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La ruta de Lance (parte I)

16 de Diciembre 2018
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H ay historias de vida que, por más que se quiera, no pueden pasar desapercibidas para nadie y tienen que ser contadas en libros, películas, documentales y series de televisión, con el fin de que sean recordadas durante mucho tiempo, pues se cree que nos dan mensajes en torno a lo que se debe o no se debe hacer.

Una de estas historias es la del ciclista tejano Lance Armstrong, quien ha pedaleado una ruta del cielo al infierno, y viceversa, en más de una ocasión; una travesía épica, tortuosa y delirante, en la que se le ha visto caer, levantarse, pelear, hacer trampa, humillar, triunfar, perder, humillarse, mentir, redimirse…

Armstrong representa la condición humana encarnada en una sola persona, y lo que es peor (¿o mejor?), la condición humana encarnada en un personaje público y mediático, de esos que dan rating, venden periódicos, son perseguidos por los paparazi, y todas las cadenas de televisión lo quieren tener en su prime time con el objetivo de que haga una nueva confesión.

Desde siempre, Lance fue un superdotado para los deportes. De niño, fue campeón estatal de natación. Luego, participó en competencias de triatlón y se dio cuenta de que no lo hacía nada mal, principalmente al montarse en la bicicleta, donde le sacaba buena ventaja a sus oponentes. Antes de cumplir los 16 años ya era campeón nacional de triatlón en la categoría juvenil, en la que la mayoría de sus rivales eran chicos de 19 años. De ahí, saltó a lo que lo marcaría de por vida: el ciclismo profesional.

En 1992, cuando estaba por cumplir 21 años, participó en la prueba de ruta de los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde terminó en el lugar 14, algo que no le gustó nada. Después de eso, uno de sus entrenadores le ayudó a conseguir el patrocinio del equipo Motorola –uno de los más fuertes en el ambiente del ciclismo–, y al año siguiente logró adjudicarse, en Oslo, el Campeonato del Mundo en ruta, al derrotar al mítico pedalista español Miguel Induráin.

A ese triunfo en Noruega siguieron logros importantes en algunas etapas de distintas competencias europeas (Vuelta a España, Giro de Italia, Tour de Francia) y a partir de ese momento los reflectores voltearon hacia él. Sin embargo, en 1996, cuando tenía 25 años, su rendimiento comenzó a bajar drásticamente. Se esperaba que en los Juegos Olímpico de Atlanta se llevara dos medallas de oro, una en la prueba contrarreloj y la otra en ruta, pero terminó en los lugares 6 y 12, respectivamente.

En octubre de ese año le detectaron un cáncer testicular con metástasis pulmonar y cerebral. El ciclista se sometió a una operación en la que le extirparon un testículo, y luego a otra más para que le quitaran unos pequeños tumores en el cerebro. Además, Armstrong debió someterse a sesiones muy agresivas de quimioterapia con el propósito de frenar el avance de la enfermedad. Aun así, los médicos le dijeron que tenía menos del 40 por ciento de probabilidades de sobrevivir.

Su suerte cambió cuando, en el Centro Médico de la Universidad de Indiana, conoció al doctor Lawrence Einhorn, quien estaba desarrollando un tratamiento experimental contra el cáncer testicular, en el que las quimioterapias no afectaban ni disminuían en lo más mínimo su capacidad pulmonar en caso de que lograra sobrevivir, lo que a la postre sería fundamental para salvar su carrera deportiva.

*Periodista especializado en cultura.

@rogersegoviano

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