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Tentación 2.0

01 de Abril 2018
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POR AURÉLIEN GUILABERT*

Orgullo, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza: los llamados siete pecados capitales, prohibiciones sociales construidas e impuestas por la religión católica, reflejan comportamientos que siempre han formado parte de la cotidianidad de la sociedad. Si pueden ser percibidos como transgresiones a una moral elaborada por una autoridad legitimada, el costo social de dichas conductas no es homogéneo; incluso pueden representar una connotación positiva para algunas poblaciones actuales o partes de la evolución histórica. Hoy día, la sobrevaloración del “Yo” ante los demás, así como el creciente individualismo en nuestras sociedades neoliberales, respaldado por el auge de las tecnologías de la comunicación e información, vuelve “el pecado” aun más accesible; aun más tentador.

Las redes sociales se convirtieron en una carrera competitiva para la legitimación ajena de la personalidad propia, evaluada permanentemente por cantidades de “likes” o de seguidores. La vanidad y el orgullo se consolidan gracias a las herramientas de retoques y otros filtros con el fin de llegar a la construcción de una imagen espejo de una cierta definición de la belleza. Basta con ver las series de “selfies” (de selfish: egoísmo) instagrameadas que autocelebran un acto, los lugares visitados o confortan el ego. De hecho, la promoción de estas vitrinas personalizadas puede tender a incentivar la envidia humana.

En esta cascada de redes sociales, la relación con el tiempo es ambigua. Por un lado, los smartphones y el Internet suscitan la pereza. No solamente casi todo se puede resolver  sentados detrás de una computadora, también las innovaciones tecnológicas fueron conquistando el espacio dedicado al ocio o al deporte, especialmente en las poblaciones infantiles y juveniles –en parte responsable frente al aumento de la obesidad–. Por otro lado, la multitud de opciones y suscripciones en línea hace el tiempo aún más precioso y a su vez avaro. Dio luz a las cadenas de mensajes tipo a fin de comunicar de manera “masiva”. La expresión simple de un estatus Facebook sirve para dar noticas a miles de “amigos”.

¿Ganas de lujuria? Las aplicaciones de encuentros rápidos sobran. Las propuestas y los perfiles se deslizan como una canasta de productos en un supermercado humano virtual, y gratuito la mayor parte del tiempo. Las aplicaciones de encuentros abiertamente extraconyugales son el nuevo éxito en las grandes ciudades globales. La pornografía también se normalizó y se difunde con mayor accesibilidad, incluso desde redes que no fueron creadas inicialmente para este objetivo; tal es el caso de Twitter.

La gula se empoderó y desplazó el arte culinario. Unos clics, solos o acompañados, y la cena está servida, en muchas ocasiones promoviendo la prisa en vez del gusto, de la sustentabilidad o la salubridad. Todavía uno llega a quejarse, y explotar de enojo, si se tardan demasiado en llevarle su manjar u olvidaron la salsa en su pedido.

Desde perfiles fantasma o desde cuentas propias los intercambios desatan a veces furia y odio con controles poco eficaces. La pantalla se presta claramente para la desinhibición y en ciertos casos para la pérdida del respeto mutuo.

Ante dichas expresiones individuales, descubiertas o escondidas, se trata de entender antes de juzgar lo que solemos vivir o no a la luz de la cotidianidad, desapegados del maquinismo; más allá del bien y del mal. La accesibilidad y expresión de tales pecados sirven también como un vínculo social en la realidad contemporánea. De hecho, según el poeta francés Paul Valery, todo el secreto del pecado reside en la mesura. Un poco de cada uno de los pecados refleja la perfección de la condición humana y nos reúne como sociedad; con precaución porque su sobredosis lleva al contrario, al alejamiento del otro.

*Fundador de Espacio Progresista, A. C. Asesor en estrategias de políticas públicas, incidencia social y cooperación internacional.

@aurel_gt

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