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La vida de Calabacín

Una película inusual, bella y conmovedora basada en una novela de Gilles Paris finalmente se estrena en México
15 de Mayo 2017
Especial_
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Aquí todos somos iguales, no queda nadie que nos ame”. Con esa frase demoledora es como Simon recibe a Calabacín, un niño de 9 años quien recientemente ha perdido a su madre y que, ante la ausencia de su padre, es enviado a un orfanato en las afueras de Francia donde otro niño huérfano, Simon, se asume como el rudo “jefe” de los infantes que se encuentran ahí.

Los protagonistas de esta historia son los hijos olvidados de una sociedad que crea sus propios monstruos. A este orfanato llegan los hijos de drogadictos, ladrones, enfermos sexuales, padres violentos o deportados por su condición de migrantes. Son los hijos inocentes cuya vida ha sido marcada por los pecados de sus padres y de la sociedad.

Así, Calabacín (en realidad se llama Ícaro pero le gusta que le llamen de la misma forma que lo hacía su madre) conoce a un puñado de niños de su misma estirpe: aquel es hijo de un ladrón que terminó en la cárcel, aquella es una chica cuyos padres cometieron crímenes indecibles, otra más es hija de una migrante deportada y cada que suena el timbre corre pensando que se trata de su mamá. Simon mismo, el más rudo del grupo y que recibe a Calabacín con burlas y golpes, tiene un pasado tétrico donde  sus padres son drogadictos.

Estamos frente a una película sumamente inusual, sumamente bella y absolutamente conmovedora. Basada en la novela Autobiographie d’une courgette (2002), escrita por el francés Gilles Paris, Ma vie de Courgette (traducida al español como La vida de Calabacín) es una cinta de animación cuadro por cuadro, dirigida por Claude Barras, y que fue nominada en la categoría de Mejor Cinta de Animación en la pasada entrega del Oscar.

Si hubiera justicia en aquellos premios, La vida de Calabacín tendría que haberse llevado la estatuilla a casa. Y es que la belleza rodea todos los aspectos del filme: la animación (colorida y hecha con plastilina) es precisa y preciosa, el diseño de producción es absolutamente hermoso (los niños, todos de ojos grandes y curiosos que sin embargo no esconden las marcas de su terrible pasado), el soundtrack con apenas dos canciones pero son suficientes para que se queden en la memoria, y una duración (poco más de una hora) que apenas y la hace calificar como largometraje.

No obstante el drama no es lo que mueve a esta cinta. Si bien el inicio es sombrío, el guion no es chantajista ni mucho menos. Es una película extraña cuyo motor no son los eventos sino las sensaciones. En una escena, los niños salen de excursión para conocer la nieve, uno de los pequeños turistas del lugar se accidenta y su madre corre a ayudarlo. Los huérfanos observan, petrificados, la escena, envidiando el hecho de tener una madre amorosa. Sin palabra alguna, con la cámara sostenida en la mirada triste y añorante de este grupo de niños, la película consigue uno de los momentos más sublimes del cine de 2017, y lo hace sin efectos especiales, sin actores, sin música, apenas y con unos trozos de plastilina, cartulina y colores. Es cine en su máxima expresión.

Que esta pequeña gran maravilla sea una cinta animada no significa que sea una película para niños. Los temas que trata son bastante delicados, y la curiosidad de estos pequeños hacia el mundo de los adultos los hace especular en temas como el amor y el sexo, haciendo gala de buen humor. Pero a menos que estén listos para explicarles a sus hijos la circunstancia de la muerte y la ausencia, eviten llevarlos, por lo menos hasta que crezcan más.

Al final se trata de una película sobre el proceso de curar las heridas. Sobre el hecho de que, sin importar el pasado y la estirpe sanguínea, los amigos también son nuestra familia.

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