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First Man

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Damien Chazelle filma una película, no sobre una misión espacial, sino sobre el dolor de un hombre que perdió a su hija más pequeña, aunque aún así tenía que llegar a la luna

POR Alejandro Alemán Fecha: Hace 1 month
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Hasta ahora, las figuras centrales de la breve pero exitosa filmografía de Damien Chazelle (Whiplash, La La Land) eran personajes dispuestos a sacrificarlo todo con tal de ser los mejores en su disciplina (la música) y así cumplir sus sueños de grandeza. En First Man esa idea sigue presente, aunque en sentido contrario; he aquí la historia de un hombre destinado a la grandeza y que en el inevitable camino hacia ella se vio obligado a sacrificar lo que más quería: su familia.

Basada en la biografía de Neil Armstrong, escrita por James R. Hansen, Chazelle nos muestra los días previos a que el entonces ingeniero y piloto militar perdiera a su hija más pequeña a causa de un tumor cerebral. El hecho resonará en toda la carrera de Armstrong: el hombre que cumplió la hazaña más increíble jamás realizada por la humanidad caminó sobre la luna aun guardando duelo por su hija.

Así, esta no es una película sobre una misión espacial, es un filme sobre el dolor y la pérdida.

En un mundo de cintas inconsecuentes, estamos frente a una donde la muerte se siente y se ve a cada paso. El retrato que Chazelle crea de la carrera rumbo a la luna es brutal: naves que explotan en vuelos de práctica, tornillos que se safan, aviones imposibles de pilotear, decenas de muertes en cada paso. La esposa de Armstrong, Janet (magnífica Claire Foy), lo dice bien: “Son un puñado de niños creyendo que tienen todo bajo control cuando sólo están jugando con sus navecitas”. Eso era la Nasa en los años sesenta, y Chazelle no tiene empacho en retratar el lado menos romántico y más oscuro de la ciencia, aquel que se codea con la muerte.

La sensación de peligro, de náusea, de mareo se logra mediante la edición y las tomas cerradas, eludiendo al máximo el uso de efectos por computadora. Chazelle nos sitúa en las cabinas de avión –las piezas más depuradas de ingeniería aeronáutica de la época– sólo para descubrir que sonaban cual carcacha destartalada y temblaban cual lavadora en ciclo de secado.

First Man desnuda a la carrera espacial, a la Nasa y a la ciencia misma; elimina todo el halo místico y romántico que el cine de Hollywood ha construido alrededor de la hazaña espacial y lo pone en una perspectiva sumamente pesimista: el camino hacia la luna se pavimentó de errores mortales. No hay glamur, y la gloria es sólo para algunos.

La actuación usualmente plana y de pocos matices que entrega Gosling viene mucho al caso. Armstrong, de pocas expresiones faciales y mirada taciturna, va por la vida con una actitud parca y desolada: comunica a sus hijos su viaje a la luna cual si se tratara de una reunión de consejo (“¿alguien tiene alguna pregunta?”). Gosling es perfecto para el papel de este hombre de sentimientos reprimidos, en eterno luto y con un autocontrol casi imposible de creer.

¿Y la música? La obsesión autoral de Chazelle está presente, tanto de manera vedada (Armstrong era un jazzista frustrado) como explícita. El director no puede evitar emular a Kubrick en la musicalización, sin embargo, en este caso lo hace con su propia sinfonía. Desde el uso del theremín (¿es esto un cliché?) hasta con orquesta completa, el score de Justin Hurwitz no es tan pegajoso como en La La Land, pero definitivamente es reconocible y empata muy bien en las escenas del alunizaje.

Tan poco ceremoniosa es esta cinta que ahí tenemos el escándalo suscitado en las redes sociales por la ausencia de la bandera de EU en la luna. A Chazelle no le interesa el registro de la historia por todos conocida. Sin dejar de ser un patriota, él prefiere llevarnos al lado oscuro del viaje a la luna.

 

Dirección: Damien Chazelle.

Guion: Josh Singer, James R. Hansen.

Producción: Damien Chazelle, Kevin Elam. EU, 2018.

Fotografía: Linus Sandgren.

Edición: Tom Cross.

Música: Justin Hurwitz.

Con: Ryan Gosling, Claire Foy, entre otros.

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