Nación

La historia de Orlando y mi abuela

En su pequeño teléfono celular, nada sofisticado, mi abuela tenía registrado a un misterioso hombre en su libreta de contactos; tenía un nombre críptico: “Orlando”. Cerca del otoño de 2015, ella, que nunca había sido aficionada a los celulares, parecía cada vez más apegada a intercambiar mensajes con aquel tipo cuya imagen de perfil sólo era un cuadro negro. Él dejó de ser un misterio meses después

por Revista Cambio

04 de Diciembre 2017

Foto Revista Cambio

POR ÓSCAR BALDERAS

A l principio, la familia creía que “Orlando” era su pareja. Mi abuela llevaba más de dos décadas como viuda y por aquellos días el frío de la ciudad le calaba los huesos. Nos parecía lógico y deseable que a sus 71 años buscara otro tipo de cariño y calor. Todos fingíamos no saber nada de ese hombre de humo, porque creíamos que le avergonzaría contarnos que tenía novio. Sin embargo, cuando ella salía de casa dos veces por semana con el propósito de encontrarlo en alguna esquina, todos nos entusiasmábamos con la historia de amor que habíamos creado para ella: ¿veremos la boda de la abuela?, ¿el novio sería un hombre de su edad; culto, como mi abuelo, o distinto y bailador y dicharachero?, ¿qué tan elegante debe ser?

“Orlando” dejó de ser un misterio meses después. Tocó el timbre con una mano tan ligera y solemne que parecía que iba a pedir la mano de la abuela. En cuanto se abrió la puerta, todos los que espiábamos desde la ventana sentimos cómo https://essaysbuy.net/essay-writing-service https://essaysbuy.net/essay-writing-service nuestras conjeturas se estrellaron contra el piso: el “novio” tenía menos de 21 años, chinos alborotados y una perforación en la nariz, que hacía juego con unos tenis Converse recién lavados. “¡El nuevo abuelo parece bisnieto!”, gritó un primo.

Así, mi abuela y “Orlando” salieron del clóset. Ella ya no aguantaba caminar tantas cuadras para ir a verlo en secreto y él, cariñoso, ya no le pediría ese sacrificio. “A partir de ahora, dijo él, pasaré dos veces por semana directamente en su casa, si no le molesta a su familia”. Un conservador caballero, de no ser porque en su despedida susurró “Dejen abierto el buzón y ahí déjeme el dinero, abue. Yo ahí le dejo la mois”, y nunca más lo volvimos a ver.

La noticia nos pegó como mota barata: la abuela tenía un dealer. Además, uno joven y, de cierto modo, bondadoso. Aquella noche, la abuela enfrentó un interrogatorio familiar tan denso como humo de hidropónica: “¿de dónde lo conoces?, ¿hace cuánto compras?, ¿a poco sí quemas?, ¡rifada, la abuela, tiene más barrio que los nietos!”.

Ella era una creyente convencida del cielo y el infierno. Mentir nunca fue opción. Se apretó el pecho con esas manos pecosas y arrugadas que tanto me gustaban y se deslizó por un viaje de confesiones: llevaba meses sufriendo dolores reumáticos y ninguna receta de su doctor de confianza parecía templarle los huesos, así que al buscar tratamientos en internet encontró una poción que, por los resultados que ofrecía, parecía mágica; el único problema era el ingrediente activo: la mariguana. El dolor habrá sido más grande que el pudor, porque esa tierna viejita que parecía salida de una estampa de Chocolate Abuelita encontró en unas semanas el modo de traficar cannabis hasta la cocina, prepararlo con alcohol y aliviarse con fomentos.

La abuela nunca nos contó cómo conoció a “Orlando”–ahí sí prefiero callarme, dijo, porque si me hacen hablar les voy a tener que decir una mentira—, pero supimos que lo veía seguido porque, temerosa, sólo le compraba dosis diminutas de mariguana, que se le acababan muy pronto. La mente criminal de la abuela creía que si la policía hubiera diseñado un magno operativo para detener a tan peligrosa delincuente, lo mejor sería cargar con poca droga con la finalidad de chisparse de la cárcel. Había leído que tenía derecho a poseer 5 gramos para consumo personal, así que al momento de comprar pesaba la yerba con esa mano experta en adivinar cuántos gramos de pinole le vendían realmente  en el mercado. Nunca fallaba.

Ver a la abuela salir de casa, cruzar el patio, dejar el dinero en el buzón y recoger, horas después, un paquete de mariguana maravillaba a la familia. Como ver a Jesucristo convertir el agua en vino. Según ella, significaba romper otra vez con sus prejuicios: era una ferviente católica que había doblado sus ideas para acoger amorosamente a una madre soltera en la familia, a un nieto homosexual, a otro más con tatuajes y uno aficionado a Marilyn Manson. La mariguana medicinal era, sin duda, su última frontera. De pronto, la mota ya no era algo de “marineros”, “presidiarios”, “delincuentes”, sino parte de la canasta básica, tan libre de pecado como el agua o las galletas.

Ese cambio ocurrió justo a tiempo de otro: la salud de mi prima, nieta de la abuela, se deterioraba rápidamente. Ella nació con el síndrome de Lennox-Gastout, una terrible condición que provoca que su cerebro dispare hasta cientos de ataques epilépticos todos los días, por todo el cuerpo, a todas horas. Rebe tiene 20 años sin hablar ni caminar y desde sus primeros meses ha vivido medicada constantemente para que esas convulsiones diarias no se vuelvan devastadores terremotos interiores, pero tantos fármacos la han hecho resistente a las recetas médicas.

Durante aquellos meses, otra familia con una niña con Lennox-Gastout buscaba angustiosamente un remedio: los Elizalde, Raúl y Mayela. Ambos llevaban años explorando alternativas con el propósito de salvar la vida de su hija. Gracias a que ese matrimonio vive en Monterrey, a dos horas de Estados Unidos, supieron de un laboratorio foráneo que producía un jarabe de mariguana sin el THC, componente psicoativo del cannabis, que parecía frenar los violentos episodios epilépticos. Ellos fueron los pioneros en la lucha por el uso terapéutico de la mariguana y lograron que, a la larga, su hija de ocho años, Grace, se convirtiera en la primera paciente a la que el Gobierno mexicano le permitió el uso medicinal de la yerba.

¿Qué habría pasado en la familia, si la abuela no hubiera tenido dealer?, ¿si ella se hubiera aferrado a sus prejuicios y decidido que en su casa, donde vive mi tía y Rebe, no entraba ni una ramita de mariguana? ¿Su hija habría tenido el valor para considerar como opción la mariguana medicinal? Imposible saberlo. Lo que sí sabemos hoy es que, con la bendición y hasta promoción de la abuela, su nieta Rebe está en la lista de las primeras pacientes que probablemente recibirán autorización para usar la mariguana como fármaco contra la epilepsia refractaria. Una esperanza que nos calienta a todos en la familia.

Hoy, la abuela ya no está en este plano físico. Se mudó a otro, donde no son necesarios  los remedios caseros para curar las reumas. Y me gusta pensar que, desde donde esté, sigue de cerca este debate. Que, fiel a su estilo, tira bendiciones a los responsables de dirigir al país para que tomen la decisión correcta. Que echa porras a Rebe y, tal vez, de vez en cuando, saca la pipa que le regaló “Orlando” por su cumpleaños y avienta un poquito de humo dulzón por la boca.

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