Bourdain me enseñó a volar

13 de Junio 2018

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Sólo una vez he podido estar en Ámsterdam y fue apenas por unas horas. Organicé mi viaje desde México hasta Italia específicamente para tener una larga espera durante la conexión que había que hacer en los Países Bajos. Muchas veces me habían dicho que era una de esas ciudades que se tienen que visitar al menos una vez en la vida, pero lo cierto es que soy una viajera y detesto esos miniviajes de turista que se hacen para tomarte fotos y subirlas a Instagram.

Sin embargo, durante las once horas de vuelo desde la Ciudad de México hasta Ámsterdam tuve la oportunidad de leer en la revista del avión, operado por KLM, un sinfín de opciones que me invitaban a conocer la ciudad, pero nada de eso fue realmente una influencia determinante en aquel viaje, hasta que encendí la pantalla y elegí mirar un programa: Sin reservas.

Sí, el host era el aclamado chef y presentador neoyorkino Anthony Bourdain, a quien hoy el mundo llora tras conocer la noticia de su muerte.

Miré el programa completo y por supuesto, de Bourdain podía esperar cualquier cosa menos sugerencias ordinarias para turistas. Él era un verdadero viajero, un explorador, un hombre que vivía y disfrutaba con intensidad.

Como era de esperarse, en una ciudad como Ámsterdam, Bourdain visitó un coffee shop. Eso me resultaba de gran ayuda porque evidentemente yo quería hacer eso, pero hay un coffee shop en cada esquina allí, así que ¿cómo iba a elegir? Por fortuna, Bourdain lo hizo por mí.

Para quienes no estén muy familiarizados con la cultura del consumo recreativo del cannabis, los coffee shops no son precisamente las mejores cafeterías del mundo. De hecho, ahí tomé el peor café, el peor jugo artificial y el sándwich más desangelado de todos mis viajes. No, estos lugares no se distinguen por la calidad de su “café” sino por la calidad de su producto estrella: la mariguana.

Anthony Bourdain, en su programa, fumó en coloridas pipas y comió platillos hechos con mariguana y, por supuesto, yo quería hacer lo mismo, así que bajé del avión y me dirigí lo antes posible al lugar. La idea era fumar todo lo que pudiera –porque obviamente no podía viajar con algún remanente, pues en Italia consumir cannabis no es legal como sí lo es en Ámsterdam– y hacerlo lo más rápido posible pues tenía cinco horas solamente para conocer un poco la ciudad y quería vivir esa experiencia lo más “colocada” posible.

De alguna manera, Anthony Bourdain fue para mí en aquel viaje mucho más que un guía gastronómico. Apliqué todas sus máximas e hice cosas que tal vez en otro contexto no habría hecho. Me tomé tiempo para explorar el menú de las variedades de cannabis que se vendían y elegí una hidropónica cultivada allí mismo. Jamás habría imaginado que pagaría tanto por un gramo de mariguana. Fueron 8 euros; más que por el sándwich, el jugo y el café, lo juro.

Después salí a la calle, tal como lo hace él, con la intención de comer todo lo que pudiera, sin embargo, no fue el caso. Lo que empecé a hacer fue disfrutar todo lo que pasaba alrededor. Los sonidos de las bicicletas al arrancar todas a la vez cuando la luz cambiaba a verde, las campanillas alertando a los peatones, los autos que se frenaban respetuosos para ceder el paso a los muchísimos ciclistas, los bebés en las carriolas empujadas por sus madres o padres, los barcos recorriendo los canales. Todo lo escuchaba, mis sentidos estaban completamente abiertos.

Podía haber hecho una visita rápida a algún museo pero no lo hice. Al más puro estilo de Bourdain, lo que hice fue caminar sin parar. Andar, andar y seguir andando. Entré a una pequeña tienda y compré un bocadillo simple y barato; después, más adelante, una botella de agua. No quería gastar mucho. Y lo mejor fue que, en un momento, me topé con una vespa colorida tapizada de estampas de jugadores de futbol, como las de los álbumes Panini. Tomé una foto y la subí a mi Facebook, etiquetando al chico que me agradaba, con quien compartía el gusto por esos vehículos. Ese fue el mejor rompehielos, y ahora él sabe que lo hice mientras estaba totalmente drogada e inspirada por Anthony Bourdain, quien me animaba en mi cabeza a perder el miedo y mandarle un mensaje que detonara algo. Y lo detonó, pues hoy él es mi mejor amigo y una de las personas indispensables en mi vida.

No conocí personalmente a Anthony Bourdain. Fui, como mucha gente, admiradora de su trabajo y lo sentí cerca siempre, aunque sólo lo vi mediante una pantalla de televisión, pero esta es mi muy personal historia con él.

Ayer le decía a mi mejor amigo que tal vez muchas personas pensaban que la vida de Bourdain, viajando y comiendo alrededor del mundo, era perfecta. Su novia era una guapa, talentosa y valiente mujer 20 años menor que él; a veces trabajaban juntos y su relación era, en apariencia, impecable. Había tenido momentos oscuros. Él mismo había contado sus días negros cuando fue adicto a la cocaína, la heroína y el alcohol. Insisto, en la vida unos días son blancos y luminosos, otros grises y otros más oscuros, incluso cuando se es famoso. Sin embargo, tal vez el éxito, o lo que nos han enseñado que debe ser eso, no es el sinónimo de la felicidad.

¿Cuántas personas han expresado que su más grande sueño sería darle la vuelta al mundo? Bourdain lo hizo. ¿Acaso lograr un sueño tan grande y que te une a tanta gente, lejos de hacerte feliz te hace ver que eso parecía la meta, en realidad no lo era?

Anthony Bourdain eligió suicidarse el viernes 8 de junio de 2018 en el pueblo de Colmar, ubicado en la región francesa de Alsacia, un lugar de ensueño. Miles de veces he mirado las fotografías de ese pueblito donde se hace el mercado de Navidad más famoso del mundo, y parece un lugar salido de un cuento de hadas. He dicho siempre: “tengo que ir a pasar al menos una de mis navidades allá”, y sé que lo lograré. Pero ahora no podré dejar de pensar que, en medio de toda esa belleza, Anthony Bourdain tuvo tanta ansiedad como para decidir terminar con su vida. O tal vez no fue así. Tal vez eligió el escenario perfecto para ir a buscar la paz que no le dio hacer el check list de sus objetivos y de los lugares del mundo o las comidas más exóticas. Quizá cumplir sueños tan grandes te lleve a una gran puerta detrás de la cual ya sólo quede buscar un final para tratar de tener otro principio. Nadie lo sabrá. Tal vez padecía depresión. No lo sabemos, y su salud mental es una condición privada que debemos respetar.

Sólo nos queda entender que el legado de Bourdain fue esa invitación a vivir sin reservas, a conocer lo desconocido de los lugares, a probar todos los sabores y, sobre todo, a rodearte de personas con quienes beber, comer, reír y disfrutar.

Porque la felicidad no es tenerlo todo, sino vivirlo todo. Y nadie ha dicho que sea eterna. Yo creo que Anthony Bourdain fue un hombre feliz por momentos, como todos los seres humanos. La vida no es blanca o negra, feliz o triste, fracaso o éxito. Por ello debemos entender que no es más que una serie de instantes únicos, de oportunidades irrepetibles que van construyendo espasmos de felicidad y que se trata de eso, de ir paso a paso, del día a día, sin tantas complicaciones, sin tantas ambiciones, enfocados en lo más importante. Así que sí, por contradictorio que parezca, el hombre al que hoy el mundo llora, el hombre que decidió terminar con su vida en un escenario de ensueño, es el hombre que me enseñó a viajar y con ello, a vivir… a volar.

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