Cuervos sin rumbo

En un su momento parecía una propuesta interesante de Netflix, pero ahora su segunda temporada termina como un ejercicio torpe y hecho a la carrera

19 de Diciembre 2016

Foto Revista Cambio

Una de las razones que hicieron de Nosotros los nobles (México, 2013) un hit en la taquilla mexicana fue el despliegue de un sentido del humor que, a diferencia de muchas otras piezas recientes del cine mexicano, no se regocijaba en la broma fácil sobre las clases sociales más bajas, ni tampoco en vanagloriar el statu quo de las clases altas; por el contrario, Gary Alazraki en su ópera prima muestra una especie de humor clasista a la inversa, donde el objeto de sorna son los estereotipos de la clase alta –y joven– en México: el mirrey, el hípster, la lobuki eran mostrados en toda su gloria y estupidez rampante.

En su serie exclusiva para Netflix, Club de cuervos –la semana pasada estrenó su segunda temporada–, el director de Nosotros los nobles propone aplicar la misma receta pero en un terreno diferente. La serie narra la guerra entre dos hermanos (ambos de clase acomodada), quienes reciben como herencia el equipo de fútbol de su pueblo natal, antes manejado por su padre recién fallecido. Ellos son Isabel (estupenda Mariana Treviño) –trabajadora, centrada, estudiada y ambiciosa– y Chava (Luis Gerardo Méndez, eternamente el mismo papel que en Los nobles) –junior, parrandero, egoísta, petulante, ignorante pero no menos ambicioso.

Más que una serie sobre un club de fútbol, el cineasta y guionista decide crear una sátira sobre el poder en las empresas y cómo ese poder no pocas veces termina en manos de juniors con nulos conocimientos sobre negocios pero mucha sapiencia (o al menos eso creen) sobre todo aquello que suene “moderno”, “hip” o “cool”, entiéndase: redes sociales, aplicaciones de celular, portadas de revistas, la fama instantánea.

La idea, al menos en la primera temporada, funcionaba bien, aunque con una reserva mayúscula: si en Nosotros los nobles la burla era a la clase alta, aquí se va en sentido contrario, se vanagloria a la clase empresarial como única capaz de resolver los problemas, de llevar progreso, de generar riqueza. La clase baja es representada como un pueblo cuyo único papel es el de pasivo consumidor: de fútbol, de cerveza o de lo que sea que la clase empresarial produzca. Por su parte, el Gobierno es representado como una oficina de trámites, corrupta y como tal comparable. Para Alazraki no hay estado, solo empresas.

Con todo, la primera temporada de Club de cuervos se dejaba ver, tenía buen ritmo, buenas actuaciones, presumía de cierta crítica al machismo y al llamado “techo de cristal”, y se burlaba de los juniors empresarios con cierta gracia. Javi Noble ahora tenía un equipo de futbol.

La segunda temporada de la serie potencializa sus errores y minimiza los aciertos. Cual si no hubiera showrunner (el encargado de mantener la coherencia entre capítulos), la historia pierde rápidamente el hilo conductor, Chava Iglesias hace las veces de un nuevo Chanfle (Segoviano, 1979) pero en clave de junior, donde el único chiste en cada capítulo es ver en qué nueva tontería se ve involucrado.

El guión se desquicia con situaciones por demás gratuitas que rayan en la telenovela (embarazos, abortos, zoofilia, sadomasoquismo y una rara necedad en mostrar desnudos) que no aportan nada a una historia que carece de pies y cabeza.

Lo que en un su momento parecía una propuesta interesante de Netflix, termina en su segunda temporada como un ejercicio torpe, hecho a la carrera, y que se expande artificialmente rumbo a la posibilidad de una tercera vuelta.

Alazraki ya no puede seguir con la ordeña de los nobles. Esa vaca ya está famélica y es tiempo de pasar a otra cosa.

Crítico de cine con 10 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, 24 Horas, entre otros. Actualmente colabora en El Universal, Eje Central, Dónde Ir y Filmsteria.

@elsalonrojo

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