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Enemigo de todos

La barbarie contra la civilización, el eje narrativo de todo buen western, es la columna que sostiene a esta cinta, nominada a cuatro premios de la Academia, incluída la categoría de Mejor Película
13 de Febrero 2017
Cine_Especial
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E n el corazón del western como género fundacional del cine norteamericano conviven dos fuerzas en eterna batalla: la barbarie contra la civilización. Así, todo western debe mostrar ese debate entre el triunfo de las instituciones (el sheriff del pueblo) contra la ley del talión (los forajidos), el deseo de vivir en paz y armonía contra el caos en el cual solo los mejores armados sobreviven.

Así ha sido con todos los westerns, desde los primeros de John Ford en la década de los años cuarenta hasta el día de hoy con Hell or High Water, la más reciente cinta del cineasta norteamericano David McKenzie que –elementos más, elementos menos– se trata de una especie de western moderno que sucede al sur de Texas.

En esta cinta conocemos a dos hermanos, Toby (Chris Pine) y el recién exconvicto Tanner (Ben Foster) quienes se dedican a robar bancos. El plan es dar varios golpes a una cadena de bancos de poca monta que tiene seguridad mínima, cuidando siempre ser rápidos y no dejar huellas (se deshacen de los carros, roban cierta cantidad, son cuidadosos en los horarios). El objetivo es juntar el suficiente dinero para que un banco no se quede con la casa de Toby, único patrimonio que tiene para dejarle a sus hijos y exesposa, la cual está hipotecada.

Como todo western obliga, los forajidos no se irán fácil con el botín. La policía local se entera de los robos y asigna el caso a Marcus Hamilton (extraordinario Jeff Bridges), un viejo ranger de Texas que va acompañado de su compañero, el mitad mexicano, mitad indio, Alberto (entrañable Bill Birmingham). A regañadientes, Marcus acepta el caso, y es que, para rizar más el rizo, resulta que le queda un par de semanas en activo antes de entregar la placa y dedicarse a su retiro.

El alma en Hell or High Water está en las conversaciones entre estas dos caras de la misma moneda. Toby vive una auténtica tragedia, pues estamos en plena crisis hipotecaria de los Estados Unidos por lo que el banco dejará en la miseria a sus hijos si no consigue el dinero. Tanner, en cambio, está en el negocio no por el negocio mismo, sino por la adrenalina. Las escenas de los robos se tornan angustiosas por ese motivo: la moral se vuelve ambigua cuando, como espectador, te das cuenta de que quieres que Toby se lleve el dinero, pero tampoco hay empatía con su hermano Tanner, quien siempre pone en peligro todo el plan.

Y luego están los sheriffs, en un delicioso esgrima verbal entre el amigablemente racista Marcus (solo se puede ser así de racista cuando en el fondo respetas a alguien) y su amigo Alberto, al que siempre molesta por sus orígenes indígenas y mexicanos.

Este es el gran truco de la película. ¿Dónde están los malos?, ¿realmente podemos condenar las acciones de Toby?, ¿acaso no es entrañable la tozudez de Marcus?, y peor aún, ¿de qué lado vamos a estar cuando ambos bandos inevitablemente se enfrenten cara a cara?

El juego se complica, pero el director, David MacKenzie, sabe las reglas y no las rompe: por supuesto que hay villanos entre los dos bandos, y esos villanos son los bancos. Gane quien gane, dispare quien dispare, los bancos siempre van a recuperar su dinero de una u otra forma.  Y en ese sentido, Hell or High Water (nominada a Mejor Película en la próxima entrega de los Óscar) es un western perfecto para esta era, porque pone en perspectiva a esa otra América, aquella devastada con la crisis, la que se ha quedado sin casa, la América que votó por Trump como una forma de protesta ante un sistema que los dejó en la calle. ¿Los podemos juzgar por ello?

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