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Casa de retiro, casa de terror

24 de Noviembre 2018
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POR VALERIA GALVÁN*

Siempre pensé que una casa de retiro para personas de la tercera edad sería la mejor opción para vivir los últimos años de mi vida, en caso de que esta sea longeva.

He pensado varias veces en esto –y pocos lo reflexionan con seriedad–. Muchos no queremos tener hijos, y gran parte de las personas que los tienen “aseguran” que se harán cargo de ellos durante la última etapa de su vida.

Esto lo pensé hasta hace un par de semanas cuando supe de una fuente confiable lo que pasa realmente en uno de estos centros de retiro para personas de la tercera edad. Esta tercera edad que, aunque nos gustaría negarlo, representa un grupo de incapacidad. Alzheimer, ceguera, incapacidad funcional y sordera son las limitaciones a las que se enfrentan las personas mayores, a quienes en muchos casos abandonan porque, según sus familiares, representan una “carga”.

Existe un lugar en los límites del municipio de Tlalnepantla y Atizapán en donde la vida digna para las personas de la tercera edad no tiene lugar.

En los pasillos de este lugar las empleadas chismorrean sobre la vida privada de los dueños. “La cuñada y la esposa se aprovechan del señor”, “antes era diferente con la mamá a cargo”, “el dueño no tiene carácter”, “cobran 20 000 pesos mensuales por cada viejito y no los alimentan bien”.

Lolita es una anciana que hasta hace poco trabajaba; sin embargo, tuvo un accidente que la dejó ciega, y sus familiares optaron por llevarla a la casa de retiro con el fin de que la cuidaran. Lo que no saben es que dentro de ese lugar no la alimentan bien y las empleadas la amarran (órdenes de los responsables) con el propósito de que no se caiga.

Don Ignacio es un hombre que padece esclerosis. Las empleadas comentan que tiene mal carácter por su condición y no se atreven a hablar con él.

El señor Ramón es el único con una habitación VIP. Su “colegiatura” paga los autos y la comodidad de las responsables del centro mejor que las de otros internos. Su habitación es más grande y tiene más “comodidades”.

La lista es larga, pueden ser 50 o 60 ancianos de los cuales más del 50 % ha sido olvidado por sus hijos o nietos. Algunos de estos sólo han ido a visitarlos para que firmen los documentos que los acreditan como dueños de todo lo que “merecen”.

Los habitantes de este lugar son personas que alguna vez tuvieron una vida cómoda, propiedades y una familia; no obstante, quienes están afuera los han declarado incapaces, un estorbo, un bulto que sólo merece ser encerrado bajo el mal cuidado de personas que detestan su trabajo y el hedor que emana de este lugar.

Desde hace unos años, todos hemos estado preocupados por la discapacidad infantil; nos estamos preparando para donar el próximo 8 de octubre a la cuenta 9999. Me pregunto: ¿alguno de los donantes tendrá un familiar en un asilo? En esos lugares se vive una incapacidad olvidada a voluntad. Continuará…

*Buscadora de historias urbanas de sus contemporáneos millennials. Ponte atento, tu historia puede ser la próxima.

@valeria_galvanl

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