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Mundo

Enterrar el pasado

32-34

El resentimiento no se elimina por decreto. Más allá de los documentos firmados, de los fusiles entregados y las promesas de reintegración política, aún quedan varios temas fundamentales por resolver para asegurar que este nuevo proceso de paz cumpla las necesidades de la sociedad colombiana

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 semanas
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POR SEBASTIÁN SERRANO / BOGOTÁ, COLOMBIA

Una tarde de inicios de julio, se dio en Bogotá un encuentro impensable. Personas que se odiaban a muerte aceptaron reunirse en la casa provincial de la Compañía de Jesús, en Teusaquillo. De un lado de la mesa estaban antiguos líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), grupo paramilitar que nació con el propósito de proteger a los ganaderos y terratenientes, entrenados por antiguos miembros del ejército y mercenarios internacionales que lucharon por el control de las tierras por medio de masacres y terror, despojando y desplazando a inocentes. Del otro lado, los líderes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más vieja del mundo, que empezó reivindicando las injusticias sociales y campesinas de las zonas marginadas y terminó convertida en un ejército capaz de destrozar poblaciones enteras con pipas de gas, de colocarle a una mujer un collar bomba para inmolarla y de inventar armas absurdas y crueles como el burro bomba.

Quizá nunca se habían visto de frente, pero sí habían cruzado alguna bala perdida. Mientras  le apretaba la mano, Catacucumbo observaba a los ojos a Baez, la persona que había secuestrado y matado a su hermana por una venganza, en esa lucha fratricida en donde la espiral de venganza permitía que todo valiera. Dejando el odio atrás, los combates, los gritos y la sangre, el Alemán tenía ante sus ojos a Márquez, con el que se había enfrentado a fuego y bala en el Urabá, la región de Colombia en donde el conflicto dejó su rastro más doloroso de víctimas y personas desplazadas. Sanchis y Vecino también aceptaban darse la mano, olvidando las batallas encarnizadas en donde lucharon por el control de la costa caribe y la peor parte la llevó la población civil que tuvo que huir de la muerte y las amenazas de ambos bandos. Al romper de tajo con ese vórtice de violencia, aceptaron este encuentro de forma discreta que, más allá de discursos y actos públicos, es un símbolo de reconciliación.

Lo importante de esta reunión entre los líderes de las FARC y las AUC es que no se trata de un evento aislado. A lo largo de los últimos años, diferentes organizaciones, como Prodepaz, Cespaz, CVS, así como Fundación Paz y Reconciliación, por nombrar algunas, han buscado promover la reconciliación en los municipios, pero no mediante promesas, sino con programas y acciones concretas. Por ejemplo, desde hace 20 años, Prodepaz trabaja en las comunidades, y cómo lo explican en su página web, en la actualidad llevan a cabo 26 programas de desarrollo y paz, que buscan ser incluyentes y de amplia participación ciudadana, con el fin de superar las causas estructurales del conflicto social, político y armado.

El filósofo colombiano Guillermo Serrano resume muy bien cómo se vive este proceso en Colombia: “Más que un matrimonio ha sido un proceso de divorcio, en donde las dos partes se han maltratado, se sienten agotadas y heridas e incluso quisieran que la contraparte sufriera aún más. Sin embargo, ambos quieren que la vida siga y, sobre todo, que los terceros involucrados en su discordia puedan dejar de padecer sus violencias. Así que, cuando tienen un último gesto de sabiduría, acuerdan lo que es menos malo para todos porque ya no se puede deshacer el pasado. No están celebrando una victoria, sino una derrota que ya ha sido suficientemente amarga”.

Más allá de los documentos firmados, de los fusiles entregados y las promesas de reintegración política, aún quedan varios temas fundamentales por resolver a fin de asegurar que este nuevo proceso de paz sí cumpla las necesidades de la sociedad colombiana. El primero sin lugar a dudas es la justicia y reparación de las más de 8  millones de víctimas, casi la población de la Ciudad de México, que según información del Registro Único de Víctimas ha dejado el conflicto.

Renovación

Nancy Ospina tenía 15 años cuando desapareció su padre, se fue a un viaje de trabajo y nunca regresó, no supieron quién, cómo, dónde, ni porqué. Se cree que fueron las FARC, pero nunca hubo respuestas. Por eso ella se siente comprometida en aportar con el objetivo de que sane el conflicto y evitar que su situación la tengan que vivir otras personas. Trabaja con niños y adolescentes, desarrolla talleres de pedagogía para la paz, con el fin de preparar a las nuevas generaciones y asegurar que den un paso adelante hacia la reconciliación. Comenta que cuando va a los colegios escucha en los pequeños el eco del discurso de odio de sus padres, cargado de ataques y puntos de vista extremos: que los encarcelen, que les den bala, que paguen por lo que hicieron. Sin embargo, cuando se les sensibiliza sobre las implicaciones del proceso de paz –con música, arte y actos simbólicos–, comprenden lo que han vivido los otros y a tener más empatía.

“Se empiezan a construir nuevos imaginarios, por ejemplo, en un ejercicio un niño dibujó unas armas encerradas en un contenedor, ya no eran los fusiles activados disparando que hace unos años llenaban los dibujos. Cuando los niños se enteraban de que las armas que están entregando las FARC se van a utilizar para construir un monumento, se emocionaban”, agrega Nancy.

Ante la polarización que ha generado el conflicto, los políticos que buscan conseguir votos para las elecciones presidenciales de 2018 se aprovechan del dolor con la finalidad de alimentan el rencor a través de las redes sociales; nunca han tomado un fusil pero prefieren disparar confusión en vez de dar un paso para fomentar el diálogo.

De acuerdo con el politólogo colombiano Juan Sebastián Ortiz: “El desafío se encuentra en cómo bajar la intensidad a un discurso y narrativa política excesivamente polarizada y radicalizada entre sectores de derecha y centro derecha que se siguen oponiendo a la negociación, y constantemente desvirtúan el alcance e importancia que implica una negociación con uno de los principales actores del conflicto”. Agrega que es fundamental eliminar la narrativa estigmatizada que cataloga a unos como buenos y a otros como malos.

Por su parte, Nancy comenta que en su experiencia de trabajo en la Oficina de Víctimas de la Gobernación de Santander, ha comprendido que todavía existen dos colombias muy distantes, la rural y la urbana. Esto se manifestó en las votaciones para el referendo a favor de la paz, en donde en las ciudades, entre la indiferencia y la apatía, triunfo el No. Mientras que en el campo, en donde sí se vivió de forma directa la guerra, la gente se manifestó a favor del proceso, quiere que se termine una confrontación que sólo le ha traído dolor y ruina. Incluso la asociación de víctimas ha sido uno de los actores más activos en busca de eliminar el odio y apuesta por la reconstrucción con el propósito de que las personas  retomen su vida.

Empieza un nuevo país

En la actualidad persisten zonas en donde el Estado y la sociedad civil son muy débiles, las economías ilegales permanecen activas y los grupos armados acechan. Según información publicada en la revista colombiana Semana, se han identificado 170 municipios que permanecen entre el abandono y la violencia, donde la pobreza llega al 72 %, y además en el 92 % se cultiva coca. Juan Sebastián explica al respecto: “Desafortunadamente muchas de las zonas donde hacían presencia actores como las FARC, eran y siguen siendo zonas de economías ilegales y diversas formas de criminalidad (narcotráfico, minería ilegal, contrabando, etc.) que estaban ‘reguladas’ por este actor. Si no hay una presencia integral del Estado se corre el riesgo de que broten nuevas formas de violencia y disputas entre organizaciones criminales por el control de dichos territorios y sus recursos”. Situación que se ha dado en los últimos años, cuando las AUC entregaron las armas y algunos disidentes formaron bandas criminales; uno de los más poderosos han sido el Clan del Golfo, que ha cobrado varias víctimas y mantiene el control del narcotráfico en la zona del Urabá y el Pacífico, una de las más conflictivas del país.

Sin lugar a dudas, Colombia tiene el reto de empezar de nuevo a partir los escombros dejados por uno de los conflictos armados más largos y sanguinarios del mundo. El rencor, el odio, el dolor, deben sanar y generar la tierra fértil que sirva para que no se vuelvan a repetir las situaciones provocadas durante esa guerra atroz. Un desafío muy grande le queda al país y a su gente durante las próximas décadas, porque el gobierno actual del presidente Juan Manuel Santos ya va de salida; obtuvo el acuerdo firmado y el Premio Nobel de la Paz, pero los gobiernos que vienen después tendrán que afrontar la ejecución y financiamiento de los compromisos de desarrollo que necesitan las regiones olvidadas y marginadas en donde la guerra dejó sus peores marcas.

Nancy es muy optimista al vivir este momento histórico, lo considera un regalo de la vida, un detonante para romper con la espiral de odio que parecía crecer sin control. Considera que de esta forma aliviará ese sentimiento profundo de haber perdido a un ser querido, de saber lo que ha costado esta guerra. La impulsa la motivación de que Colombia puede cambiar, que ya nadie viva las consecuencias de la guerra, que nadie más tenga que esperar, a ver si algún día regresa su padre, su hijo. “Es fundamental la reconciliación y la empatía, comprender que las personas que hicieron daño, por lo general también fueron víctimas de la injusticia, de la pérdida de familiares, del reclutamiento forzado cuando eran niños, del abandono”. La desconfianza y la venganza deben quedar atrás y desde el reconocimiento del otro se tendrá que reconstruir uno de los países más diversos del mundo.   

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