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Nación

No discrimines mi piel

A pesar de los avances legislativos, las personas tatuadas todavía son víctimas de una constante discriminación debido a su apariencia física, por ello es necesario que la sociedad entienda que la tinta en la piel es un impedimento tan absurdo en la vida de las personas como el tinte de su cabello o el color de sus calcetines

POR Revista Cambio Fecha: Hace 11 months
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POR ÓSCAR BALDERAS

Una bruja que se sujeta el cabello y abre los brazos, ese fue el tatuaje que creyó ver el pastor cristiano Eduardo Pacheco cuando miraba las piernas de Jacqueline. Era marzo de 2016 y ella participaba en un debate televisivo sobre el discurso homofóbico de una película mexicana que, en aquellos días, estaba en cartelera; Jacqueline defendía el matrimonio igualitario y, enfrente de ella, tres hombres clamaban por el matrimonio como exclusividad de la mujer y el hombre. Desde su casa en Saltillo, Coahuila, el pastor seguía atento la transmisión en vivo cuando vio un tatuaje en la pantorrilla de la activista, tomó una fotografía y la subió a sus redes sociales.

“El tatuaje más usado por las lesbianas. ¿Usted qué conclusión saca?”, publicó el pastor, quien también es presidente del grupo de ultraderecha Rescatando a la Familia. Inmediatamente, sus fanáticos en Facebook siguieron el juego que el religioso quería: desacreditar a Jacqueline y sus https://kiteessay.com/essay-writing-service myssay.com myssay.com opiniones sobre derechos humanos únicamente por estar tatuada.

En minutos, Eduardo Pacheco convirtió su perfil en un muro al que sus seguidores aventaban piedras: enferma, diabólica y satánica fueron sólo algunas de las palabras usadas para referirse a Jacqueline. Unos más, salieron de Facebook y se concentraron en Twitter donde ubicaron su cuenta personal y allá dirigieron más insultos: asquerosa, depravada, pervertida, eran los adjetivos usados con el propósito de señalarla. Cuando la activista dejó el set de televisión, su teléfono no dejaba de vibrar. Llegaban más mensajes de odio por minuto de los que podía leer.

Jaquecline recuerda que, al principio, le pareció risible que un simple tatuaje pudiera desatar tanta saña. Además, sus atacantes estaban equivocados: no existe un dibujo “oficial” que identifique a las personas lesbianas, ni ella es homosexual, ni su tatuaje era una bruja, sino un ave que sobrevuela un maguey para honrar aquel día en que ganó el Premio René Cassin de Derechos Humanos.

Toda esa polémica, creyó, pararía unas horas después. Pero los trolls estaban enfurecidos con su tatuaje. Las agresiones escalaron: aparecieron grupos de oración que pedían públicamente “orar por el alma” de la activista e, incluso, gente que promovía que la apedrearan si la veían en la calle. De pronto, el acoso ya no era un tema de risa.

Esa tarde, un pensamiento siguió a Jacqueline L’Hoist hasta su oficina en la capital del país: si a ella, quien ostenta el cargo de presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (Copred), le pasaba esto, ¿qué le estaría sucediendo a otros ciudadanos que tienen tatuajes?

MITOS DE ODIO

“Es de marihuanos”, “Nadie te va a dar trabajo”, “No vas a tener cartilla militar”, “Si me pasa algo, no te van a dejar donar sangre”, “Ahorita te parece una buena idea, pero cuando estés vieja y tatuada te vas a ver ridícula”, “¿Qué ejemplo le vas a dar a tus hijos?”, “Además de prieto ¡tatuado! Van a pensar que saliste de un reclusorio”, ¿cuántas de estas frases hemos escuchado cotidianamente en México cuando manifestamos el deseo de tatuarnos?

Durante años, el “buen juicio” de la sociedad dictó que los tatuajes eran indeseables, principalmente porque atentaban contra el principio religioso de que cada cuerpo es un templo y que, como lugar sagrado, debe permanecer inmodificable. Ir deliberadamente en contra de esa norma social conllevaba la idea de que, entonces, no se valía protestar si se te negaban ciertos derechos básicos. No darte un empleo para el cual estabas calificado, negarte servicios básicos de salud, no poder entrar a un parque de diversiones o a la universidad que desearas… esa era la sanción por “desobedecer”. Y durante décadas parecía que eso estaba bien.

Fue hasta 2003, menos de 15 años atrás, cuando el entonces presidente Vicente Fox decretó la primera Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, y entonces el tema se integró al debate público. Esa norma castigaba con multas económicas a quienes negaran o restringieran los derechos o libertades de personas por 12 causales diferentes, entre ellas sexo y discapacidad. Pero la ley olvidó una: la no discriminación por apariencia física, que protege el derecho de las personas a la autodeterminación, es decir, a lucir como se quiera.

Excluir esa causal fue una oportunidad desperdiciada para proteger a las personas con tatuajes o perforaciones. Fue hasta 2007 que se creó el primer instrumento con el propósito de medir cómo se sentía esa población: la Primera encuesta nacional contra la discriminación y por los derechos de las personas tatuadas y perforadas. Esta halló que el 50 % de los encuestados dijo haber sufrido un trato diferenciado por su apariencia.

Los resultados de ese sondeo sirvieron para que los primeros activistas en el tema, como Dante Salomo, exigieran que se agregara la no discriminación por apariencia física en la ley. La pelea fue dura y cuesta arriba: cientos de empresas defendían su supuesto “derecho” a discriminar bajo el argumento de que eran espacios privados y podían tener “códigos de ética” o “códigos de vestimenta” propios. Finalmente, tras siete años de lucha, la apariencia física fue protegida a nivel federal.

Si alguien observa hoy las mediciones más recientes de discriminación, como la Encuesta sobre discriminación en la Ciudad de México, publicada este año por el Copred, pensaría que el trato diferenciado a personas tatuadas quedó en el pasado. De una lista de 41 grupos que son percibidos como los más vulnerables, donde los indígenas van hasta arriba de la tabla con 17 %, las personas tatuadas o con perforaciones son mencionadas sólo con un mínimo porcentaje del 1.2, mientras que las quejas de esa población no suman ni el 5 % del total anual en la capital.

Sin embargo, esos resultados hay que leerlos con cuidado. De acuerdo con Jacqueline L’Hoist, el tatuaje es un “pretexto” para discriminar por el color de piel o nivel socioeconómico. Las cifras han bajado porque, en el fondo, el rechazo a la modificación corporal esconde clasismo y racismo, las dos causales más altas en el país.

“En este tema depende quién es la persona tatuada. Si eres deportista, blanco y tienes dinero, entonces tu tatuaje es cool, se ve muy bien, te van a tomar fotos. En cambio, si eres moreno y de un nivel socioeconómico bajo, te van a criminalizar, van a estereotiparte como delincuente o como un vago”, dice la presidenta del Copred.

Roberto Castillo, director de la asociación civil Mi capacidad no es tatuada, es demostrada, también cree que, pese a los avances legales, aún hay un largo camino que recorrer para personas como él y para los ocho de cada 10 profesionistas mexicanos que tienen un tatuaje, según la firma de empleo OCC Mundial. El siguiente reto, asegura, es pasar del “te contrato con tatuajes, pero tápatelos” a la celebración de la diversidad.

En palabras de Matrushka, otra activista antidiscriminación con más de 18 tatuajes en el cuerpo: “Hay que enseñar que la tinta en la piel es un impedimento tan absurdo en la vida de las personas como el tinte de su cabello o el color de sus calcetines”.

Aquella tarde de 2016, el hijo mayor de Jacqueline L’Hoist se comunicó con ella. Los grupos próvida y antitatuajes habían llegado hasta sus redes sociales y lo estaban hostigando. Aquello ya era demasiado. La funcionaria tomó el teléfono y habló con sus contactos a fin de que ayudaran a frenar el linchamiento en su contra, que amenazaba con desbordarse de las redes y pasar a lo físico.

Más tarde, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal tuvo que aprobar un punto de acuerdo con el objetivo de exigir que detuvieran el hostigamiento en su contra. Y para Jacqueline aquello le pareció una locura: todo eso por un tatuaje, uno que ni siquiera era lo que sus enemigos decían.

Hoy, además de tomarse personal la cruzada antidiscriminación de tatuajes, Jacqueline L’Hoist se ríe cuando recuerda los dichos de su madre: “No te anotes los teléfonos de tus amigas en los brazos, porque pareces presidiaria”. Y se soba los diseños que se inyectó bajo la piel: el ave que sobrevuela el maguey y una flor va casi desde el codo hasta la muñeca derecha.

“Por ahora, no creo hacerme otro tatuaje… o quién sabe, tal vez me pase algo bonito y me lo vuelva a hacer. Y lo mostraría muy orgullosa. Nada de tapármelo”.

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