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Nación

Monumento a la envidia

16-17

¿Sabías que detrás de la Torre Latinoamericana existe una historia pecadora? Dos empresarios competían por tener el edificio de oficinas más bonito de México. Esto dio origen al emblemático rascacielos que ha soportado todos los sismos en pie

POR Garci Fecha: Hace 2 months
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POR ANTONIO GARCI

El edificio de Seguros La Nacional, que se encuentra en lo que hoy es Avenida Juárez y el Eje Central, en la Ciudad de México, fue el primer rascacielos mexicano. Se terminó en 1932, y en su tiempo fue considerado una construcción imposible, ya que un edificio de ese tamaño, ubicado en una de las mejores zonas sísmicas del mundo, como lo es la capital mexicana, era algo que no sólo se pensaba que no podía, sino que además no debía hacerse.

Con sus 55 metros de altura, esta torre avasallaba todas las demás construcciones de la capital y, sobre todo, todas las normas de construcción vigentes en la época, al sentido común y al instinto de supervivencia. Su tamaño enorme y su estilo art déco eran pruebas irrefutables de que por fin la modernidad había alcanzado a los mexicanos.

El edificio La Nacional fue venerado como el primer gran coloso arquitectónico del país, aunque, la verdad, la Pirámide del Sol, en Teotihuacan, con sus 64 metros de altura, era todavía la construcción más grande jamás hecha en México, y se había construido 150 años antes de Cristo, pero en 1932 –y también ahora– eso a todos los mexicanos les valía madres, así que para fines prácticos La Nacional inauguró en México la era de los rascacielos.

Por cierto, el edificio tiene unos inmensos pilotes de concreto a 50 metros de profundidad a fin de encontrar un suelo de roca sólida en donde empezarlo, por lo cual La Nacional es casi tan grande hacia abajo como hacía arriba. Este fue el sistema antisísmico de la edificación.

En la década de los 30, La Nacional fue el símbolo de nuestro petite manhattan y la Avenida Juárez nuestra Quinta Avenida, aunque hoy es una avenida de quinta que lucha por recuperar su antiguo esplendor.

Frente a las oficinas de la compañía de seguros La Nacional, justo cruzando la calle, al otro lado de la avenida San Juan de Letrán –hoy Eje Central Lázaro Cárdenas– estaban las oficinas de La Latinoamericana, Compañía de Seguros para la Vida S.A., es decir, de la competencia, y al dueño de La Latinoamericana, el señor Miguel Macedo y Boubée, se le agrandaban sus úlceras gástricas cada vez que veía desde las ventanas de su despacho las oficinas de La Nacional. Y es que ni cómo ayudar al edificio de La Latinoamericana por aquellos años.

Una enloquecedora envidia corroía al señor Miguel Macedo y Boubée, que ya no quería recibir a sus clientes en sus oficinas para que no vieran el impresionante edificio de sus competidores, y cuando no le quedaba más remedio que hacerlo, siempre les comentaba que a los de La Nacional los iba arruinar su maldita soberbia por haber realizado una construcción de ese tamaño en una zona sísmica, pues en cuanto llegara el primer temblor, su torre se iba a desplomar como un castillo de naipes. A estos argumentos sus clientes siempre le contestaban “¿Qué decías?”, sin dejar de babear, ni de quitarle los ojos de encima al edificio de La Nacional mientras estaban en un extraño éxtasis hipnótico.

Sombras nada más

El dueño de La Latinoamericana sufría diariamente al comprobar que cuando llegaban por la mañana a su trabajo, la sombra de sus oficinas apenas cruzaba la calle de San Juan de Letrán, y al atardecer la sombra de la torre de La Nacional tapaba todo su edificio. Literalmente, su competidor le hacía sombra, y para acabarla de fregar, el famoso terremoto justiciero que tanto había profetizado no’más no llegaba, así que el señor Miguel S. Macedo y Boubée decidió consagrar su vida a levantar un edificio que opacara al de La Nacional: sí, la Torre Latinoamericana, que con sus 182 metros y sus 48 pisos cambió por completo el paisaje de la ciudad de México y zanjó de manera abrumadora y definitiva el tema de quién la tenía más grande (la oficina, desde luego).

La Torre Latinoamericana ostentó durante décadas el título de ser el edificio más alto de Latinoamérica, y fue también la primera construcción hecha en nuestro país que por fin rebasó la altura de la legendaria Pirámide del Sol en Teotihuacan.

El señor Miguel Macedo hipotecó hasta a su perro con tal de sacar los recursos para su descomunal proyecto. No le bastaba con que su oficina fuera más grande que la de la competencia, tenía que ser escandalosamente enorme, así que despedía a los ingenieros o arquitectos que le proponían menos pisos. Esta obsesión hizo que se inventaran para este edificio desarrollos tecnológicos únicos, como sus famosos cimientos hidráulicos. Su éxito fue tan rotundo que legitimó las megaconstrucciones en la Ciudad de México, que antes estaban prohibidas.

La idea del señor Miguel era que su gigantesca torre se convirtiera en el gran activo de su aseguradora, y con esto respaldara financieramente su empresa. Pero el negocio no le salió, la Torre que prometía fortunas en rentas jamás se llenó, entre otras cosas por la gran objeción de que no tenía estacionamiento, y el costo operativo de ese gran elefante blanco terminó por quebrar a la aseguradora. Hoy la Torre Latinoamericana sigue prácticamente vacía y pertenece a un fideicomiso del gobierno y la iniciativa privada que aún no sabe qué hacer con ella. Para como están las cosas, tal vez si la convierten en estacionamiento se podría por fin concretar el negociazo que el señor Macedo Bubée siempre soñó.

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