ciudadanos que han acudido a ayudar a sus vecinos de San Mateo. No llevan latas de comida porque saben que ahí no hay donde prepararla.

Esas pequeñas iniciativas, organizadas por familias, compañeros de trabajo o estudiantes mantienen la esperanza de los miles de indígenas huaves.