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Nación

Apicultor por un día: 1, 2, 3... 30 mil aguijones

20-22

Hay en el surponiente de la CDMX un lugar ideal para cualquier persona que quiera aprender cómo mejorar su calidad de vida de manera sostenible e integral en un entorno de tranquilidad, generosidad, solidaridad, tolerancia y felicidad, y hasta ahí llegué con el propósito de aprender todo lo que no me había atrevido a preguntar sobre la apicultura

POR Revista Cambio Fecha: Hace 4 months
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POR ROGER VELA

Son las dos de la tarde. Los rayos del sol chocan con mi piel. El intenso calor abrasa el cuerpo. Estoy en medio de un terreno rodeado por algunos árboles y hay yerbas en el piso. Un zumbido rompe la quietud y el leve soplido del viento que se estampa con las hojas. Parece el motor de una motocicleta que acelera y se acerca. No lo es. Son miles de abejas. Están a unos centímetros de mí. Trato de no moverme bruscamente. ¿Cómo llegué aquí? Todo comenzó el pasado domingo por la mañana.

Me levanté un poco tarde porque un día antes hubo Champions League, y pues quién se la quiere perder. Antes de medio día acudí a Ectagono (sic), un espacio al surponiente de la Ciudad de México que busca crear conciencia sobre el medio ambiente y promover una nueva relación con la naturaleza. Se define asimismo como un lugar para cualquier persona que quiera aprender cómo mejorar su calidad de vida de manera sostenible e integral en un entorno de tranquilidad, generosidad, solidaridad, tolerancia y felicidad.

Acepto que cuando llegué no sabía nada sobre las abejas. Excepto, claro, cosas de conocimiento general, como que no debes molestarlas para que no te piquen o que sus colonias se dividen en clases: la reina, las obreras y los zánganos, creo que eso fue lo que aprendimos desde niños en la primaria o con películas de Disney o Pixar.

En fin, en Ectagono se promovía un taller sobre apicultura y no quería dejar pasar la oportunidad de estar cerca de una especie que, pese a que no está satanizada como las serpientes, los alacranes o las tarántulas, preferimos tenerla lejos. Para nadie es una mentira que a la mayoría nos gusta más ver a las lindas abejitas en la pantalla que escuchar su particular zumbido que nos pone nerviosos en el parque.

El taller inició, y la primera pregunta de Alfonso, el apicultor que nos guiaría hasta la colmena, fue: ¿qué saben sobre las abejas? Una niña de unos seis años levantó la mano y respondió sin titubear: “Yo sé que si las abejas mueren, todos morimos”. La miré con la incredulidad y con el típico desdén adulto hacia los niños. Me bastó una hora para saber que la pequeña tenía razón.

Después de que la niña contó que amaba a estos insectos, que en su cumpleaños la vistieron de abeja y que su pastel tenía forma de colmena, iniciamos el recorrido rumbo a una colonia de abejas europeas, que a estas alturas ya son más mexicanas que la miel de Jalisco. Para ello fue necesario ponernos un overol blanco, una especie de velo con una malla en la cabeza y los guantes. Ahora sí parecía un verdadero apicultor.

Al llegar al lugar me sorprendió no ver abejas por todos lados, pensé que las vería en grupo volando de un lado hacia otro. Incluso creí que habría una malla de protección con la finalidad de evitar que escaparan o algo por el estilo. Pero no, no había una sola, únicamente un campo abierto, con algunos árboles, plantas y yerba.

Éramos una docena de personas: adultos, adolescentes y niños. Todos vestidos con el característico traje blanco que sin velo parece de fumigador, sin embargo, con casco parecería de astronauta; un overol que forma una barrera infranqueable para las abejas, aunque, a su vez, aumenta la temperatura corporal y que molesta después de algunos minutos. En los pies es necesario ponerse cinta a fin de que que no haya ningún espacio por donde pueda colarse alguno de estos insectos.

Algo sobresalía en medio ese sitio. Una especie de caja de un metro de alto, unos 70 centímetros de un lado y 90 del otro. Era el complejo residencial de las abejas. Todas se encontraban adentro hasta que les echamos humo y abrimos la tapa.

LA PEQUEÑA FÁBRICA

De pronto, las abejas salen de la caja, es una colmena hecha por humanos. Primero una, luego dos, así varias; tímidas, comienzan a volar cerca de nosotros. Después decenas, centenas, luego miles. Unas 30 000, según explica Alfonso, viven y trabajan en ese pequeño espacio. La poca confianza que le tenemos a nuestro traje protector provoca que algunos sacudan su brazo tratando de alejarlas. Pero eso es lo peor que uno puede hacer porque las altera bastante.

Lo que sí es importante es no dejar de avivar el humo mediante unos ahumadores; el objetivo: evitar que las abejas se comuniquen y se organicen en nuestra contra. El humo es controlado y no les causa daño, sólo dificulta la comunicación entre ellas para que podamos hacer nuestra labor.

Miren, dice Alfonso, señalando la parte inferior de la colmena, ahí es donde entran después de recolectar el polen. Es un pequeño orificio rectangular de unos tres centímetros de alto por diez de ancho llamado piquera.

Y sí, se ve cómo las abejas utilizan la piquera a manera de pista de aterrizaje donde constantemente transportan trozos de polen de color amarillo y naranja. Otras las reciben y llevan la mercancía recolectada al interior del almacén. Parece una pequeña fábrica donde los trabajadores conocen cada una sus respectivas funciones. No se estorban, no pierden tiempo, todo está perfectamente organizado. Son las obreras del reino animal cumpliendo con su jornada diaria.

Pero la colmena es un complejo habitacional de varios niveles. La piquera es el lobby de la planta baja. Al interior se encuentra la reina protegida por su séquito en el área de gestación de las larvas, es como la sala de cuneros de un hospital. En la parte superior se encuentran las rejillas: una especie de bastidores compuestos por cientos de celdas en forma de hexágonos donde las abejas almacenan la miel. Arriba está la tapa de la colmena, es el techo de este edificio de insectos.

Cuando Alfonso –presidente de Apicultura MX– levanta la tapa y saca una de las rejillas, observamos a miles de abejas pegadas a las celdas circulando velozmente de un lado a otro. Otras vuelan hacia nosotros. En algunos de los hexágonos ya se puede ver la miel; en otros, el proceso de almacenamiento apenas comienza. No dejo de pensar que cualquiera de nosotros saldría corriendo si no contáramos con la protección del overol, los guantes y el velo sobre nuestro rostro. El zumbido no se detiene.

“¡Rápido echa humo ahí!”, le ordena Alfonso a uno de los niños, para evitar que las abejas se reúnan y se comuniquen. Divide y vencerás. Más vale tenerlas separadas a sufrir un posible ataque. Aunque explica que este tipo de abejas son menos hostiles que las africanas.

—¿Por qué las celdas son en forma de hexágono? –le pregunto.

—Además de que las abejas cuentan con una vista hexagonal, en la colmena, como en la ingeniería, esa figura geométrica muestra mayor resistencia y permite aprovechar de mejor manera el espacio, a diferencia de un círculo o un cuadrado.

El apicultor nos explica y al mismo tiempo nos muestra cómo con una cuña se retira la miel para consumo humano. Una colmena como esta produce 30 litros de miel por año. Mientras el instrumento de metal trata de abrirse paso entre la colonia de insectos, me doy cuenta de que con el paso del tiempo las personas se sienten más cómodas. Se va perdiendo el miedo a las abejas y a los 30 000 aguijones que están a nuestro alrededor. Hay una especie de comunión entre la fauna y nosotros.

A pesar de que todos queremos ver a la reina, es imposible. Se necesita mover casi todas las rejillas y eso alteraría bastante a las abejas, según nos explica Alfonso. En menos de una hora nos sentimos unos verdaderos conocedores de todo lo que rodea a este trabajador insecto.

Mientras concluimos la jornada del día, Alfonso nos dice que tres cuartas partes de las frutas y verduras que hay en nuestra mesa están polinizadas por abejas, y que sin ellas habría un desabasto alimenticio. Además lo explica en términos económicos: “En la producción alimenticia, el valor del trabajo que realizan las abejas está valuado en 152 billones de euros”.

—¿Se encuentran amenazas actualmente?

—Sí. A partir de 2006 ha habido un colapso en las colonias en todo el mundo por tres razones: un ácaro que las debilita hasta matarlas. El otro factor culpable son los herbicidas y pesticidas que impregnan en las flores, y eso contamina y envenena a las abejas y, finalmente, los efectos del cambio climático que han transformado drásticamente el hábitat de buena parte de las especies, entre ellas las abejas.

—¿Cómo se puede revertir esto?

—Puedes plantar rosas o salvia en tu casa, o ponerlas en una maceta si vives en un departamento, eso les da una fuente de alimento limpio a las abejas.

Nos despedimos de la colonia. Regresamos al campamento muy acalorados, pero con menos prejuicios, miedos y mayor conciencia sobre la importancia de este insecto social que es vital para la supervivencia de nuestra especie, y que además endulza nuestra vida.   

 

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