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El que se lleva se aguanta

14 de Agosto 2017
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A  todos nos gusta jugar. Desde niños jugamos con el propósito de satisfacer necesidades de competencia, entretenimiento y aprendizaje.

Jugar nunca ha sido únicamente para niños o niñas, y un juego no siempre es garantía de inocencia o buenas intenciones. Hay algunos que son crueles o que tienen una doble intención. Herir sentimientos es uno de los riesgos. El juego es muy sencillo: encontramos un punto débil y presionamos sobre él a fin de lastimar a quien creemos que lo merezca.

Beatriz y Marcelo son personalidades ácidas, directas y algo superficiales. En aquellos años, cuando teníamos un trabajo en común, mantenían entre ellos una amistad cercana y constantemente se hacían bromas muy pesadas.

Beatriz soñaba con encontrar el amor, casarse y tener hijos. Ella se refería a Marcelo como “el pelón que lo tiene chiquito”, y Marcelo, quien tenía una hermosa familia, se refería a Beatriz como “nalgas con celulitis”. Los demás sólo nos divertíamos. Sin embargo, fue en una convención donde Beatriz perdió ante el juego de Marcelo.

Estábamos en medio de una dinámica de integración, de esas que te hacen sentir dentro de un centro de rehabilitación. La dinámica consistía en caminar por todo el salón de reuniones para detenernos cada 2 minutos y contarle una mentira, una historia falsa o muy disparatada al compañero que quedara frente a nosotros.

Marcelo se topó conmigo y me contó “¡Beatriz se va a casar!”, empezó a reírse y se fue. Yo abrí los ojos y pensé “¡Qué poca!”

Cuando la dinámica terminó, Beatriz ya no estaba en el salón. Salí a buscarla y la encontré llorando en el pasillo. Me dio pena preguntarle cualquier cosa y regresé al salón.

Los comentarios no se hicieron esperar, y no tardamos mucho en saber que la historia falsa de Marcelo había herido los sentimientos de Beatriz a tal grado que rompió en llanto. Cuando Marcelo se acercó a ella para disculparse, le dijo: “No pensé que te dolería tanto, así nos llevamos y tú sabes que el que se lleva se aguanta”; ella respondió que se había metido con algo que le dolía mucho. Marcelo había ganado en ese juego que jamás volverían a jugar porque su amistad había terminado para siempre.

Beatriz y Marcelo no volvieron a hablarse ni a limar asperezas. Aquella imagen de mi colega en el pasillo me recordó los días de escuela en los que si un niño jalaba el pelo de una niña y ella lloraba, después de una disculpa podían volver a jugar y a reír. Perdonaban porque querían seguir jugando. A los adultos nos duele más un jalón. Nos rendimos ante el dolor que nos causa perder en el juego.

 

*Buscadora de historias urbanas de sus contemporáneos millennials. Ponte atento, 
tu historia puede ser la próxima.

@valeria_galvanl

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