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La ruta de Lance (parte II)

30 de Diciembre 2018
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Dicen los que saben, que no hay nada más agotador que correr una etapa en el Tour de Francia. Cada Tour está compuesto por más de 20 etapas, así que ganar uno es un mérito reservado para los titanes del deporte. Bueno, pues Lance Armstrong regresó de un cáncer testicular e hizo suyos siete Tours de Francia de manera consecutiva. El término superatleta era algo que le quedaba corto y no representaba la hazaña que logró entre 1999 y 2005.

Durante el tiempo que se mantuvo en la cima siempre se sospechó que algo no andaba bien, pero todo se quedó en conjeturas. Quienes se atrevían a levantar la voz en contra de Lance eran tachados de envidiosos. Además, era un tipo que se había convertido en celebridad internacional: participaba en películas de Hollywood, recibía patrocinios millonarios y tenía una fundación para ayudar a las personas con cáncer.

Sin embargo, tras su retiro se acumularon varias historias negras en torno suyo, sobre todo las referentes al dopaje, a sus mentiras y a su ambición por escalar hacia la gloria, sin importar las cabezas que tuviera que pisar.

Un pasaje de la película biográfica The program –realizada en 2015 por Stephen Frears–, lo describe tal cual durante una etapa del Tour de Francia de 2003, donde se corría la subida a Luz Ardiden (la competencia era tan cerrada, que de allí saldría el ganador): el alemán Jans Ullrich era el líder y marchaba en la punta. Armstrong, el único que podía arrebatarle la victoria, iba detrás de él y su rostro reflejaba el esfuerzo que hacía para sostener el paso. Faltaba poco para la meta y Ullrich respiraba aliviado, sabía que Armstrong no lo alcanzaría (lo que el alemán no sabía era que el tejano fingía debilidad y estaba por atacarlo con todo).

En un último esfuerzo, Ullrich logró contener el embate. Marchaban rueda con rueda; sería un final de fotografía. Entonces, un joven espectador se interpuso en el camino de ambos. Ullrich logró esquivarlo. Armstrong se fue al suelo. La victoria sería para el alemán, sin embargo, en un acto de generosidad, deportivismo y caballerosidad, se detuvo y esperó a que su colega se levantara para continuar juntos. Con el propósito de corresponder el gesto, Armstrong debía haberle permitido entrar primero a la meta, pero atacó y ganó la etapa; humilló a su rival y se coronó en el Tour de ese año.

Ante la acumulación y la contundencia de las pruebas, el ciclista aceptó en un programa de TV que en todos los Tours de Francia donde ganó consumió una sustancia prohibida conocida como EPO, que mejoraba el rendimiento. Las consecuencias no se hicieron esperar: le retiraron los siete títulos del Tour, lo obligaron a que devolviera una medalla olímpica, perdió sus patrocinios, pagó millones de dólares en demandas y fue calificado como uno de los tramposos más grandes en la historia del deporte.

“Yo sé que soy culpable y que hice daño a mucha gente, pero mi castigo fue mil veces más grande que el crimen que cometí”, dijo Armstrong.

Tras el desprestigio y las grandes sumas de dinero perdidas, cualquiera imaginaría que Lance Armstrong estaría en la bancarrota y se sumergiría en alguna adicción, pero en uno de esos giros del destino, hace poco nos enteramos de que, antes de perderlo todo, su asesor financiero lo convenció de invertir una importante cantidad de dólares en una nueva compañía digital que ofrecía servicio de transporte a través de una aplicación en los teléfonos celulares. Hoy, esa empresa llamada Uber, de la que es uno de los principales accionistas, le genera millones de dólares anuales.

Sin duda, la de Lance Armstrong es una historia que merece ser contada.

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