Ojos digitales nos vigilan

En la ciudad del pasado, había policías patrullando las calles. En una smart city los suplen cámaras. ¿Hasta dónde debemos acostumbrarnos al gran hermano en aras de sentirnos seguros?

por Rogelio Segoviano

29 de Mayo 2017

Foto Revista Cambio

Febrero 12 de 1993. Liverpool, Inglaterra. Robert Thompson y Jon Venables, dos chicos de no más de diez años, caminan sin rumbo fijo por los pasillos del centro comercial New Strand. Faltaron a clases y ahora van de tienda en tienda buscando algo que puedan robar. Uno de ellos escondió en el bolsillo de su pantalón un frasco de pintura azul. El otro, metió varios paquetes de pilas en las bolsas de su chamarra. Luego de jugarse varias bromas, se han propuesto un nuevo reto: secuestrar a un niño pequeño para arrojarlo desde un puente peatonal.

Tras observar a varias señoras que van con sus hijos, Robert y Jon centran su atención en James Bulger, un niño que está a un mes de cumplir los tres años y que ha soltado la mano de su mamá, quien por unos instantes lo pierde de vista. Los amigos no dejan pasar la oportunidad y salen del centro comercial llevando de la mano a James Bulger.

De camino al puente peatonal, los chicos cambian de planes, caminarán más lejos, hasta donde están las vías del tren, en donde… pues ya algo se les ocurrirá.

Durante el trayecto se “divierten” golpeando a James. Lo tiran en una zanja, lo patean, le arrojan piedras, le marcan el rostro con la pintura azul que robaron. Profundamente lastimado, el niño no para de llorar. Algunas personas los observan. “Es nuestro hermano menor y está haciendo un berrinche”, gritan ellos. Nadie les dice nada, nadie interviene para defender al pequeño.

Robert y Jon siguen su camino. Cuando llegan a las vías del tren la tortura continúa. Aburridos de golpearlo, lo desnudan y le meten en la boca las pilas que robaron. Con una barra metálica de 10 kilos que encuentran, le asestan un golpe definitivo. Su cráneo estalla por dentro. El indefenso James Bulger ha dejado de llorar. También de moverse. Sin remordimiento alguno, Robert y Jon cargan el cuerpo, lo atraviesan sobre las vías y se marchan a casa.
Dos días más tarde, la policía encontrará los restos mutilados del infante.

Una cámara de video del centro comercial, la única en operación, registra el momento del secuestro de James Bulger, pero la distancia y la mala calidad de la imagen impiden distinguir los rostros de los niños. Los investigadores envían el material en video con especialistas de Scotland Yard para que lo limpien y mejoren a fin de transmitirlo en la televisión. Varios días después del crimen, una mujer reconoce a uno de los niños asesinos, lo cual da pie a la captura de ambos. Nueve meses después, Robert Thompson y Jon Venables son declarados culpables, convirtiéndose en los asesinos convictos más jóvenes en la historia moderna de Inglaterra.

Aquel 12 de febrero de 1993 quedó marcado por la tragedia y también señaló un antes y un después en una de las aristas más importantes en la construcción de la idea de una “ciudad inteligente”, pues a raíz de ese espeluznante crimen, la sociedad inglesa apoyó en forma unánime la instalación masiva de cámaras de vigilancia en las principales ciudades del Reino Unido. Tal fue el respaldo a la iniciativa de colocar en las calles estos “ojos” digitales, que hoy en día se estima que en ese país hay más de siete millones de cámaras instaladas, y que sólo en Londres existe una cámara de seguridad por cada 14 habitantes, esto la convierte en una de las ciudades más vigiladas del mundo.

Sin embargo, de acuerdo con el sociólogo e investigador Nelson Arteaga, especialista en lo que él llama “sistemas de inseguridad”, el uso y abuso de la tecnología puede distraer a la ciudadanía en la búsqueda de auténticas soluciones a sus problemas. Para él, las cámaras de vigilancia usadas de forma general, sin propósito e indiscriminadamente, son poco eficientes y sólo buscan tener un impacto mediático para generar una falsa percepción de seguridad, sin hacer nada por enfrentar las causas del robo o los homicidios que puedan mostrar. Arteaga asegura: “Ningún estudio serio ha podido comprobar que las cámaras de vigilancia han ayudado a reducir los índices delictivos, ni en México ni en Inglaterra”. En cambio, agrega que han enriquecido a quienes fabrican y venden estos equipos tecnológicos, que muchas veces son ocupados por las autoridades para espiar a los ciudadanos.

Latinoamérica

Hoy en día, Latinoamérica enfrenta una de las crisis de sobrepoblación más importantes del planeta, lo que ha traído graves consecuencias en rubros como el desarrollo sustentable, la calidad de vida, la seguridad, el medio ambiente, la movilidad, la vivienda y la competitividad. Enfrentar estos retos, dicen los expertos, significa evolucionar hacia la construcción de “ciudades inteligentes” aunque para lograrlo debamos evolucionar también como sociedad y gobierno.

Aliadas fundamentales en la ruta hacia una ciudad inteligente, son las tecnologías de la información y comunicación (TIC), que van desde un teléfono celular y una aplicación móvil, hasta una cámara de vigilancia.

En la ciudad tradicional hay policías que patrullan las calles. En la ciudad inteligente, hay cámaras de vigilancia que, además de identificar acciones sospechosas, previenen delitos, ahorran tiempo y optimizan los recursos humanos de forma significativa. Además, vinculadas a programas de análisis, son capaces de identificar situaciones anormales y hacer reconocimiento de imágenes. Por ejemplo, la georeferenciación de datos y el análisis de la incidencia de crímenes en diferentes áreas de la ciudad asegura que la policía sea más eficiente en su combate al delito y permite que se tomen medidas preventivas.

Las cámaras de vigilancia y monitoreo han avanzado en recursos tecnológicos, tamaño y conectividad, al punto de abrir nuevas oportunidades para las aplicaciones de las smart cities. Pueden usar poderosos lentes que, con el software adecuado, permiten el reconocimiento facial de personas entre la multitud o la identificación del patrón de comportamiento de un individuo en medio de un grupo. Aquí, el que se mueve sí sale en la foto.

Seguridad chilanga

En enero de 2003, el consultor en temas de seguridad Rudolph Giuliani, quien había sido alcalde de Nueva York durante los ataques a las Torres Gemelas, visitó la Ciudad de México a fin de elaborar un documento con 146 recomendaciones para contrarrestar la situación de inseguridad pública que aquí se vivía. El informe lo encargaba el entonces jefe de Gobierno, Andrés Manuel López Obrador.

Entre las recomendaciones del consultor, destacaba la implementación de cámaras para vigilar las calles de la ciudad. Giuliani buscaba repetir la fórmula “Tolerancia Cero” que había empleado en Nueva York y le había permitido reducir 40 % los principales índices delictivos. López Obrador le hizo caso e instaló unos cientos de cámaras de video, pero casi todas en el primer cuadro capitalino.

Cinco años más tarde, durante la gestión de Marcelo Ebrard al frente de la Ciudad de México, se aprobó la Ley que Regula el Uso de la Tecnología para la Seguridad Pública del DF y se puso en marcha el programa Ciudad Segura, que consistió en la instalación de 8, 088 videocámaras de vigilancia de alta tecnología por toda la ciudad. Creó también el Centro de Control, Comando, Comunicación y Cómputo (también conocido como C4), para monitorear, analizar y procesar la información vertida por las cámaras, cuyo valor superaba los 4 400 dólares cada una.

Luego, durante la administración de Miguel Ángel Mancera, se incrementó el número de cámaras de vigilancia a 18 092. De esas, 11 523 se distribuyeron en las calles y 6 569 en el sistema de transporte público. También se mejoró el C4 y se le cambió de nombre por C5: Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México.

De acuerdo con datos oficiales de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina, de 2013 a la fecha se han atendido, en promedio, más de 80, 000 incidentes anuales a través de las cámaras de videovigilancia, de los que uno de cada cuatro correspondió a un delito de alto impacto. En otras palabras, gracias a estas cámaras, cada mes se detienen a 300 presuntos delincuentes.

Los videos se resguardan en el sistema por un lapso de 7 días y, a menos que exista una solicitud muy específica para no borrar un determinado material, se inicia una depuración automática que hace imposible su recuperación.

Por cierto, quien ganó la licitación para instalar las cámaras en la Ciudad de México fue la empresa Telmex, que a su vez subcontrató a la compañía militar francesa Thales para proporcionar los equipos de vigilancia. Bien lo dijo Enrique V. Iglesias, ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo: “No es suficiente con tener ciudades inteligentes. También hace falta tener ciudadanos inteligentes”.

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