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Nación

Un cine de esos que... ¿ya no hay?

Normalmente uso mi laptop para ver estas películas, 
pero cuando escuché que todavía existían algunos cines porno en la Ciudad de México, la emoción se desbordó y sentí como si Papá Noel se hubiese deslizado por la chimenea a fin de dejar regalitos. ¡Tenía que conocer esa experiencia!

POR Revista Cambio Fecha: Hace 6 months
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POR JULIÁN VERÓN

Tengo una relación complicada y tormentosa con el cine. Me cuesta explicar por qué casi no voy, pero abrir mi armario, buscar ropa e ir a compartir una sala con mucho volumen junto a otros seres humanos que no sé si se van a comportar mientras yo trato de ver una película, me cuesta un montón. Perdón. Prefiero ver películas en Netflix o cualquier otro sitio de Internet que las tenga listas. No me gusta esperar.

Sin embargo, cuando escuché que existían algunos cines porno en la Ciudad de México, la emoción se me desbordó y sentí como si Papá Noel se hubiese deslizado por la chimenea de mi hogar para dejar regalitos. Veo porno solo, en mi laptop normalmente, aunque imaginarme la calidad de la experiencia que podía ser ver una película de este estilo con grandes amplificadores, palomitas y gente alrededor despertó en mí un gran morbo. Además, imaginé que de seguro iba a ser una película porno, pero con tramas y diálogos. Algo como Misión Imposible, sólo que en vez de que Tom Cruise sacara una pistola iba a sacar su pene. Sí.

Busqué en Google, mi amigo fiel, y encontré que el más cercano a mi hogar era el Cinema Río. En los comentarios del lugar decía que “recomendaban ir en pareja”, así que tuve que encontrar una. No pensé que iba a ser tan fácil enviar un mensajito de WhatsApp diciendo “¿quieres ir al cine… porno?”, pero lo fue. Dios bendiga la poca cercanía que ofrecen las mensajerías instantáneas. Nada te puede dar pena por WhatsApp.

Mi compañera aceptó y pedimos un Uber hacia el Cinema Río, que queda en República de Cuba 81. Al llegar, me sentía más en una escena de acción de una película de Tarantino esquina con Kubrick que en un “cine”. La cartelera del cine está caída, sólo se puede leer “Ci”; además, la paleta de colores que rodea la entrada del local te hace sentir parte de un Instagram decadente, pero cool. Verde, amarillo y rosado eran los tonos más prominentes.

La entrada por parejas estaba en 140 pesos, así que no era un precio barato. La película que decidimos ver era Los secretos de Melanie, un nombre bastante genérico de porno XX que encuentras en The Film Zone a la medianoche y terminas bien decepcionado porque lo máximo que pudiste ver fueron dos pezones mientras sonaba de fondo “Careless Whisper” de George Michael. El vendedor tenía un tatuaje debajo de su cara, no recuerdo si era una lágrima o una especie de almendra; no lo miré mucho porque yo no estaba de muy buen humor. Cobró, entregó tickets y nos señaló la sala. Al entrar, observé que había decenas de sillones rosas, la película ya había comenzado y había varias parejas sentadas. No queríamos estar cerca de la gente, la verdad, pero teníamos que acercarnos lo más posible para que yo pudiera espiar qué estaban haciendo y qué no. Voyerismo, le llaman.

Una pareja estaba acariciándose: el hombre tenía la mano sobre el cabello de la chava y con su otra mano se estaba frotando el pene. Los dos vestidos, sin nada más de acción. Era como el precopeo.

Aposté con mi acompañante a que varias de las chavas que estaban ahí eran prostitutas, ya que las largas botas de cuero, olor a perfume de bebé, sus prendas hechas de una especie de nailon brillante y el maquillaje ostentoso las delataban. O tal vez yo me perdí esta moda.

La película no era como pensé, no era parte del catálogo de The Film Zone: era porno real y salvaje. Se trataba de una señora de servicio que tenía sexo con cada persona de la familia para la que trabajaba. Así que Los secretos de Melanie iban por ese lado, tenía sexo con el padre de familia, su esposa, su hijo, su hija, y así. Gran guion.

A medida que Melanie tenía sexo con la familia, yo veía cómo las parejas iban tocándose más. Observé chavas dando sexo oral, dedos entrar en cualquier lugar, y hasta tipos masturbándose solos, con sus acompañantes viendo la película. Sin embargo, mi personaje favorito fue un oficinista de corbata horrible, seguramente sacada de una tienda departamental con descuento. Era el típico Godínez con gel en el cabello, barriga bien trabajada y zapatos brillantes. Este hombre nunca tocó a su compañera, literalmente estaban viendo la película. Melanie de seguro les pareció un personaje interesante.

Al principio me sentí incómodo, y mi acompañante también. Pero ya luego de 40 minutos, ver a gente tocándose o recibiendo sexo oral se convirtió en algo normal en esa sala con sillones rosas. Quizás el ser humano tiene la capacidad de normalizar cualquier comportamiento o situación, solamente tenemos que pasar el suficiente tiempo en ella para acostumbrarnos. Somos animales que se adaptan.

No me sentí caliente, ni de cerca. Era más bien estar dentro de una sala decadente, e imaginaba cómo probablemente el 90 % de las situaciones que sucedían en esa sala eran adulterios o sexo oral pagado. El aire que se respiraba era más bien parecido a una mezcla entre perfume de bebé y orégano. No me pregunten por qué, pero había un extraño olor a orégano. Quizás habían parejas comiendo pizza luego de recibir sexo oral. No es mala idea.

Sí, fue más entretenido que ir a un cine común, aunque me fui del lugar sin entender por qué en vez de ver una terrible película porno no van y alquilan una habitación en algún motel. ¿Será el precio?, ¿Melanie?, ¿el olor a orégano?, ¿o el tatuaje en la cara del vendedor de boletos? Nunca lo sabré.

Salimos del cine directo a buscar alcohol, porque luego de tanto orégano nos dieron ganas de tomar chelas. Y quizá comer pizza.

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