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¿Y si Trump fuera un gato?

Trump no tiene la belleza de cualquier felino... En lugar de reservar sus garras para cuando el momento lo amerita, siempre las saca a la más mínima provocación
24 de Octubre 2016
DharmaQueen
DharmaQueen

Desde que el empresario estadounidense Donald Trump empezó su camino hacia la Presidencia de Estados Unidos son muchas las ideas que han pasado por mi cabeza, pero el fin de semana, en uno de esos momentos en los que baja la musa, me pregunté ¿qué pasaría si Trump fuera un gato? (sin ofender a mi especie, por favor).

Si empezamos por la raza, sería un gato atigrado naranja, sí, de esos entre güeros y pelirrojos que tienen rayas. Una de sus características es que, por su color, su pelaje es muy distinto al de los otros compañeros de especie, algo así como el exótico cabello de Trump. Si lo recuerdan, hasta existe un “Gato Trump”, cuya cola es similar al peinado del empresario.

Trump no tiene la belleza de cualquier felino, tampoco la clase y mucho menos la astucia y la inteligencia. En lugar de reservar sus garras para cuando el momento lo amerita, siempre las saca a la más mínima provocación.

Parte de lo que nos hace a los gatos seres fascinantes es que los otros difícilmente pueden adivinar nuestros movimientos y siempre caemos parados, mientras que Trump ya todos sabemos cómo actuará: a gritos, atacando a alguien y culpando a alguien más por alguna cosa que le salió mal. Cuando se está en una posición tan difícil como la suya, el silencio es un arma poderosa porque creas misterio a tu alrededor. Cuántos no se han preguntado más de una vez “¿qué estará pensando mi gato?” Con Trump ya sabemos cómo funciona y la verdad es que más que misterio nos da flojera.

Un gato siempre cae parado y Trump, entre más se tropieza, cae más fuerte y no deja de tropezarse con los mismos errores. Está bien tener alta autoestima, pero una cosa es quererse a uno mismo y otra caer en una soberbia que nuble el entendimiento.

Para resumir: si Trump fuera gato sería un felino callejero, de esos bravucones que no pueden encontrar hogar porque se pelean con todo mundo, y una vez que lo tiene se dedica a marcar el territorio para hacer miserable la vida de quienes tienen que oler sus gracias; solo por molestar arañaría los sillones todo el tiempo, se colgaría de las cortinas y rascaría ventanas y puertas para salir.

Seguramente un alma caritativa lo adoptaría y lo mandaría a rehabilitación para que pudiera convivir con otros gatos, la familia, etc., pero la verdad es que solo desprestigiaría a la especie porque sería de esos animales que muerden hasta la mano que le da de comer.

Después de tantos intentos imposibles por encontrarle un hogar, seguramente la gente del albergue donde lo cuidan tomaría una decisión que no voy a comentar aquí porque representa un acto de crueldad, pero sí, eso sería lo que pasaría con Trump si fuera gato.

Si a los gatos atigrados naranja se les educa con cariño, respeto y paciencia nunca tendrán problemas de convivencia, de lo contrario… bueno, ahora nos explicamos un poco el carácter de Trump.

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