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Cine-TV

El porvenir

Foto: Especial

La vida de Nathalie es perfecta. Ella incluso se jacta de ser intelectualmente feliz, pero de un momento a otro, toda esa superioridad se desmorona frente a sus ojos, como una prueba de supervivencia y renacimiento

POR Alejandro Alemán Fecha: Hace 1 month
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Al inicio de El porvenir –quinto largometraje de la nueva revelación del cine francés, Mia Hansen-Løve– su protagonista, Nathalie (extraordinaria Isabelle Huppert), se jacta de, si bien no tener una vida perfecta, al menos se siente “intelectualmente feliz”. Profesora de filosofía, casada desde hace décadas, madre de dos hijos ya independientes y varios libros publicados, siente que su vida está resuelta. Siempre con un libro en la mano y varios libreros que topan las paredes de su modesto departamento, Nathalie es feliz con su vida en constante plática filosófica sobre el ser, la libertad, la existencia de Dios.

Sin embargo, como es común en el cine de Hansen-Løve, la directora y también guionista cuestiona las preconcepciones de sus personajes en un juego cruel de supervivencia y renacimiento, derribando poco a poco los pilares sobre los cuales descansaba su felicidad y arrogancia a fin de ponerlos a prueba en el amanecer de una nueva vida.

Así, cual chiste del destino, el mundo perfecto de Nathalie empezará a desmoronarse frente a sus ojos y ante nuestra mirada cómplice –ya sabemos, por adelantado, qué le espera: un marido que la engaña desde hace meses, un alumno que pensaba era ejemplar pero que se volvió anarquista, la editorial que muestra dudas para reeditar su libro, y su madre, cada vez más hipocondríaca y chantajista, quien no le permite estar sola ni un instante.

De un día a otro, la superioridad intelectual de la que presumía Nathalie no le sirve de nada. Un eco a lo que Michael Haneke haría en Amour (2012), donde una pareja de músicos muy relevantes poco a poco pierde la batalla ante la enfermedad. La vida no sabe de clases sociales, ni tampoco de grados académicos, nos pasa encima sin preguntar.

Nathalie, sin embargo, no se tira al drama. Estoica, asume una a una las pequeñas grandes tragedias que se le presentan. Y es aquí donde inevitablemente la actriz rebasa a la directora. Sin Huppert en el papel, esta historia no sería la mitad de disfrutable. Lo suyo es una actuación de autor, una actriz que hace propio al personaje, lo dota de volumen, espacio y cadencia. El estoicismo de Nathalie es en realidad el estoicismo de Huppert quien asume las sutilezas y el derrumbe emocional de su personaje, aunque este se niegue a demostrarlo.

Ganadora del Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín, Mia Hansen-Løve es una directora que no recurre al lucimiento visual. Lo suyo son las tomas directas, los cortes pausados aunque no contemplativos, los medios planos que siguen de cerca a sus personajes. Es en sus guiones donde Mia florece como gran autora, creando un cine que habla sobre la madurez aunque, irónicamente, el mensaje venga de una directora muy joven. Es el tipo de temas maduros que sólo la cinematografía francesa se da el lujo de filmar.

“Nunca me había sentido tan libre en mi vida”, dice Nathalie, y es cierto. Lo que antes teorizaba en los libros y en el salón de clase se ha convertido en experiencias ineludibles de vida. En el mundo de Mia Hansen-Løve, la madurez y el aprendizaje no terminan en la vida adulta, si acaso apenas inician.

L’avenir

Dirección y guion: Mia Hansen-Løve.

Producción: Charles Gilbert.
Francia, 2016.

Fotografía: Denis Lenoir.

Edición: Marion Monnier

Diseño de Producción: Anna Falguères.

Con: Isabelle Huppert, André Marcon, entre otros.

#cine#Revista Cambio
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