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Nación

Reconstrucción… ¿por dónde empezamos?

Foto: Especial

Las impactantes consecuencias de los grandes fenómenos naturales, como el terremoto del pasado 19 de septiembre, son sólo una muestra más de que urge que la Ciudad de México invierta en planeación resiliente pues no se necesita un gran temblor a fin de que todo se vuelva un caos, basta una lluvia torrencial para que todos lo comprobemos: esta ciudad está llegando a su límite y urge un plan de rescate

POR Revista Cambio Fecha: Hace 1 month
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POR SEBASTIÁN SERRANO

El miércoles 6 de septiembre se desbordó el río San Buenaventura en Xochimilco, inundó varias zonas y dejó totalmente anegada la glorieta de Vaqueritos, con los carros que en ese momento transitaban por ahí, lo cual trastornó por completo el Anillo Periférico en el sur desde las 18:00 hasta las 23:00 horas. La gente dejaba sus carros como podía en los camellones de Periférico y simplemente se dormía, o cruzaba la avenida en busca de un baño o un lugar dónde comer. No hubo un solo policía, ninguna indicación para controlar el tráfico en medio del caos, nadie que evitara que los carros entraran al embudo. Unos días después, esta escena se repetía en el norte de la ciudad, en la zona del paradero de Indios Verdes.

Menos de una hora después del sismo del 19 de septiembre, la ciudad volvió a quedar colapsada, esta vez la gente estaba ansiosa por saber cómo estaban sus seres queridos y buscaba llegar a toda costa a donde se encontraban; las principales vialidades del norte y sur de la ciudad se volvieron embudos incontrolables. El tráfico fue una pesadilla durante horas para los que no lograron salir a tiempo. Estos son sólo unos casos de los muchos que ha vivido la ciudad a lo largo de este año.

Cuando le comento esto a Daniela Torres, subdirectora de la Oficina de Resiliencia de la Ciudad de México, me responde que tanto las inundaciones como el sismo han demostrado que no hay una planeación resiliente. “La ciudad ha dejado de invertir en cosas básicas y ya no somos tan reactivos, se debe invertir en una buena planeación, la urbanización no está ordenada y colapsa. El sismo demostró que la sociedad responde, la gente está dispuesta a apoyar, la academia, la industria, pero se requiere rehacer los planes y el control del desarrollo urbano, nos estamos quedando cortos”.

Según información de la Estrategia de Resiliencia de la Ciudad, el terremoto de 1985 afectó en un solo evento a más de 25 000 personas –según cifras no oficiales publicadas por medios de comunicación–, aunque las cifras oficiales dicen que los afectados fueron sólo 6 000. Sin embargo, los riesgos hidrometeorológicos han tenido repercusiones más frecuentes y han afectado a un mayor número de personas –más de 49 970 durante el periodo de 1980 a 2013.

Al respecto, Daniela reconoce que sin duda el manejo del agua es un reto enorme para la ciudad, no únicamente las inundaciones, también la escasez que se intensifica cada año y genera efectos directos en la ciudadanía y su patrimonio, así como los riesgos de salud pública. Estas situaciones provocan que se pierda eficiencia y productividad en la ciudad.

SOBREVIVIR, inSUFICIENTE

La organización Internacional 100 Ciudades Resilientes define la resiliencia como la capacidad de las personas, comunidades, empresas y sistemas que se encuentran dentro de una ciudad para sobrevivir, adaptarse y crecer, independientemente de los tipos de tensiones crónicas e impactos agudos que experimente.

La Oficina de Resiliencia de la CDMX fue aprobada por decreto precisamente un día antes del sismo, pero sus diversos profesionales han trabajado como consultores externos desde el 2016. Desempeñan una labor de liderazgo con el propósito de juntar a múltiples actores de la sociedad civil, academia e iniciativa privada para llevar a cabo proyectos concretos que impulsen un mejor desarrollo urbano. Apoyan en los procesos desde la planeación, al crear talleres con diferentes actores con la finalidad de identificar los beneficios, los principales participantes y las contribuciones que se van a lograr.

Precisamente en uno de estos talleres se generó el estudio Hacia una Ciudad de México sensible al agua, elaborado por Urbanisten y Deltares, consultores holandeses que se han dedicado a asesorar a diversas urbes en el mundo en materia de gestión estratégica del agua.

Le pregunté a Florian Boer, uno de los especialistas de Urbanisten que participó en la elaboración del estudio, qué tanto se puede aplicar un desarrollo resiliente en una ciudad tan compleja como la CDMX. “Sí es posible pero debe realizarse paso a paso. La dificultad es que distintos problemas no tan complejos se interrelacionan, lo cual hace que aumente su dimensión. Por ejemplo, la dinámica actual de drenar el agua de lluvia, que significa la falta del recurso en tiempo seco, ocasiona que se bombee más agua del acuífero, lo que provoca los hundimientos. A esto se le suma un desarrollo urbano en el que impera la construcción de estructuras impermeables que provocan que el agua de lluvia escurra con mayor potencia y genere más estragos, afectando a más personas y sus propiedades. En la actualidad, para solucionar esto, lo que se hace es buscar sistemas de drenado más rápidos (más tubos, más profundos). Este ciclo debe romperse, para lograrlo se requiere empezar por retener el agua de lluvia y permitir que se vuelva a infiltrar. El drenado definitivamente se debe detener. Esto va a significar un cambio riguroso en la cultura e intervenciones a gran escala (o muchos, muchos proyectos pequeños). Es un desafío muy grande, técnica y ambientalmente posible, pero a nivel político… no estoy tan seguro”.

A partir del estudio se empezó a trabajar en un proyecto que pretendía desarrollar un parque sensible al agua en la colonia Vicente Guerrero, en Iztapalapa, sin embargo, se quedó en el diseño porque los fondos se detuvieron en diciembre de 2016. “No se comprende cómo la Conagua y Sacmex invierten una gran cantidad de dinero en proyectos como el Túnel Emisor Oriente (TEO) que ha significado una inversión de 1.6 billones de pesos gastados durante cinco años para 48.5 km. Aunque la falta de presupuesto es una excusa común, parece que el verdadero asunto es la falta de disposición a fin de desarrollar proyectos integrales de manejo del agua, porque significa que van a tener que compartir parte del reino que les pertenece”, agrega Florian.

Le pregunto que si el estudio que ellos elaboraron lo conocen las autoridades de Sacmex o Conagua. Me contesta que “no mucho”, que personal de Sacmex estuvo presente durante los talleres pero que habían permanecido mentalmente ausentes. “No se envió ningún representante de alto nivel, sólo alguien para rellenar un espacio por obligación”. Por otra parte, Bas van de Pas, analista de Deltares, comenta que su experiencia con Sacmex ha sido más positiva: “En este momento estamos trabajando en la estrategia hídrica para Xochimilco, en referencia a ese proyecto sí hemos tenido contacto con Sacmex y nos han compartido todo tipo de información, sobre el sistema y cómo funciona. Así que yo considero que pueden tener deseos de participar pero es importante encontrar la forma adecuada de contactarlos e involucrarlos”.

DESARROLLO RESILIENTE

La ciudad está llegando a un punto crítico en cuanto a la carencia de los servicios. Con el propósito de exigir a los desarrolladores inmobiliarios que hagan algo por mejorar las condiciones en las zonas en donde quieren construir, el Gobierno implementa el esquema de Sistemas de Actuación por Cooperación (SAC). Con esto se busca que en una zona específica, por ejemplo Alameda- Reforma, comités ciudadanos, diferentes organismos de gobierno y las constructoras generen los lineamientos que los lleven a realizar proyectos y obras específicas de infraestructura, equipamiento y cuidado del espacio público.

Daniela comenta que en muchos casos el desarrollo sin control y corrupto le gana al desarrollo resiliente que permita una ciudad digna para vivir, incluyente, adaptativa, con múltiples beneficios: una ciudad más equitativa en donde todos tengamos acceso a agua de calidad, a una red de transporte consolidado y eficiente, en donde se priorice el espacio público. Por eso para ella el hecho de que la resiliencia haya quedado como principio de buen gobierno en la nueva Constitución de la Ciudad es un logro, ya que todos los programas y procesos deben incluir acciones con el objetivo de cumplir este objetivo. “Algo bueno tiene que salir del sismo, que quede claro que la corrupción mata y que nosotros como sociedad empecemos a exigir que se rindan cuentas, que haya más transparencia”.

Para Florian, provocar que la Ciudad de México sea resiliente conlleva retomar su esencia hídrica. “Sólo llueve durante unos meses, pero esta lluvia puede ser suficiente para llevar a una urbe próspera y verde (los aztecas lo demostraron hace unas centurias, y respetaron el lago, claro está). La precipitación media anual de la ciudad es igual a la que cae en Holanda, aunque en México cae durante 4 meses. Si logramos retener esta agua en parques, lagos, techos, en el suelo e infiltrarla al acuífero, podremos empezar a recuperar el balance hídrico de la ciudad, con lo cual habría muchos beneficios: mitigar y prevenir inundaciones, luchar contra las sequías, detener la subsidencia del suelo, que la ciudad sea más verde y por lo tanto más fresca; incluso ayudaría a reducir los niveles de estrés y provocaría efectos positivos en la salud, generar espacios de reunión y convivencia social, especialmente en zonas marginadas. Sería una respuesta contraría al espiral decreciente de problemas actuales, la esencia de retener el agua puede empezar a iniciar un ciclo ascendente”.

Cinco ejes de trabajo de la Estrategia de Resiliencia de la CDMX:

1. Fomentar la coordinación regional entre la Megalópolis y la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) con el propósito de que generen una agenda común en temas clave, como agua y transporte.

2. Impulsar la resiliencia hídrica como nuevo paradigma para el manejo del agua en la cuenca de México.

3. Planear para la resiliencia urbana y territorial.

4. Mejorar la movilidad mediante un sistema integrado, seguro y sustentable.

5. Desarrollar la innovación y la capacidad adaptativa.

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