Nación

Iztapalapa no es el Valhalla

Los habitantes de Iztapalapa son, quizá, los ciudadanos con más experiencia en el uso y racionamiento del agua en la Ciudad de México. Su desesperación por obtener este líquido vital está convirtiendo sus acciones en historias dignas de una película de ciencia ficción

por Revista Cambio

18 de Marzo 2018

Foto Revista Cambio

POR ROGER VELA

La primera vez que secuestraron a Julio no fue por dinero, fue por agua.

Era una mañana de septiembre. Ese día, se levantó temprano, se despidió de sus hijos y caminó dos calles hasta su trabajo. Subió a su pipa y esperó paciente su turno. Pasaron varios minutos antes de que colocara el vehículo afuera del pozo de abastecimiento de agua. Mientras cientos de litros llenaban el tanque, un grupo de unas treinta personas llegó hasta su camión.

—¡Órale! Ahorita que se termine de llenar te vas con nosotros –le dijeron con un tono amenazante.

—Sí, está bien –respondió sin oponer resistencia.

Dos hombres se subieron con él a la cabina para obligarlo a seguir su ruta, y otros veintitantos se colgaron del tanque con capacidad de 10 000 litros con la finalidad de custodiar la valiosa mercancía líquida. Julio obedeció todas las indicaciones para llegar al destino: aquí vuelta a la derecha, en esta a la izquierda, todo derecho hasta el semáforo y de ahí hacia arriba.

Veinte minutos después llegó a la colonia Desarrollo Urbano Quetzalcóatl en Iztapalapa, ubicada en las faldas del volcán Xaltepec. Decenas de personas los estaban esperando, molestas, indignadas, hostiles y, sobre todo, desesperadas. Una semana antes, el gobierno había cortado por completo el suministro de agua debido a los daños en las tuberías provocados por el sismo del 19 de septiembre.

Es habitual que en esa zona haya un desabasto del compuesto químico formado por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno (H2O), pero en esa ocasión no salía una sola gota de los grifos y el problema comenzaba a transformarse en crisis.

Bajó de su pipa, desenrolló la manguera verde que utiliza para suministrar el líquido, la conectó y comenzó a repartirlo. A los pocos minutos, el semblante de la gente cambió. Aunque fue retenido contra su voluntad, el trato de sus captores fue de respeto y hasta de agradecimiento por parte de algunos vecinos. Cuando el tanque se vació, otras personas lo acompañaron de regreso al pozo con el objetivo de que lo llenara de nuevo y continuara abasteciendo a la colonia. Repitió el procedimiento durante 16 horas.

Al día siguiente otro secuestro, ahora fueron los vecinos de la colonia Renovación. Al tercer día, otro, a fin de abastecer a los vecinos de La Nopalera en la delegación Tláhuac. Fue una semana caótica para miles de capitalinos.

La lucha por una cubeta

Julio tiene 28 años, sus dos hijos estudian la primaria, y pese a que ahora transporta diariamente decenas de miles de litros de agua, sufre la escasez del líquido en su casa desde que era niño. Siempre ha vivido con una cultura obligada del ahorro. Se baña sobre una tina con el propósito de captar el agua que cae de la regadera y rehusarla para el sanitario; lava los trastes tratando de ahorrarla.

A pesar de ello, está seguro de que su situación no es tan grave como la de los vecinos que lo secuestraron durante los días posteriores al terremoto. “Imagínate, ahí las familias deben aguantarse las ganas de ir al baño para no bajar la palanca a cada rato. Si sólo orinan, no le bajan hasta que se acumule lo de tres o cuatro personas; pero si cagan, se ven obligados a accionar la palanca, por eso tratan de hacerlo sólo una vez por día”.

Comenta que algunos ciudadanos –los más necesitados– siguen el recorrido de su pipa, casa por casa, a fin de poder almacenar en pequeños recipientes los chorritos del líquido que caen cuando conecta su manguera. Otros —los más violentos— lo han amenazado por no abastecerles lo que ellos consideran una cantidad justa. Ha visto cómo entre vecinos y familiares se pelean por una cubeta, e incluso cuenta que a uno de sus compañeros lo balearon por negarse a dar el servicio cuando lo secuestraron. Todo producto de la necesidad, la desesperación y la impotencia.

Ficción real

Mientras me platica algunas de sus anécdotas, imagino el inicio de la película Mad Max: Fury Road, y me pregunto cuánto tiempo tardará Iztapalapa en convertirse en un lugar parecido a la ciudadela de Immortan Joe.

El filme, ganador de seis premios Oscar y nominado a Mejor Película en 2016, muestra un territorio desolado, en un futuro apocalíptico, donde la escasez de gasolina y de agua motiva conflictos violentos entre los habitantes.

En una de las primeras escenas, el líder supremo se yergue en lo alto de una peña frente a miles de personas sedientas, sucias y famélicas, con el objetivo de abrir tres tuberías de las que brota el líquido. Todos corren y se amontonan para recolectar la mayor cantidad posible. Treinta segundos después, cierra la llave: “No se conviertan, amigos, en adictos al agua, se apoderará de ustedes y van a resentir su ausencia”, les dice a través de los altavoces. Inmediatamente la gente comienza pelear entre sí por el poco líquido que lograron recolectar en sus recipientes.

Durante las casi dos horas que dura la película, sus soldados de confianza –llamados War Boys– luchan con una sola idea en su mente: morir en la batalla. Eso significa que pasarán la eternidad en el Valhalla, una especie de paraíso donde el agua y el combustible son abundantes. Vivir en el más allá sin escasez del líquido es su meta, su sueño, su obsesión.

La forma del agua

A finales de enero, la prensa mundial publicó una noticia que impactó al mundo: por primera vez en la era moderna una megaciudad podría quedarse sin agua. Se trata de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, una urbe con cerca de cuatro millones de habitantes. La situación se agravó debido a una sequía prolongada asociada al cambio climático.

En la Ciudad de México, las cosas no son muy distintas. Una investigación de la BBC con datos de la ONU, publicada en febrero pasado, colocó a la capital mexicana en el lugar 8 entre las 11 metrópolis del mundo en las que el líquido podría ser insuficiente para su población en los próximos años.

Y es precisamente Iztapalapa, la demarcación más poblada de todo el país (1815786 habitantes), la que se ha convertido en sinónimo —y el mejor ejemplo— de la escasez de agua en la CDMX. Es el lugar obligado al que todos miran cuando se habla de esa problemática. Incluso, sus habitantes se han acostumbrado de tal forma a la situación que hasta la ven de manera cómica:

“Aquí en Iztapalapa no hemos visto La forma del agua porque desde hace 15 días no tenemos”, publicó un usuario en Twitter mientras la película de Guillermo del Toro arrasaba con los Oscares. “Te imaginas un lugar donde no existe la ley, ni las reglas, ni consecuencias. Ahí vivo, se llama Iztapalapa. No hay ni agua”, se leía en un meme muy compartido en Facebook. Otro decía: “Tiene sentido que filmen Star Wars en Iztapalapa, es como un planeta lejano sin agua”.

A pesar de las cómicas publicaciones, es común ver a los vecinos de la delegación bloqueando las avenidas principales como Ermita o el Eje 6 Sur en protesta por el desabasto del líquido. El problema es que al ser una zona tan poblada, durante muchos años sobrexplotaron los mantos acuíferos para satisfacer la demanda de sus habitantes y se quedaron sin agua, eso aunado a las deficientes instalaciones en el sistema de tuberías, en el que se pierde hasta un 40 % del abasto.

Un negocio líquido

Julio sabe lo delicado del asunto: desde hace tres años abastece a las colonias de la delegación en su pipa. A veces tiene que ir escoltado por una patrulla con la finalidad de evitar que le roben su unidad o el agua que transporta. Sabe que los policías no lo pueden cuidar siempre, aun así entiende que la desesperación es lo que lleva a tomar medidas violentas a la gente.

—Los comprendo. Yo lo he vivido. No hay nada más importante en el mundo que ese líquido. Si no hay gasolina podemos caminar o buscar otros medios de transporte. Sin luz buscamos de qué otra forma comunicarnos. Pero sin agua simplemente es imposible vivir. Es por eso que en los últimos años esto se ha convertido en un negocio.

—¿Cómo funciona?

—El gobierno local no tiene pipas suficientes para cubrir el desabasto, por eso contrata a particulares. Ellos utilizan el agua de la delegación, hacen un reporte falso de una dotación en la colonia que les asignaron y la venden por otro lado.

—¿A qué precio la venden?

—A mí en el pozo me cobran 500 pesos por llenar un tanque de 40 000 litros, eso yo lo puedo vender hasta en 3 000 pesos, sobre todo en hoteles o en unidades habitacionales donde los vecinos se cooperan para llenar su cisterna. Las autoridades lo saben, pero ¿qué pueden hacer si no tienen la capacidad de abastecimiento?

Julio piensa adquirir una flota de pipas en un futuro. Ha trabajado hasta 36 horas seguidas en los últimos meses; a veces solo y otras con algún ayudante. Cuando una multitud le ordena dotar de agua a alguna calle en particular, obedece, sabe que está en juego su integridad. Trata de ser amable. En ocasiones es compensado con 20 pesos, un refresco, un taco, una cerveza o lo invitan a alguna fiesta. En una semana buena gana hasta 5 000 pesos.

Es uno de los miles de iztapalapenses que diariamente sufren la falta de agua, pero en la escasez ve la oportunidad de crecimiento económico ante la desatención gubernamental.

Los habitantes de Iztapalapa son expertos en el uso y racionamiento del líquido; son, quizá, los ciudadanos más conscientes sobre la problemática en la Ciudad de México.

Y aunque a unos los afecta más que a otros, la mayoría lucha cada día porque su delegación se parezca más al Valhalla y menos a Ciudad del Cabo.

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