Revista Cambio
Cultura · Economía · Política · Periodismo inspirado en ti Jueves 13 de Mayo 2021

Los calzones de Del Toro

17 de Septiembre 2017
Rogelio Segoviano
Rogelio Segoviano

Más allá del trago amargo que deja el saber que habrá otro severo recorte presupuestal a la cultura en 2018, una de las mejores noticias que se han recibido en los días recientes es el triunfo del cineasta tapatío Guillermo del Toro en el Festival de Cine de Venecia, quien se llevó el León de Oro por La forma del agua, su más reciente película, en la que cuenta la historia de una mujer muda que trabaja en un laboratorio secreto en Estados Unidos y se enamora de una extraña criatura acuática que tienen ahí capturada.

La cinta de Del Toro se ubica en la década de los 60, en plena Guerra Fría, y además de ser monstruosamente poética –una singular y bien lograda mezcla de géneros, como ya lo demostró en El laberinto del fauno– es también un manifiesto político que se estrella como una bofetada en el rostro de un sistema racista y discriminatorio, como lo es el gobierno de Donald Trump.

“Tengo 52 años, peso 136 kilos y he hecho diez películas… Hay un momento en la vida de un narrador, de un contador de historias, en el que lo arriesgas todo para hacer algo distinto”, señaló el cineasta al recibir el premio, quien se lo dedicó a todos los directores latinoamericanos que sueñan con filmar una película en el género fantástico. “Seguramente se encontrarán con mucha gente que les dirá que su proyecto no se puede hacer, pero, ¿saben algo?, sí se puede”. Visiblemente emocionado y con los ojos cristalinos, cerró diciendo: “Creo en la vida, creo en el amor y creo en el cine…”.

Mientras veo esos videos de Guillermo del Toro recibiendo su León de Oro, no puedo sino emocionarme con él y recordar la vez que lo conocí, hace ya casi 15 años. En una larga e increíble entrevista me contó: “(desde pequeño) siempre fui extraño y repulsivo, con una educación jesuita que me hacía pensar en que mi destino era estar en el infierno. Veía el mundo desde afuera, mi forma de ver la vida no era como la de los demás. Soy un friki, pero con muy buenos sentimientos. De niño era fan del Hombre Araña y de Fantomas. Mi primera máscara de Fantomas me la hice con unos calzones Rimbros. Luego conocí a Hellboy y me sentía como él, yo quería ser ese cabrón de grande”.

Me contó que él se enamoró de un género que marcó su adolescencia. “Recuerdo que muchos me decían: ‘Tu eres un gordo de Zapopan, cómo vas a hacer películas de terror, estás pero bien pendejo’. Sin embargo siempre fui necio y testarudo”.

Entre risas, dijo que levantar sus primeros proyectos fue una verdadera odisea, porque todos le cerraban las puertas. Por ejemplo, para filmar El espinazo del diablo se tardó 16 años, mientras que para hacer Hellboy sólo se llevó ocho años visitando a los ejecutivos de todos los estudios de Hollywood, hasta que un día lo recibieron en la compañía productora Revolutions.

—¿Y cuánto cuesta hacer Hellboy? –me preguntaron los ejecutivos.

—95 millones de dólares –les respondí.

—¿Y quién dices que la va a estelarizar?

—Ron Perlman. Él será Hellboy.

—¡Ah! Pues está muy bien. Es la persona ideal. Sin embargo, no para un proyecto de más de 90 millones de dólares.

—¿No?

—Te damos 60 millones de dólares.

—Pues ya van.

“Así de rápido negocié Hellboy. Me fui a mi casa y comencé a reescribir el guion, pero en vez de quitarle, le agregué todavía más cosas. Y es que dije: ‘Ahora o nunca, hijos de la chingada’. Si no hago una película con 60 millones de dólares, estoy cabrón… O es que Hollywood ya me hizo muy chiqueadito”.

Esa tarde con Guillermo del Toro fue una de las mejores experiencias que he tenido como periodista. ¡Bravo, maestro! ¡Enhorabuena por el León de Oro! 

*Periodista especializado en cultura.

@rogersegoviano.

Más sobre


Recientes