La prosa que nos arrebataron

Javier Valdez Cárdenas fue asesinado en Sinaloa por haber contado las historias del México que muchos niegan y otros ignoran. Como legado quedan sus libros donde, con una prosa fuerte, el periodista expone la oscuridad de las entrañas del crimen organizado

22 de Mayo 2017

Foto Revista Cambio

POR JAVIER PÉREZ

Un cuerpo tendido bajo una manta azul. Una calle cerrada por esas cintas amarillas que anuncian lo peor. El cuerpo tendido está solo, como reafirmación post mortem de esa terrible pero cierta conciencia de que la práctica del buen periodismo no tiene sociedad alrededor. Está solo. Eso afirmaba Javier Valdez, reconocido periodista fundador del semanario sinaloense Ríodoce, quien fue asesinado apenas el pasado lunes 15 de mayo al salir de esa redacción donde llevaba 14 años tecleando por un periodismo de calidad.

En el semanario afirman que las investigaciones que hacía sobre el narcotráfico fueron la causa. “No tenemos ninguna duda: el origen del crimen de Javier Valdez está en su trabajo periodístico relacionado con los temas del narcotráfico. No sabemos de qué parte, de qué familia, de qué organización provino la orden. Pero fueron ellos”.

Y también sostienen: “Lo mataron con saña. Los asesinos simularon el robo de su vehículo, pero le dispararon en 12 ocasiones con dos armas distintas. No tenemos ninguna duda: quien ordenó el crimen pidió a los sicarios que se aseguraran del objetivo”.

Como escribe Jan Jarab, representante en México de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en el diario La Jornada, donde Javier también era corresponsal: “El asesinato de un (o una) periodista no sólo afecta a su entorno más próximo, sino a la sociedad en su conjunto, pues acallándole se viola el derecho de toda la sociedad a estar informada”.

Javier Valdez deja un legado al que es posible acceder: sus libros, aunque algunos ya sólo se pueden conseguir en formato e-book, pues los tirajes se agotaron. Con el sello Aguilar, publicó: Miss Narco, hace ya una década. Allí, su prosa tuvo la suficiente fuerza narrativa para describir a esas bellas mujeres cuyos trabajos estaban relacionados con el narcotráfico. Perfiles de primera mano en los que el autor encontró una peculiaridad que parecía producto de la ficción; sin embargo, era (y sigue siendo) parte de una realidad que escalaba en su violencia.

Ese mismo año se lanzó Los morros del narco, donde se hablaba ya del reclutamiento de niños y adolescentes como sicarios al servicio de grupos de la delincuencia organizada como La Familia Michoacana.

Malayerba (Jus, 2010) es el único volumen que no publicó con Aguilar y lleva como título el mismo que tenía su columna, cuya última entrega fue publicada unos días antes de su ejecución. El libro hace un recuento de la narcoviolencia en el norte de México pero sobre todo, aborda sus más evidentes repercusiones: las que tiene en la gente de a pie y en el habla cotidiana.

En 2012, Javier Valdez publicó Levantones. Historias reales de desaparecidos y víctimas del narco. En él reunió una serie de reportajes testimoniales sobre otro de los fenómenos que registró un aumento en nuestro país: el secuestro y posterior desaparición de personas que llevó a la resignificación del verbo levantar. Pero Valdez no sólo ponía en evidencia el fenómeno, sino también sus consecuencias, de las que pocas veces se habla.

Y en su siguiente obra, Javier Valdez Cárdenas le dio continuidad a este enfoque. Huérfanos del narco (2015) es un libro desgarrador, y para escribirlo, tuvo que recorrer varias regiones del país en fin de revelar los efectos de la destrucción del núcleo familiar de niñas y niños que se han quedado sin madre o padre (o sin ambos) por la llamada “guerra del narco”. No se trata necesariamente de hijos o hijas de narcotraficantes, sino de menores de edad cuyos padres o madres fueron policías, periodistas o comerciantes.

Su último libro, Narcoperiodismo (Aguilar, 2016) habla de cómo las redacciones de los medios han sido infiltradas por el narcotráfico. En una entrevista, Javier dijo: “Nunca antes habíamos tenido una crisis de seguridad tal en el periodismo y ahora como nunca hay pocas condiciones para hacer nuestro trabajo, es como si hubiéramos descendido 50 escalones hacia el infierno”.

En su discurso de aceptación del Premio Internacional de la Libertad de Prensa, que le fue otorgado por el Comité para la Protección de Periodistas en 2011, declaró: “En Culiacán, Sinaloa, hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos, que están en el narcotráfico y en el gobierno”.

*Nota de la editora: Leer los libros que probablemente le costaron la vida a Javier Valdez es el mejor homenaje que podemos rendirle y es también una forma de pedirles a todos ustedes, que nos leen: recuerden, detrás de estas líneas siempre estamos los seres humanos que nos aferramos a convertirlas en historias que merecen ser contadas.

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