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Nación

Amor en tiempos de huertos urbanos

26-27

Hace 12 años que Magnolia empezó su propio huerto de manera incidental, y hasta la fecha, este pequeño espacio de vida que creó en medio del concreto y el ruido de la ciudad no sólo le llena la mesa de comida viva, también le enseña cosas todos los días

POR Revista Cambio Fecha: Hace 8 months
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POR ALEJANDRA DEL CASTILLO

Magnolia se comía las flores cuando era niña, no le importaba si eran comestibles o no, a ella le gustaba llevárselas a la boca. Las semillas se le habrán quedado por todas partes en la memoria porque ya dieron frutos, ahora tiene un huerto urbano.

Desde que existe ese espacio, se despierta con el corazón alegre.

Siempre le gustó la naturaleza y recuerda que en las visitas en casa de su abuela solían sembrar plantas juntas. Ella dice que todos tenemos una experiencia con la naturaleza, que nos ha marcado, y eso viene de nuestra genética agricultora.

Su huerto empezó hace 12 años de una manera incidental. Magnolia es comunicóloga, tenía un trabajo en Canal 40 y cuando vino la huelga, quedó desempleada con una hija de siete meses de edad. Su vida entró en caos. Sin embargo, lo tomó como una buena oportunidad de pasar tiempo en casa, disfrutar de su bebé y vivir de sus ahorros.

Empezó a leer y a investigar. Se soñó en su casa pintada de verde por plantas y flores, pero en lugar de eso, comenzó a sembrar hortaliza.

Su vida y la de su casa empezaron a girar en torno al huerto. Fueron dos años de ensayo y error. Primero, empezó sembrando semillas para germinar y trató de encontrar el lugar perfecto con el propósito de que eso sucediera. Le hubiera gustado ponerlas en su cama, pero no lo hizo. Experimentó en el baño, arriba y detrás del refri, e incluso adentro del horno. Así, aprendió que los procesos toman su tiempo, porque aunque viva en una sociedad de inmediatez y le ganara la emoción, tener un huerto le iba a significar constancia y paciencia.

Magnolia piensa que las personas que viven en la ciudad deben crear sus propios espacios y con ello, sus paisajes. Donde había un cuarto de servicio y el espacio para tender la ropa, ella dibujó un huerto urbano. No le invirtió ni un solo peso. Empezó con cajones de madera y plástico, utilizó llantas y la envoltura de un colchón con la finalidad de empezar su proyecto.

El huerto se convirtió en un laboratorio vivo en el que siempre estaba pasando algo, pero eso no terminaba ahí, ahora el huerto tenía que ver con la cocina, con su alimentación y la de su hija, y eso lo volvió fundamental.

La primera vez que logró una lechuga, después de cuatro o cinco meses de intentos, pensó: “esta lechuga es mía, nadie se la va a comer porque yo la sembré y no le voy a dar a nadie”. Su primera emoción fue la codicia, sin embargo, luego se dio cuenta de que con una lechuga podría tener el potencial de miles de lechugas porque su flor tiene muchísimas semillas. Entonces se dijo: “la flor es abundante, la que es carente soy yo. La lechuga no es envidiosa, la envidiosa soy yo”.

Y es que el huerto le enseña a Magnolia cosas del mundo y de la vida todos los días.

Sembró más lechugas, y entonces había hasta para regalarle al vecino; luego aprendió: “si no te la comes, se pudre ahí sembrada”, y compartió.

La primera vez que salió un jitomate pensó que no se lo quería comer porque se veía tan lindo que hubiera querido que durara eternamente. Pero las cosas no duran para siempre, ese era el momento, era el tiempo presente de cortarlo y comerlo a fin de que la planta diera más jitomates y no se concentrara sólo en sostener su fruto.

El jitomate llegó completo hasta su plato y ni un poco de sal le puso. Reflexionó: “ese jitomate es único”. Así, cobró sentido valorar los alimentos, por eso, cuando cosecha hace que sus platos parezcan una obra de arte, los adorna y provoca que el momento de la comida sea especial. Piensa en el tiempo que tardó en germinar y el tiempo de crecimiento para al final cosecharlo, a sabiendas de que todo se acabará en una sentada.

Magnolia sabe que estamos muy separados de los procesos, lo experimenta mientras va al supermercado y sabe que las lechugas en el exhibidor están muertas, que la gente no lo nota porque nunca ha tenido la experiencia de cultivar su propia lechuga. Ella disfruta comer, y cuando corta al cosechar, sabe que lo que comerá está vivo. Ella sabe que en su mesa se están comiendo la vida.

Está totalmente enamorada de su huerto, del pedacito de mundo que ha creado en medio del concreto, ese lugar especial en el que pone tango o la música que le gusta para vibrar en sintonía con la vida.

Mientras está en el huerto, también canta o dibuja con una copa de vino. Ese espacio se ha convertido en el lugar en el que se escucha y hace conexión con ella misma.

También ha sido un espacio para compartir, porque en medio del silencio, ella germina mientras su hija cierne la tierra. El silencio se rompe y su hija comienza a hablar en un lugar en que el diálogo queda a la intemperie, sin cuestionamientos ni juicios, sólo nace, como cuando lo hacen las semillas al germinar.

Magnolia piensa que es un derecho comer bien y que debería ser un derecho sembrar nuestros propios alimentos. Está segura de que algo cambia en las personas que siembran su comida porque a ella no hay algo que le llene más de alegría, que subir por la mañana y ver lo que ha sucedido en su huerto; regarlo, cosechar algo para la hora de la comida y luego, continuar su día. Ella vive maravillada.

Magnolia hizo de su huerto un trabajo. Empezó dando talleres y ahora asesora y da acompañamiento con el propósito de que otros puedan tener el suyo. Sabe que cualquiera puede tener un espacio verde en casa, en macetas, en un balcón, en un pasillo o en una jaula de tendido. Tener un huerto urbano también le ha permitido sembrar relaciones entrañables. Así es Magnolia, una mujer que cambia el paisaje, que trabaja en nuestra relación con la tierra y que es feliz cuando la gente se lleva a la boca un poco de vida.

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