Cultura

Animal de otro zoológico

Gustavo Monroy dice que no pertenece a esa especie de creadores amantes de las ferias de arte y prefiere exponer para universitarios que estén abiertos al mensaje crudo de su obra

por Revista Cambio

17 de Abril 2017

Foto Revista Cambio

Por Miriam Canales

“Siento que yo soy un animal para otro zoológico”. Las galerías de arte moderno se llenan de participantes con afán de vender mucho y mostrar poco. Pinturas sin rigor y objetos provocativos se cotizan a precios desmesurados como obras de arte. En cambio, él es un artista que se aparta de estos circuitos comerciales y prefiere utilizar la cruenta realidad mexicana como inspiración para sus lienzos.

“No me gustan las ferias de arte, no siento que pertenezca a esa especie. Fui una vez a Zona Maco y juré no volver. Estando ahí me sentí como en La feria del hogar o La hoguera de las vanidades”. Él se siente más cómodo mostrando su trabajo entre jóvenes universitarios que en ferias de arte masivas. Gustavo Monroy (México, D. F., 1959) ha plasmado asesinatos, cabezas mutiladas, sangre, cuerpos baleados y así mismo decapitado. Otras figuras políticas como Carlos Salinas de Gortari y Diego Fernández de Cevallos, en su etapa de secuestro, también desfilan en sus retratos en versiones descarnadas.

“Soy un producto de traiciones, de engaños, de desilusiones, de confianza traicionada, de libertades, pero también de solidaridad y de amor”.

Más allá de la provocación y la incomodidad que implica su obra, ha ejercido por más de 25 años y ha cautivado a coleccionistas incluso de Estados Unidos y el extranjero. Su formación profesional comenzó en la escuela de arte “La Esmeralda”, que fue determinante gracias a maestros como Javier Anzures y Javier Arévalo. A su egreso, vivió una aventura accidentada al exponer en 1988 una serie de cuadros donde se autorretrataba desnudo como un Cristo crucificado dentro de una galería del Auditorio Nacional. Tras un acalorado escándalo de parte de algunos visitantes y denuestos de parte de medios como Ovaciones –lo tacharon de irreverente y blasfemo– llegaron otros problemas profesionales. De esta experiencia conserva los diarios de la época como testigos. Su trazo incipiente no decayó pese a ese tropiezo.

El artista rememora los tiempos en que el peligro que se suscitaba en el límite fronterizo de Sonora –donde se crió– parecía apartado del centro del país y el Distrito Federal: “La frontera era un laboratorio de lo que está sucediendo ahora en toda la república”. Relata sus años de infancia simultáneos entre el norte de México y la colonia Condesa en los albores de los setenta. “Primero fueron muertos por sobredosis de heroína. Los narcos se paseaban en Sonora por la calle como socialites. La época en que yo viví allá las familias se conocían, incluso con esa exposición abierta te hacía sentir protegido; esa burbuja se rompió y se volvió metástasis. Hoy puedes estar en un café en Jalapa o Morelia sentado junto a un narco sin saberlo”.

En sus cuadros capta la situación social mexicana y sus vaivenes: la vida, la muerte, la violencia y su propio desasosiego. Incluso algunos pasajes bíblicos como La última cena. A pesar de que es un defeño oriundo, sus primeros años pasaron en la ciudad de Nogales de donde provienen sus padres y en donde permanecieron por una larga temporada.

“Ahora todo es como la frontera. Pareciera que me estaba adelantando a los hechos que explotaron hasta después. Desde los noventa veía un cáncer que se extendía hacia el centro y a toda la República Mexicana como un cuerpo enfermo. Es una metáfora como si fuera un cuerpo con venas, respira, pero se enferma”.

Como artista observador, recorta, pega y conserva toda nota, encabezado y publicidad periodística que llame su atención; la nota roja es lo que más le atrae. “En esos años yo llevaba el pelo largo y era una manera de burlarme de mí mismo. Yo me dibujé desnudo porque Cristo también iba desnudo en la cruz”. En respuesta a su estilo de autorretratarse sin ropa y con genitales expuestos. Durante la década de los 80, en su opinión, la creatividad juvenil no era bien vista por el rigor policiaco de personajes como Alfonso El negro Durazo: “Era otro país, yo duré dos años viviendo de mis dibujos en la banqueta en una calle en la Zona Rosa; era un riesgo lidiar con policías, borrachos y turistas. Así empecé. Luego, mi primera exposición fue en esa zona en 1982 donde se hallaba el arte local en su mayoría”. Rememora de esa época.

La violencia continúa recordándole la transición de su juventud, la corrupción que regía a las autoridades capitalinas y federales. “Yo regresé en 1979 al Distrito Federal y desde entonces estoy aquí. Esta era otra ciudad; estaba el PRI con lo máximo de la corrupción, pero no sabíamos los nexos del narcotráfico. Era peligrosa para ser joven, eso es una afrenta. No había tantos espacios para nosotros y Alfonso Durazo era director de la policía. Por ese entonces con traer huaraches, coleta o ser un estudiante pobre, te paraban los agentes sin placas en el auto y te esculcaban”.

La capital y el país han vivido un cambio vertiginoso; sus sinsabores y desventuras han impregnado sus memorias. De la misma forma, su trabajo ha sufrido modificaciones: “Antes no había rock, ni conciertos. La libertad de expresión es algo que se ha ganado a pulso, día tras día, con dolor, sangre y pérdida de vidas. Es una conquista de la sociedad civil para cualquier joven. Hay que luchar por las cosas. La libertad de expresión es resultado de una lucha. En los 80 yo sufrí la censura de una manera muy radical”.

Sin embargo, existe otra marca especial en Monroy más allá de brochas y galerías: su paso itinerante por Europa donde tuvo un efímero matrimonio con una mujer de la República Eslovaca a donde emigró a principios de los 90 tras la caída del muro de Berlín. Un papel más a jugar dentro de su historia personal. Ella no hablaba español, ni él su lengua, por lo que se comunicaban en inglés o en un idioma inventado por ambos.

El amor puede tener otras alternativas lingüísticas. Los efectos de sus mudanzas y la estancia en otros países han repercutido no sólo en su obra o memoria sino en su corazón: “Todo esto me sirvió para ser lo que soy ahora. Hubo momentos difíciles, en esa época hice una serie de cuadros donde capté la matanza de Acteal. Yo viajo mucho por la República y percibo que algo está mal”.

Dentro de sus lecturas encuentra en la Biblia una semejanza de México como una de las regiones castigadas por Dios como Sodoma, Gomorra o Nínive: “Reflexionando mi país como pintor recuerdo que ya desde antes estaba incendiándose Guerrero, con la matanza de Aguas Blancas, o la de Creel en Chihuahua. Hice un cuadro sobre eso como Adán y Eva expulsados del paraíso”.

Gustavo Monroy continuará plasmando los demonios de la nación mexicana de la misma forma que sigue exorcizando los suyos propios. “El país ya estaba en llamas desde entonces. Algo está pasando ahora. ¡Estamos perdiendo el paraíso!”, puntualiza.

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