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Nación

Lagunilla, mi barrio

Los mexicanos llevamos el tianguis 
en la sangre. Tan sólo en la Ciudad de México se tienen registrados, oficialmente, 1 420, todos similares, casi como copias calca. Pero entre ellos hay uno que es único: La lagu

POR Gabriela Gutiérrez M. Fecha: Hace 2 months
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Cada semana, entre Avenida Reforma y República de Brasil, se instala el museo-bar más trendy de los últimos años: La lagunilla. Entre antigüedades, micheladas –para muchos las mejores de la Ciudad de México– y la más variada oferta de comida (tacos, pizza, baguetes, choripanes, garnachas, hot dogs y un largo etcétera)–, cobra vida el tianguis de La lagunilla todos los domingos, desde las 10 de la mañana y hasta pasadas las cuatro de la tarde.

La lagunilla es como una obra de teatro viva; el escenario es el mismo, sí, pero la historia que se cuenta siempre es distinta. Los personajes cambian en la pasarela. Está la señora que viste pieles –auténticas o de imitación– bajo pleno rayo del sol, y que se niega a sonreír, como si la sonrisa pudiera restarle un poco de glamour.

También está Alfredo Vilchis, mejor conocido como El Davinci de La lagunilla, famoso por haber resignificado los antiguos exvotos de varias iglesias a fin de convertirlos en ojos más actuales y populares, recuperando con ellos las historias de luchadores, prostitutas o borrachos. No terminó sus estudios de primaria, sin embargo, ya expuso en el Museo del Louvre: “Sólo (Diego) Rivera y yo lo hemos conseguido”, se jacta.

No hay forma de vivir lo mismo dos veces: desde los artículos a la venta hasta las amistades tan entrañables como efímeras (lo que dure el vaso de cerveza). En cada visita, la experiencia será distinta.

La lagunilla siempre ha tenido algo de magia; quien lo niegue, probablemente no ha ido nunca. Algunas crónicas en diarios relatan cómo María Félix e Irma Serrano iban a La lagu a buscar piezas únicas para decorar su casa.

El mismo Carlos Monsiváis, coleccionista como pocos, era un visitante obsesivo. A la fecha, varios vendedores lo recuerdan. Es probable que de La lagunilla hayan salido muchas de las piezas que hoy se exhiben en el Museo del Estanquillo, que fundó el escritor.

La lagunilla también ha sido set de películas mexicanas; allí se filmó, en 1981, Lagunilla, mi barrio, protagonizada por Manolo Fábregas, Lucha Villa y Héctor Suárez, cuyo éxito llevó a su director, Raúl Araiza, a filmar una segunda parte.

La sombra de Tepito

Desde visitantes hasta gente de la industria cinematográfica e interioristas, buscan el detalle perfecto para crear una atmósfera específica. Y debido cada vez más a la afluencia de extranjeros, pareciera que La lagu busca desmarcarse del mito de peligrosidad que aún la envuelve, sobre todo, por estar tan cerca de Tepito. Como dos gemelos con personalidad contrastante.

Y es que si uno camina sobre la calle Matamoros, una de las fronteras invisibles entre Tepito y La lagu, se ve un grafiti de fondo amarillo y la cara de un niño, que con letras dice: “Tepito, barrio mágico”. A partir de ese momento, todo puede pasar… todo.

Al paso entre sus laberintos coloreados por la luz del sol que traspasa las carpas amarillas, rojas y azules, sin querer, una mujer choca con una niña de unos seis años, de ojos cafés pequeños –en cuclillas, junto al puesto de su mamá, es difícil verla–. La niña, en reflejo automático, patea a la señora con el propósito de defenderse o al menos de desquitarse de aquel golpe accidental. La frase típica sobre “el barrio” llega a la mente: “Tepito, el lugar donde los niños nacen cabrones”.

Tepito es una zona libre de policías. Difícilmente los polis penetran sus calles, y cuando se llega a ver alguno, es fácil descubrir que él tiene más miedo que cualquiera de los visitantes.

Tanto Tepito como La lagu están en la colonia Morelos, uno de los focos rojos de inseguridad en la Ciudad de México.

De Tepito salió Antonio, El niño Mara, quien comenzó a matar a los 15 años para demostrar a su jefe que podía confiar en él. “El primero –un cuñado incómodo de su jefe– fue gratis, el segundo me lo pago en $500”. A El niño Mara lo entrevisté hace unos cinco o seis años en el Centro de Internamiento San Fernando, en otros momentos conocido mejor como la correccional o el Tribilín. “Los tepiteños nos hacemos como los bisteces, a putazos”, me dijo en alguna de las varias sesiones de entrevista que tuvimos.

En Tepito llega de todo y se consigue todo. Desde calcetas, drones, drogas, armas y hasta a un asesino a sueldo como El Mara.

En Tepito-lagunilla, como en la mayor parte de la zona centro, la maña (la delincuencia) la maneja La unión, el cártel más poderoso de la Ciudad de México, encargado no sólo de mover la droga en toda la zona centro, también extorsiona y distribuye la mercancía robada de los trailers asaltados en las carreteras cercanas (va a dar a bodegas de Tepito, donde después es vendida –a precios muy por debajo de los regulares– a comerciantes y vendedores ambulantes).

Nada pasa en Tepito sin que un “oreja” (informante) de La unión lo escuche, por eso esas dos palabras se pronuncian quedito.

Los contrastes

Visitar Tepito y La lagunilla es como ver un reflejo en el espejo de otra dimensión. Por encima, pueden ser similares: música a todo lo que da, comida, micheladas, puestos. Pero en el fondo, son completamente distintas.

Tepito es el lugar de las cosas nuevas, donde llegaba la “fayuca” en lo años 80 –antes del Tratado de Libre Comercio– y los niños “bien” arriesgaban el pellejo a fin de ir a conseguir ahí los últimos tenis Jordan o algún videojuego para su Atari.

La lagu siempre ha sido –y será– el lugar de la melancolía, donde el pasado ha sembrado su refugio, su trinchera. Donde los personajes pueden actuar permanentemente arriba del escenario sin estar fuera de lugar. Es el taller de los artistas que no saben que lo son.

En los últimos años, este lugar también se ha ido encumbrando en las preferencias hipsters que buscan con desesperación lo “auténtico”, y entonces se maravillan ante el redescubrimiento de La lagu que ha estado y seguirá de moda, vaya María Félix, un restaurantero de la Condesa o un cineasta wannabe. Estará vigente porque ofrece la esencia de regresar a casa, de estar en el lugar correcto aun cuando todo lo demás gire desorbitado, porque en La lagu todos caben.

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