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Para plantear caminos y transitar hacia mejores condiciones libres de violencia y rumbo a una equidad de género, podemos comenzar a entender las relaciones humanas y nuestra interacción en un mundo que nos sea común

25 de Noviembre 2018

Foto Revista Cambio

POR ALDO ARELLANO *

El día 25 de noviembre de 1960 tres hermanas y activistas políticas de la República Dominicana, llamadas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, fueron brutalmente asesinadas por oponerse a la dictadura del gobernante dominicano Rafael Leónidas Trujillo, quien ordenó su ejecución. El 7 de febrero del 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas adopta la resolución 54/134, designando el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer e invitando a gobiernos, organizaciones internacionales y a ONG a tomar cartas en el asunto y coordinar actividades, todos los años sobre esta fecha, que eleven la conciencia pública en cuanto a esta cuestión.

En México, en el periodo comprendido de enero a septiembre de 2018, han ocurrido 607 presuntos delitos de feminicidio, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Esta es la parte más evidente de un problema multidimensional en el que la cultura tiene que ser un enfoque nodal. Si bien no es el único punto desde el cual se puede abordar la violencia, posee relevancia por ser la cultura la que forja las identidades individuales y la convivencia social.

Pero ¿por qué es una tarea que nos compete a todos?, ¿por qué debe el hombre participar en ella? Primero debemos dejar de percibir la violencia en su forma unilateral para comprender que puede ser ejercida de diferentes formas, y que su objeto puede ser por igual la mujer o el hombre. No nos detendremos a analizar este punto del que ya se ha hablado mucho, aunque sí aclaremos que desde este primer argumento nos conviene comenzar a trabajar en conjunto con un movimiento que pretende erradicar esas formas de violencia. Si nos remontamos a los orígenes del pensamiento feminista, Agustín Laje explica que se puede encontrar su origen en el periodo comprendido entre los siglos XV y XVI, es decir, en el Renacimiento, cuando varias mujeres de gran inteligencia comienzan a reclamar el derecho a recibir educación de manera equitativa respecto a la recibida por los hombres.

Si bien el movimiento suele estar representado por exponentes del sexo femenino, no olvidemos que fueron también hombres los que impulsaron desde su perspectiva la equidad de ambos sexos. Agustín Laje menciona varios ejemplos: La igualdad de los sexos del sacerdote Poulain de la Barre, publicada en 1671; De la nobleza y la preexcelencia del sexo femenino de Cornelius Agrippa, publicado en 1529; La mujer honesta, del padre Du Boscq quien escribe a favor de la educación abierta al público femenino y divulgado a finales del siglo XVII; el filósofo Fontenelle con sus Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos, y se suma a la lista La novia perfecta de Antoine Héroët. Es decir, han sido también hombres los que desde el inicio del feminismo han contribuido a poner sobre la mesa la igualdad de oportunidades para ambos géneros.

Sin embargo, con el fin de dar cuenta de la importancia de anular las diferencias a la hora de participar en este tema, sería necesario entender un concepto definido por el sociólogo urbano Robert Ezra Park: la distancia social, que se describe como “el grado y la calidad de entendimiento e intimidad que caracterizan las relaciones sociales en general”. Para este autor, dado que en la sociedad no sólo vivimos juntos sino que al mismo tiempo lo hacemos aislados unos de los otros, las relaciones humanas pueden analizarse, con menor o mayor precisión, en términos de distancia. Si observamos que a mayor distancia entre los individuos existe un menor sentimiento de empatía hacia el otro, podemos plantear la posibilidad de que nos es más fácil desentendernos de sus problemas, con una consiguiente indiferencia. Es por eso la insistencia en trabajar la parte cultural del problema, ya que se debe generar un cambio en la forma en que entendemos las relaciones humanas y nuestra interacción en un mundo que nos es común, pues es mediante la cooperación entre sexos, y no mediante su exclusión, que podremos plantear caminos con el propósito de transitar hacia condiciones libres de violencia, así como a una equidad de derechos.

Según Nelson Arteaga Botello “[…] la violencia tiende a construirse como un fenómeno que responde a las condiciones estrictamente materiales (económicas y de poder), pero también a factores como la falta de diálogo y solidaridad social”. Considerando esta idea, debemos desistir de marcar las diferencias existentes entre ambos sexos para comenzar a reconocer aquello que nos compete por igual, si no lo hiciéramos así lo único que conseguiríamos sería desarrollar una distancia social tan profunda que podría terminar por oponernos en una aversión entre géneros acentuando la indiferencia, ya que dicha distancia social elimina del otro su carácter de igual.

La exigencia sigue en pie, y es una tarea que requiere una alianza entre los diversos géneros y demanda la capacidad de resolución de conflictos por medio del acuerdo. A mayor conocimiento del tema tendremos a la mano un mayor espectro de herramientas mentales que faciliten el diálogo en lugar de la violencia.

* Licenciado en Sociología egresado de la UNAM, interesado en temas políticos y culturales; melómano de corazón y aficionado a la lectura.

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