El pecado pagano

Todos nos hemos sentido tristes en algún momento. Hemos experimentado un dolor del que pareciera nunca nos vamos a recuperar; sin embargo, nos recuperamos, porque al final la tristeza funciona en nuestro organismo como una válvula de escape, y es una herramienta de adaptación tan necesaria como los demás pecados, siempre y cuando la mantengamos bajo control, como los demás pecados

31 de Marzo 2018

Foto Revista Cambio

Por Kattya Guther

En el año 375 después de Cristo, Evagrio Póntico, perturbado por todas las tentaciones de su vida mundana en Constantinopla, huye a Jerusalén, allí enferma gravemente y busca refugio en un monasterio egipcio. En soledad, observa y analiza a detalle cada pensamiento y emoción que se le presenta. Se da a la tarea de crear una lista de los pensamientos que más atentan contra su paz. Los llamó vicios malvados o tentaciones terribles: Gula, Fornicación, Avaricia, Tristeza, Cólera, Vanagloría, Acedía y Orgullo.

El solitario, como se le conocía a Evagrio entre los Padres del desierto, pensó en esta lista como un diagnóstico para identificar estos peligros y así cerrar la puerta de acceso al resto de las tentaciones y no caer en un estado de vulnerabilidad.

Evagrio Póntico, en su Tratado práctico, nos ofrece un estudio de la naturaleza humana y escribe el primer esbozo de los pecados capitales. No obstante, de los pensamientos peligrosos que él describe, la tristeza no llegará a formar parte de la lista que tanto afectó la historia de la humanidad.

El asceta indicó que la tristeza puede surgir como una frustración de los deseos. Cuanto más alegres son estos pensamientos más abatida y humillada será el alma al enfrentar el vacío de la tristeza, mostrándonos que los placeres de otros tiempos ya no existen y, más terrible aún, que no son posibles.

Hay tentativas más antiguas para comprender la tristeza. La primera consulta que intentó solucionar el estado de tristeza se le adjudica a Hipócrates, padre de la medicina (460-375 a.C.). El sabio brindó consulta a Demócrito, filósofo reconocido que buscaba una solución para su mal. Juntos inspeccionan cadáveres con el propósito de encontrar la “bilis negra”, fuente de la tristeza (la etimología de la palabra melancolía deriva de este concepto griego: bilis negra, melas– [negro], chole– [bilis]). Hipócrates fue un hombre de ciencia y encontró razonable y meritoria la actitud del filósofo; hallar la causa y fuente natural de la tristeza. Con las invasiones de los bárbaros, eclipsa la cultura greco-romana en Occidente. Desaparece la figura del sabio profano. Los eruditos y pensadores son casi todos religiosos y entre muchas cosas nos encontramos con un enfoque nuevo, el enfoque “espiritual” de la tristeza.

En el año 590 d.C. Gregorio Magno, el primer monje en alcanzar la dignidad pontificia, ve en el listado de Evagrio Póntico una utilidad para la comunidad eclesiástica; hace algunas modificaciones, como unir los pensamientos de tristeza con los pensamientos de acedía, y  de esta fusión crea el pecado de la pereza.

La tristeza no llega a ser parte de los siete pecados capitales, popularizados a principios del siglo XIV por Dante Alighieri en su Divina comedia. Sin embargo, a la tristeza no le faltaron manifestaciones artísticas e intelectuales en su honor. El conocido estado anímico ha sido planteado y pensado en diferentes épocas y en muchas culturas; hay quienes han tratado de entender cómo nos conmueve esta sensación física y emocional que puede paralizarnos en un estado casi ausente de la vida diaria.

Fue en el año 1213 que se instaura la obligación de confesarse ante un sacerdote, esto ocasiona que los fieles organicen sus vidas en función a la constante reflexión entorno a los siete pecados capitales; agrupaban sus actividades pecaminosas e instauraron un tabulador para los respectivos castigos. Al institucionalizarse, los pecados capitales forman parte de la cultura popular; determinaron las reglas sociales y políticas de la época.

La tristeza quedó fuera de los debates y las decisiones públicas, a la sombra de lo que se presiente malvado pero que no nos atrevemos a decir en voz alta a fin de no materializarlo. Quizá si la tristeza no hubiese sido condenada al exilio, tendríamos las herramientas para darle su lugar en el entendimiento e imaginario colectivo.

Todos nos hemos sentido tristes en algún momento, hemos experimentado niveles que pueden ir de la sensación que produce una nota musical tocando fibras sensibles por un instante, hasta la sensación somnifera del terrible vacío del desconsuelo, experimentando un dolor del que pareciera nunca nos vamos a recuperar… Y sin embargo nos recuperamos, porque al final la tristeza funciona en nuestro organismo como una válvula de escape, y es una herramienta de adaptación tan necesaria como los demás pecados, siempre y cuando la mantengamos bajo control, como los demás pecados.

En contraparte de los pecados capitales, existen las siete virtudes, guías de comportamiento que tienen los creyentes con el propósito de saber cómo afrontar la tentación de cada uno de los pecados. La virtud para la tristeza hubiese sido la alegría. ¿Nuestros antecesores, buscando una vida virtuosa, hubieran procurado una vida más feliz?, ¿con individuos más orientados a la alegría seriamos una humanidad más feliz y pacífica?

En aislamiento Evagrio Póntico encontró la claridad y el tiempo para observar las tentaciones que afectan nuestro comportamiento, y si bien la tristeza no permaneció en los históricamente relevantes pecados capitales, ha sufrido una suerte muy parecida a la de  estos, afectando tanto el comportamiento social como el individual.

Como sucede con otros pecados, la tristeza también tiene una función directamente ligada a nuestra supervivencia como especie, tiene un valor adaptativo. Nuestro cuerpo experimenta falta de motivación y nuestra mente falta de interés cuando estamos tristes. El llanto y la apariencia desganada son mensajes que mandamos a nuestro entorno, un llamado por ayuda, cariño, comprensión y apoyo. La tristeza es un periodo dónde recuperamos fuerza, que nos ayudará a responder mejor a eventos negativos, nos induce a reflexionar sobre la situación, preparándonos para una realidad diferente y un futuro desconcertante. La tristeza ayuda a adquirir recursos y habilidades, a fin de superar procesos difíciles, y nos permite conocernos a nosotros mismos de un modo profundo y sincero.

La tristeza no terminó en la lista de pecados capitales, ¿será buena idea dejar de satanizarla?

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