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Cine-TV

Bohemian Rhapsody

Bryan Singer dirige una biopic absolutamente convencional que narra la historia de una banda que nunca fue convencional. Como película, estamos ante una pieza predecible y deficiente, pero cuando se convierte en un concierto, estamos frente a uno de los mejores del año

POR Alejandro Alemán Fecha: Hace 1 week
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El inicio no podía ser más poderoso. La cámara nos sitúa backstage; la lente de Newton Thomas Sigel (el fotógrafo de cabecera de Bryan Singer) sigue los maletines con instrumentos, los micrófonos, las botellas de licor. Freddy Mercury entra a cuadro y lo seguimos en su caminar jubiloso hacia el escenario. La cortina se abre y vemos el Wembley Stadium de Londres pletórico, a reventar. Es 1985, y el público de Londres está a punto de vivir uno de los mejores conciertos en la historia. Queen los rockeará.

La muy esperada biopic sobre Freddie Mercury llega huérfana a la pantalla. Y es que, aunque el crédito de director pertenece a Bryan Singer (X-Men, Sospechosos comunes), la película fue abandonada por Singer a mitad de la producción. La versión oficial habla de fuertes diferencias creativas con el protagonista, Rami Malek; la versión extraoficial apunta que ante una posible demanda por acoso sexual contra Singer, la producción prefirió dejarlo ir antes de que el desempeño de la cinta en taquilla se viera afectado.

¿Cómo afectó esto al resultado final? No es fácil determinarlo, pero es un hecho que Bohemian Rhapsody es una biopic absolutamente convencional que narra la historia de una banda que nunca fue convencional.

El desarrollo de la historia es tan genérico que podríamos estar viendo la historia de cualquier otra banda y la película sería la misma. Según el guion, escrito por Anthony McCarten y Peter Morgan, el inicio de Queen como banda no podía ser más terso. El joven Freddie, nacido en la India bajo el nombre de Farrokh Bulsara, trabaja acarreando maletas en un aeropuerto. Bulsara conoce a una banda a punto de desintegrarse y le propone ser el nuevo vocalista. Los integrantes aceptan. Apenas han pasado diez minutos de la película y la nueva banda, llamada Queen por decisión del ahora rebautizado Freddie Mercury, está por grabar su primer disco. Queen suena a Queen desde el inicio, y cuando menos lo piensas ya tienen contrato y muchísimo dinero. Apenas van veinte minutos de película.

El énfasis, por supuesto, está en Mercury, interpretado con lujo de prostético bucal por Rami Malek. Si bien es reconocible el ímpetu que entrega en su personaje, nunca logra mimetizarse del todo: el tono de voz, los dientes falsos y el vestuario lo hacen ver no como Freddie, sino como alguien vestido de Freddie.

Pero cuando Malek porta alguno de los estrafalarios trajes y se sube al escenario (aunque sea ficticio) con el fin de interpretar una canción, entonces pisamos terrenos de verdadera grandeza.

Con la tersura propia de una película Hallmark, el tema de la sexualidad y los excesos de Mercury se dibuja con trazos rosas. Jamás se ve droga alguna a cuadro, jamás aparece borracho o pasoneado, jamás se le ve teniendo sexo con un hombre. Todo se sugiere, se insinúa, se esconde tras la puerta de un baño de gasolinera que dice Men; demasiado pudor para una cinta que predica la tolerancia y la apertura sexual.

El espectáculo no está en las actuaciones ni en la historia, está en las canciones y los conciertos. Rumbo al final, sucede algo absolutamente inesperado, y entonces entiendes: vale la pena pagar el boleto, y es indispensable verla en IMAX para sorprenderse.

Como película estamos ante una pieza predecible y deficiente, pero cuando se convierte en un concierto, estamos frente a uno de los mejores del año. Imperdible.

 

Dirección: Bryan Singer.

Guion: Anthony McCarten y Peter Morgan.

Producción: Graham King, Brian May, Robert de Niro. EU, 2018.

Fotografía: Newton Thomas Sigel.

Edición: John Ottman.

Con: Rami Malek, Joseph Mazzello, entre otros.

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